La vi caminar en el metro. Ella fue la luz de mi juventud, el puente (como el que ahora cruzaba para ir a la dirección opuesta) que me unía a mí conmigo mismo. Ella era mi única vida real dentro de la computadora. El ocaso iluminaba de carmesí las pancartas plastificadas, y las sombras como cuerpos moribundos titilaban con el paso de las nubes. Nunca fui nada de ella, sólo un observador impaciente, expectante que le juró una eterna espera a un rostro pálido y 30 cm de torso en la webcam. Y ahora, en la vida real, sintiéndo cómo palpitaba su corazón, cómo se ondeaba su cabello cobrizo con el paso de los vagones, yo sabía que ella estaba esperando a alguien. Yo sabía que ella no me reconocería, había cambiado tanto desde nuestras intensas (según yo) pláticas cálidas frente a un monitor frío que aún viéndome a los ojos, dudaría de mi identidad (escindida). -Te amé hasta el final- susurré mientras volteó por un efímero instante hacia mí antes de que el metro pasara y me obstruyera la visió...