Platiquemos.
Bajando las escaleras, un colchón de agua helada y sucia recibe mis pies enfundadas en las botas de lluvia. Es como si pisaras en cámara lenta, o como si pisaras un malvavisco. Levanto la mirada, mi hermano frenéticamente barre el agua hacia la inundada calle. Es inútil. No hay hacia dónde pueda irse. El clap clap de la lluvia es incesante, aunque ligero. Los carros que pasan levantan olas que inundan cada vez más el piso. -No podemos hacer nada- le digo, pero él insistente sigue barriendo. Observo la calle y las luces que refulgen en la laguna de aguas negras. El hedor a barco abandonado llena el ambiente. Y me pongo a pensar. Recuerdo aquella historia contada en otro tipo de ahogamiento, bajo algunos faros lejanos de un barrio que seguramente no se inunda. Todo el esfuerzo que le puse a construir puentes que cruzaran ese abismo que hay entre las personas. Un abismo infranqueable puesto que es interno. Cada quien tiene su punto de vista y no puede ponerse en tus zapatos...