Causa perdida

El soplo me lo había dado Griselda. No sé de dónde diablos sacaba la información pero siempre que abría la boca era para decirme algo importante de un caso. No hablaba de otra cosa, no tenía otro tema de conversación. Era flacucha y de mediana estatura, me llegaba a los ojos. Era incolora en todos los sentidos, castaña clara y con la piel blanquecina con un poco de rosa en la cara. Anímicamente era flemática. No sabía de dónde sacaba el chisme pero sí sabía cómo. Su presencia era tan lábil que uno podía hablar de cualquier cosa enfrente de ella sin temor a que lo escuchara, como si nadie estuviera ahí.
Con su lánguida voz me dijo que la chica a la que habían violado la vieron con un joven de veintitantos años en un lugar del pueblo al que sólo van los adolescentes febriles. Que no se lo habían dicho a la policía para que no pensaran que fue consensuado el asunto o peor aún, para que el honor de la chica no se viera manchado si alguien se enteraba, porque nadie sabía del caso, por eso me contrataron a mí. De todas maneras ahí no la violó. 

Me gustaba mi trabajo, el de ser detective privado. Tenía cierto caché y ayudaba a conquistar mujeres. Sin embargo, no podía hacerlo porque estaba encaprichado con Griselda. Con su indiferencia escurridiza y sus ojos perdidos. Sentía que nada mejor me podía pasar que el que ella se dejara acariciar sin quejarse, es decir, casi nunca. Sentía que lo precario de sus emociones le daba cierto romance al asunto... Porque por dentro yo añoraba lo lejano y lo exótico. Por eso me habían corrido de mi trabajo anterior, por soñador y excéntrico. Tanto buscar una mujer adecuada y no encontrarla me hizo encapricharme con Griselda, era lo más cercano a la compañía que yo conocía, y me había rendido al aceptarla en mi vida.
Ése día me tocaba ir al internado para señoritas en donde estudiaba la chica. En ése internado había estudiado Griselda. Se había graduado con honores y con muchísimas cartas de recomendación por parte del profesorado. Así era como había llegado a ser secretaría del departamento de policía, en el cual yo trabajé por algún tiempo y donde nos conocimos. 
En ése internado se preocupaban mucho por las apariencias. Todas las chicas debían de dormirse a las 9.00 p.m. en punto y sin rezongar, no podían tener novio ni por correo, para no manchar el nombre de la escuela, no podían leer cualquier otro libro que no estuviera en la lista de permitidos, no podían entrar hombres, a excepción de los padres, claro está. Un hábito de monja era más provocador que sus uniformes, y más colorido. No podían llevar el cabello suelto. Yo había podido entrar gracias a Griselda y por influencia de los padres de la chica. Pero no podía decir porqué estaba ahí, tuve que inventar una absurda historia de que buscaba el relicario de la joven, regalo de su abuela y que su pérdida la desoló tanto que no podía ir a la escuela y sus padres tenían que quedarse en casa para cuidar de ella, que yo era el hermano menor de su padre y no sé qué más tonterías.

Tenía que hablar con las chicas que declararon haberla visto con el presunto violador. Fui a la oficina de la directora para que me diera permiso de interrogarlas. Era una habitación decorada de una manera cursi y sumamente empalagosa, tapetitos de tela bajo todo, figurillas de porcelana de pésimo gusto y muñecos feos que amenazaban con caerse de los estantes.
-Buenas tardes, directora. Quisiera hablar con...- dije mientras leía en mi libreta el nombre de las chicas-Guillermina Maldonado y Altagracia del Río-
La directora, una señora de sesenta años me miró inquisitiva.
-Señor Antúnez, tenemos una política muy estricta en lo que se refiere al contacto de las chicas con hombres que no son familiares suyos.-
-Señora directora, es un asunto muy importante, el relicario...-
-Lo sé, lo sé. Es por eso que esta vez haremos una excepción. Y sólo porque la señorita Griselda me lo pidió en persona, ella es tan buena chica y es un honor que haya estudiado aquí.-
Era la enésima vez que me lo decía. Sonreí con flojera y la seguí por el pasillo. 

