Cuando pasas tú, atravesando la sala con tus ojos de noche y gesto indiferente con la expresión de un ángel que se limpia el ala del polvo y la sangre de una guerra permanente, es entonces cuando mi sangre me golpea el rostro el calibre de mis venas se engrosa dolorosamente mi carne baila en éxtasis, por una mirada tuya solo y mi espíritu se me congela entre mi garganta y el vientre. Tu sonrisa retorcida que, como un trazo, cruza triunfalmente tu semblante con una mueca, con algo tan escaso como un guiño o un suspiro palpitante al igual que espejos que se reflejan entre ellos así tú me llevas a bosques lejanos, a desiertos. Tu ingenuidad disfrazada de idolencia, tu timidez disfrazada de la más helada indiferencia te hacen a tí, estatua de la más viva carne, mi adoración, mi éxtasis entre la monotonía de las tardes.