Platiquemos.

Bajando las escaleras, un colchón de agua helada y sucia recibe mis pies enfundadas en las botas de lluvia. Es como si pisaras en cámara lenta, o como si pisaras un malvavisco. Levanto la mirada, mi hermano frenéticamente barre el agua hacia la inundada calle.
Es inútil. No hay hacia dónde pueda irse.
El clap clap de la lluvia es incesante, aunque ligero. Los carros que pasan levantan olas que inundan cada vez más el piso.
-No podemos hacer nada- le digo, pero él insistente sigue barriendo.
Observo la calle y las luces que refulgen en la laguna de aguas negras. El hedor a barco abandonado llena el ambiente.
Y me pongo a pensar.
Recuerdo aquella historia contada en otro tipo de ahogamiento, bajo algunos faros lejanos de un barrio que seguramente no se inunda.
Todo el esfuerzo que le puse a construir puentes que cruzaran ese abismo que hay entre las personas.
Un abismo infranqueable puesto que es interno. Cada quien tiene su punto de vista y no puede ponerse en tus zapatos...
¿Qué vale la confianza? Seguimos igual de lejos. Puedes haberme contado toda tu vida y seguimos igual de lejos.
Por más ganas que tenga de hablarle a alguien, no se podrá... Sorteando las dificultades primeras como lo son el desinterés, la apatía, los problemas propios, etcéterca... Hasta llegar a la verdadera dificultad que es no entender ni una jodida palabra de lo que el otro te está diciendo. 
Porque uno ve la solución clara como el agua porque no está parado donde está el otro, con el peso de la propia vida, de los sentimientos, de los complejos y prejuicios que cada uno carga y son imposibles de explicar...
Sin embargo, sigo con ganas de platicar con alguien.
Barriendo el agua en una inundación.



Comentarios

  1. Es una búsqueda tenaz donde el propio buscador se ve inmerso en un desierto de hombres. Muchedumbre que, en su constante movimiento, resalta lo solitario y lo brumoso. Es la apertura de un universo en donde el Yo se confunde y pierde para reencontrarse por doquier en el pleno anonimato. El poeta se sumerge en la masa, “se instala en el número, en lo ondulante, en el movimiento, en lo fugitivo e infinito”. Al introducirse en la jungla de asfalto y su multiplicidad de formas, logra una ondulación en su lenguaje, encontrando la flexibilidad y adaptación a cualquier contenido. Sin embargo, este camino puede desembocar en un violento torbellino, deslizándose por la pendiente sin encontrar nunca su eje. Ofreciendo una visión de la realidad en donde todo es rápido, fugaz e indetenible. Un lugar donde los rostros anónimos se deslizan y evaporan frente al hombre que se mueve por las aceras.
    Esta es la descripción de las relaciones de la vida urbana plasmadas en “A una transeúnte”. En este poema, la belleza y el amor se encuentran recubiertos por el aura de lo efímero. Es en aquel breve momento en el que la belleza, fugitiva, es vislumbrada por el poeta en un atisbo de eternidad.

    La calle atronadora aullaba en torno mío.
    Alta, esbelta, enlutada, con un dolor de reina
    Una dama pasó, que con gesto fastuoso
    Recogía, oscilantes, las vueltas de sus velos,

    Agilísima y noble, con dos piernas marmóreas.
    De súbito bebí, con crispación de loco.
    Y en su mirada lívida, centro de mil tomados,
    El placer que aniquila, la miel paralizante.

    Un relámpago. Noche. Fugitiva belleza
    Cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer.
    ¿Salvo en la eternidad, no he de verte jamás?

    ¡En todo caso lejos, ya tarde, tal vez nunca!
    Que no sé a dónde huiste, ni sospechas mi ruta,
    ¡Tú a quien hubiese amado. Oh tú, que lo supiste!

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