Humildad/Arrogancia
Cuando digo que quiero deshacerme de la vanidad es cuestionable si no lo quiero sólo por vanidad también. Soy vanidoso en tanto mis deseos de mejora son vanidosos también [...] y calculo ya en el espíritu el provecho que sacaría de "deshacerme" de la vanidad
Ludwig Wittgenstein.
Haciendo el recuento de lo que aprendí el año pasado, me doy cuenta de por sobre todo, aprendí a admitir la pérdida. A sufrir el duelo unos 20 minutos y a otra cosa.
A ser humilde. Todo el tiempo había pensado que podía juzgar a los demás tan estrictamente como me juzgaba a mí misma, que la voluntad siempre iba más allá de las circunstancias y que mi temperamento era el temperamento moral por excelencia.
Porque en el juzgar a los demás yo pensaba que tenía el derecho de hacerlo, que era superior en muchos aspectos y eso me dejaba cortarles de tajo sus quejas y lamentos. Que el ser débil no era una opción y que uno jamás debía detenerse ni siquiera un minuto a lamentarse una pérdida.
Pero varios eventos al final del año me hicieron darme cuenta de lo mal que estaba.
Que aferrándome a la idea de mi superioridad sólo me aferraba a un sufrimiento vano y superfluo.
Yo no soy la excepción de la regla
No soy especial
Todos los juicios a los que sometí a los demás también aplicaban para mí.
Ahora sé que las personas somos entes reticulares, esto es, envueltos en redes de circunstancias, situaciones y eventos.
Que mi temperamento no es el mejor, que no sirve de nada decir "yo en tu lugar no hubiera hecho eso" porque:
Uno.- No sé realmente como voy a actuar en esas circunstancias
Dos.- No sé si como actúe en dicha situación sea la mejor.
No tengo ni la más mínima idea de los motivos de los demás.
Debo ser tolerante con sus decisiones, con sus acciones, yo no estoy por debajo de su piel para saber.
No tengo el derecho de juzgarlos tan duramente.
Y por eso defraudé a mi mejor amigo. Él esperaba un consejo, una palabra amable, algo de empatía y lo único que recibió fue un tribunal severo y mutilante.
Pero no fue sino hasta hace poco que supe mi error. Que no estoy por encima de nadie para decirle qué hacer, que tal vez lo único que pueda pulir como virtud moral sea el escuchar.
Desde que nací, estoy predestinada a la arrogancia y a la soberbia. Todas las pruebas de mi vida se enfocarán a enseñarme el valor de la humildad y del perdón. Porque se necesita valentía para mirarse en el espejo y desnudarse junto al reflejo de los demás y darse cuenta de que no se es único ni especial
Que somos iguales
Que merecemos lo mismo.
Y si uno no está dispuesto a juzgarse a sí mismo tan severamente, lo mejor será dejar de juzgar así a los demás, porque somos todos o ninguno.
En eso radica la honestidad moral.
Y doy gracias a la traición que me enseñó esto, uno no puede aprender a perdonar si no le ponen una situación en la que tenga que hacerlo. Uno nunca sabe cómo va a reaccionar. Ellos me dieron esta oportunidad de hacerlo. Me costó trabajo, pero ahora puedo decir con toda seguridad "Lo siento pero además yo ya te perdoné"
Sin importar si me conceden el perdón o no. Es un ejercicio de limpieza el poder decir "Lo siento" sinceramente.

Comentarios
Publicar un comentario