Las dos chicas estaban sentadas con la espalda tan recta que temí que se la quebraran. Una de ellas tenía los ojos llorosos y le temblaban los hombros, la otra tenía en el rostro una expresión de sumo aburrimiento, me cayó bien por eso. Ambas tenían el cabello a media espalda, pero la chica que temblaba lo tenía castaño cobrizo y ondulado, la otra lo tenía color chocolate, sumamente lacio. Sólo ella me volteó a ver cuando entré.
-Bueno, aquí están. La señorita Maldonado- la chica morena inclinó la cabeza -Y la señorita del Río- el turno fue de la chica rizada. -Comprenderá que tendré que quedarme con ustedes.-
-Sí, no se preocupe. No tardaré- 
Maldita sea.
-¿Dónde vieron por última vez el relicario de la srita. Villanueva?- les pregunté buscando su mirada, para hacerles ver qué quería preguntarles. Maldonado me miró con tanta fuerza que tuve que apartar la vista.
-No lo sabemos, ni Altagracia ni yo. Creemos que Fiona...-
La directora carraspeó con fuerza. Maldonado puso los ojos en blanco.
-La señorita del Río ni yo lo sabemos, creemos que la señorita Villanueva se lo llevó a su casa en las vacaciones pasadas.-
-¿Es eso cierto, srita. Del Río?- 
Ella no me contestó, seguía mirándose los pies apesadumbrada.
Mis esfuerzos por sacarles alguna palabra del caso fueron en vano. Y no quise preguntar si podía entrar a la habitación a buscarlo, era obvio que no me iban a dejar. Media hora me la pasé preguntando acerca de un relicario inexistente para ver si alguna de las dos me entendía... Y nada.
Pero cuando me despedí de ellas, de mano, claro está. La Maldonado me pasó un papelito tan sutilmente que lo confundí con la aspereza de sus manos.

Me subí a mi carro. Era del año y me lo había pagado yo solo. Mi primer carro. Era un Ford 54. Azul marino. Precioso.
Sentado en el asiento leí el papelito, olía a perfume y a tinta fuente. Con una impresionante caligrafía estaba escrito:

Kiosko del parque principal. 21.00 hrs. Vaya solo.

Seguramente era por el caso. Estaba entusiasmado, si lograba atrapar al violador me iban a pagar $1000. Una cantidad exorbitante para un caso así, pero solamente si nadie se enteraba de nada. Y ahora una testigo potencial pedía una cita. 

Llegué al despacho y dejé la Colt guardada en el estante. No tenía por qué sacarla, era una cita con una testigo de 18 años, desarmada y criada en una escuela de religiosas. 
Cuando se lo conté a Griselda ella me pareció algo molesta, y digo que me pareció porque simplemente me comentó antes de que me fuera:
-Esa chica Maldonado le da mala reputación al colegio donde está-

