Krieger


A Gerardo Martínez De la Torre.

El río a medio congelar resonaba. El hielo chocaba entre sí, parecía como si unas campanas rotas tañeran una canción. Los árboles extendían sus ramas hacia el cielo totalmente blanco, entregaban sus desnudas extremidades a un firmamento indiferente. Hacía tanto frío que los dedos se me habían entumido en la posición que toman cuando agarran una pistola. Y era porque eso había estado haciendo desde hace varios días.
Dormía, caminaba y comía con el arma en la mano. Las pocas veces que lograba soñar, soñaba que la disparaba.

No recordaba desde hace cuánto que me había quedado solo, sin mi pelotón. Los cadáveres de mis compañeros apenas se se habían empezado a corromper. Sin cambio alguno, el tiempo había desaparecido. Ahora me encontraba bajo el ojo de la eternidad.

Me alimentaba de lo que quedaba de mis reservas, el saber que al terminarse tendría que recurrir al canibalismo no me atormentaba. El frío había anestesiado hasta mi moral.

Sin embargo, yo sabía que él estaba aquí, en la misma situación en la que yo me encontraba, completamente abandonado a su suerte con el enemigo buscándole. Matarlo había pasado a ser mi única razón para no usar el arma contra mí mismo. Yo lo había escuchado varias veces, lo había visto con la mira del rifle de francotirador a pesar de que éste había dejado de funcionar. Cuando cerraba los ojos y la oscuridad detrás de mis párpados pesaba como si fuera líquida, juraba que hasta había podido olerlo.
Para evitar que supiera donde me encontraba, me metía puñados de nieve a la boca para que no pudiera ver mi aliento.

En la eternidad es difícil mantenerse cuerdo. El tiempo es como un arnés de la cordura del hombre. No sé cuánto tiempo estuve esperándolo, incluso me dejó de crecer la barba, el cabello y las uñas. Las reservas nunca se agopaban, siempre había el mismo número de víveres dentro de las mochilas.

Pero yo lo buscaba incansablemente porque tenía la certeza de que él estaba ahí. Yo sentía sus latidos al compás de los míos, sus sueños entrelazados con los míos, su pánico gritar sincronizado con mi euforia.

Observando a través de la blancura inmacula`a pude verlo. Con su uniforme azul profundo, tan vívido que hasta sentí la brisa marina acariciar mis mejillas. Cerré los ojos para disfrutar el momento, para saborear el probarme su existencia. Cuando los abrí y miré a través del lente pude verle los ojos. Eran tan azules como su uniforme. También usaba la mira de un rifle roto. Mi ojos cafés fueron escaneados...


Ahí recordé que ambos, en otra vida o en otro mundo habíamos sido amantes. No importaba que ambos ahorita fuéramos dos soldados que jamás se habían visto y que la guerra unió fortuitamente. Tal vez yo fui una mujer, tal vez él. Seguramente él había sido quien amó y yo quien fue amado porque una mirada mía bastó para que él bajara el arma.
Yo aproveché para levantar la que ahora era parte de mí, mi apéndice que le mataría y que dejaría vivir en paz.
No lo habíamos recordado con imágenes sino con emociones. Sentía como si quisiera vomitar al verle a los ojos, quería acercarme y pedirle perdón por haberlo citado en el límite del tiempo sólo para asesinarlo, quería lamer su sangre tibia endulzada por el sabor del plomo. Quería que su muerte fuera parte de mi existencia, quería saber qué cara ponía cuando la bala le entrara entre los ojos.

Tenía tanto miedo de gastar la única bala que me quedaba y fallar o peor, de realmente matarle. A pesar de tenerlo en la mira no podía disparar, no cuando sabía que él podía ser la única persona viva en todo al bosque, en todo el universo...
No quería estar completamente solo, prefería buscarlo sin encontrarlo jamás, escuchar un zumbido terrible que me advirtiera de su peligro en potencia...
Sus manos se levantaron lentamente y me di cuenta de qué él no titubearía, de que me haría pagar mi traición, sus ruinas fueron las que apretaron el gatillo.
Me dio en el costado derecho. Mi sangre se expandía lentamente y yo recordé cómo había descansado antes sobre sábanas del mismo color, yaciendo junto a él. El cielo y la tierra se unieron en un blanco uniforme, con la cabeza sobre el suelo susurré pidiendo fuerzas. La felicidad me embargaba.
Mi corazón no podía soportarlo.
Logré juntar mis piezas y levantar la mano.
El peso de la luz me aplastaba el pecho.
Disparé el arma en mi sien.
La pistola calentó mi mano y pude morir junto a la razón de mi existencia...

(Ich sterbe in dir, dein Herz in mir... Hier, Krieger wir wird besiegen die Welt und verlier'n)

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