Intrigado por sus palabras me cambié el traje por uno más casual y no me llevé el saco. 
Estaba oscuro. Una pequeña lucecita roja en el kiosko me indicó que había alguien. 
Acercándome me di cuenta de que Maldonado estaba fumando tranquilamente, con todo y el uniforme. Sorprendido le pregunté.
-¿No está terminantemente prohibido que salgas después de las 8 pm?-
-Sí-
-¿Y fumar?-
-También-
-¿Por qué lo haces entonces?-
-Porque está prohibido-
La chica me había contestado con serenidad y un dejo de risa. Parecía divertida con mis preguntas.
-¿Vas a ga'star mi tiempo con eso?-
-No, quiero que me digas lo que sabes de Fiona Villanueva-
-Era una zorra hipócrita, como todas las de ése estúpido internado. Se acostaba con todos los del pueblo, ésta vez sus padres la descubrieron y pretendió que él la había violado. Pero él no se queda atrás, andaba conmigo y me engañó con ella. Decía que no necesitaba amor físico para estar conmigo, que yo era una dama, una señorita. ¡Maldita sea! Era porque se follaba a esa perra-
Me quedé anonadado. No por lo que había dicho sino por el cómo. Su seguridad y vocabulario me dejaron boquiabierto.
-Así que le voy a decir dónde puede encontrarlo y a qué horas. Arréstelo, será mi venganza.-
-¿No te quieres vengar de Villanueva?-
-De ella ya me vengué- contestó misteriosamente
-¿Cómo?-
Sonrió maliciosa.
-Digamos que sus padres no la descubrieron por accidente... ¿Usted sabía que su ayudante es pariente de Fiona?-
-¿Griselda?-
-Sí, Fiona la admira muchísimo, se la pasa hablando de ella- lo dijo con tanto desprecio que me sentí incómodo, sin embargo su persona era tan magnética que guardé silencio.
-Él se llama Rafael Serrano. Vive en Caoba número 334, sale del colegio a las 5 pm. Casi siempre está en casa ayudando a su padre en el negocio familiar, una farmacia-
-Gracias-
-Pero no lo llamé sólo por eso. Desde que lo ví supe que usted era diferente. No sé, pero simplemente sé que esa vida de falsedad no va con usted, quiere algo más...-
Me sentí atacado. Y a la vez atraído, ésa chica era... Mágica.
-Yo leo los libros prohibidos. Leo a Goethe, a Sade y a los románticos. La música que me gusta no es el rock and roll de todos, me gusta lo antiguo, lo extraño. Y yo sé que a usted también-
La miré hondamente y ella me sonrió...
-Tiene los ojos más bonitos que he visto... De un color que antes fue marrón y la tristeza los volvió azul celeste-
Y fue entonces que sentí el flechazo, la llama que me movió a robarle un beso tan fuerte que me rompí el labio con sus dientes. Ella se acomodó y me abrazó, todo fue tan apasionado que sin darme cuenta mis manos habían llegado a sus caderas. Las de ella corrían peligrosamente por mi cinturón.
Justo cuando ella iba a acariciarme se escuchó un disparo y parte de las columnas de madera del kiosko volaron en mil pedazos.
Tiré a Guillermina al suelo y yo me escondí tras una columna. Volteé a ver quién disparaba, era Griselda. Tenía la Colt que yo había dejado en el despacho.

-¡¿Qué demonios estás haciendo?!-
-Vengando a mi prima- dijo lacónicamente, como siempre.
-¡¿Qué?!-
-Te dije que la Maldonado no era de fiar. Así que ella fue la que  delató a mi prima... Vaya, me alegrará el dejarla paralítica. Para que aprenda.-
-Griselda, no lo hagas, no seas estúpida-
Guillermina se rió.
-¿Te encelaste de que besé a tu novio?-
Griselda la ignoró pero me dijo a mí. -No me importa con quién estés que no te puedo pedir fidelidad si yo no te la he dado-
-¿De qué hablas?...-
-Te lo dije, todas las egresadas de ese internado son unas malditas zorras-
Se escuchó otro disparo, pero esta vez fue al aire.
-No permitiré que insultes al colegio-
Guillermina se puso de pie y se acercó lentamente a Griselda.
-¿Así que no te importa que haya besado a tu novio?- Guillermina caminaba segura, Griselda temblaba de miedo.
-Todas ustedes son iguales. Y de nuevo, maldito colegio hipócrita- dijo retándola.
En ese momento Griselda levantó el revólver y le apuntó, pero rápidamente me abalancé sobre de ella y la tiré al suelo, el disparó salió en dirección contraria a Guillermina. Le quité la pistola y la sometí.
-Maldita sea, Griselda, vaya que eres estúpida- 
Ella no dijo nada, se quedó ahí en el suelo sin expresión alguna. Guillermina se acercó y me dijo:
-Larguémonos de este pueblo, no servirá que la lleves a la estación de policía. Nadie creerá que ella fue capaz de dispararnos.-
Me levanté del suelo y puse mi mano sobre el hombro de la joven colegiala.
-Vámonos de aquí-







Comentarios

  1. I had to ask a friend of mine to make a full translation, since Google didn´t it well. simply great.

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