La Ciudad de Plata (Primera Parte)


A Ramón Morales Salazar.

A la Esperanza rara vez la visitan quienes requieren de ella. Vive ciega dentro de una casa en las afueras de La Ciudad de Plata. Los negros pavimentos de su colonia nunca han sido pisados por las plantas de los pies de los habitantes del centro. Como una Moira, yace siempre aguardando la llegada del Insomne

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La mañana pálida y fría nunca ha sido anunciada por el Sol sino por el sonido de la alarma del alba pero el Insomne ya la había bienvenido, recostado en su cama con los ojos abiertos. Estaba cansado de no poder dormir.
Soñar. Un concepto apenas descubierto por él cuando entre el tapón de algodones sucios en el cielo pudo vislumbrar un poco de azul. Desde ese mismo instante comenzó a soñar despierto con paisajes de los azules más intensos y brillantes, algunas veces neón, otras pastel, pero la paleta siempre era de azul.
Y supo que la única manera de retener en la memoria de su retina ese magistral color, era soñando dormido y entrar en el Campoazul.

Nadie soñaba en ese lugar. Había colores, claro, pero como no había agua, estaban percudidos por el tiempo y el uso, como si la telaraña gris de la apatía se pegara a las telas. 
El Insomne supo de la Esperanza gracias a un amigo suyo, El de la Ventana. El de la Ventana siempre observaba a la gente pasar platicando con sus sombras, versiones antropomórficas de sus pasados; en una de esas, escuchó a alguien mencionar a la Esperanza. El de la Ventana guardó esa información para quien se la preguntara, aun sabiendo que su propia salvación se encontraba en esos datos, no hizo nada puesto que él sólo aguardaba en el alfeizar negro de su ventana.


El Insomne caminó a través de la Ciudad de Plata y sus calles de edificios blancos, cielo gris y pavimento negro. Todos los rascacielos tenían espejos, reproduciendo infinitamente el estéril paisaje. Atravesó la perpetua ceniza blanca que caía, siempre soñando despierto con llegar a sus campos de flores azules, a sus lagos de hielos eternos y a sus océanos llenos de luces marinas.

Conforme se iba alejando del centro, la ceniza dejaba de caer para darle lugar a un fuerte viento sin temperatura. El Insomne siguió su camino trazado en la palma de su mano por El de la Ventana. 
-Suerte- le había dicho sin dejar de mirar por el sucio cristal.

Ahora que se hallaba lejos del cuarto que la hacía de hogar, notó la dificultad del camino. La ceniza del Centro amortiguaba su peso al caminar y ahora que de verdad tocaba el suelo firme, sentía que los pies le estallarían en cualquier momento. No le dolían precisamente, le ardían y la sensación era incómoda. Nunca se había percatado de lo cómodo que era vivir en el Centro. 
El Insomne guardaba a su sombra en un morral de piel roída por el peso de lo que ésta representaba. Nadie preguntaba por ella y él jamás hablaba del tema. Mejor así. 

El de la Ventana había hablado de esta manera:
-He de decirte que todos los rumores (al de la Ventana también se le conocía como El que cosecha Rumores) mencionan que la Esperanza lee tu sombra, que ella cobra con algo de igual valor que tu sueño a realizar-
El Insomne no dijo nada, sólo lo miró como suele hacerlo El de la Ventana.
-La Esperanza tiene que escudriñar en lo más profundo de tu pasado para saber cuál es el precio a pagar por tu sueño- repitió 

Ahora, con los pies cansados y la espalda entumida por el peso de su sombra, el Insomne comenzaba a dudar de su travesía. Se sentó en la acera y miró la bóveda tan parecida a la ventana del que cosecha Rumores; tenía que llegar al Campoazul. No podía seguir viviendo sin poder saber qué se sentía ver ese azul más allá de sus frágiles ilusiones.

La casa de la Esperanza era muy grande y vieja. No estaba abandonada pero tampoco estaba cuidada. Tenia un techo a dos aguas sobre el cual subían otros tres pisos más, para terminar en un pararrayos negro. El pasto era verde deslavado por los rayos UV que traspasaban las nubes, el adoquín marrón estaba mugroso y sus tejas antes rojas lucían ahora rosas por el viento.


Se acercó al zaguán metálico y suspiró hondamente antes de tocar. La puerta se abrió como si su puño la empujara con un guante de aire. 
Entró. La madera húmeda lo hizo estornudar varias veces, no había esos materiales allá en la Ciudad, ¡qué casa tan rara!
La Esperanza estaba sentada en una mecedora moderna, parecida a los muebles de la Ciudad. Ella era una anciana con el cabello recogido en un peinado muy elaborado de trenzas blancas. Su vestido verde bandera combinaba con la madera del suelo, sus ojos tenían cataratas y en sus manos se vislumbraba un pequeño colibrí azul metálico.
El Insomne dejó escapar un grito ahogado ¡ese color! pero el aire tan cargado de fragancia maderosa hizo que tosiera compulsivamente. La Esperanza le sonrió.
-Te estaba esperando- dijo con una voz que parecía no haber sonado desde hace milenios.
El Insomne se agarraba el cuello, tosiendo furiosamente. 
-No te preocupes, te acostumbrarás. Buscas el color azul que yace en tus sueños, ¿verdad?-
El Insomne asintió jadeando y carraspeando.
-Saca lo que tienes en tu morral-
La tos se le cortó instantáneamente, agarró el bulto envuelto en piel café y lo apretó a su pecho.
-Si tanto te aferras a tu pasado, no sé por qué viniste a mí-
Dubitativo, se acercó a ella y le entregó la maleta.
Dejando salir al colibrí, quien se mantuvo volando alrededor de ella, sacó a la sombra de su roída placenta. Era un conejo negro de ojos del mismo color, lo que le daba un aspecto extraño y perturbador. La Esperanza lo acarició con delicadeza, el conejo respiraba agitado.
-Está mojado-
El Insomne no dijo nada, sólo lo veía con lágrimas en los ojos.
-Tú lo has estado empapando todo este tiempo con eso- dijo ella señalándole los ojos. -Por el bien de ambos, debes escucharme-
Él se sentó en una mecedora idéntica.
-No puedo despojarte de tu sombra porque sería matarte, eso ya lo sabes puesto que intentaste deshacerte de él en un intento de apaciguar su dolor de ambos. Pero puedo ayudarte a aprender cómo manejarlo, puede que no se vea pero este conejo pesa demasiado. Esto está relacionado con tu falta de sueño y de sueños. Si logras dormir y soñar con tu Campoazul, aprenderás a cargar a tu sombra y a tranquilizarla. Sé que estás pensando en el precio, bueno pues no me pagarás a mí, sino a quien te ayudará. Yo sólo doy información, yo sólo señalo el camino. Debes ir con La de las Escaleras, ella siempre duerme y sueña los sueños más hermosos. Sueña en vez de los habitantes de la ciudad, por lo que tiene que dormir siempre. Pero su tarea ha de terminar porque ella así lo ha deseado.-
El conejo negro intentó escapar pero la Esperanza lo retuvo entre sus manos, el colibrí se mantuvo estático en su lugar. El Insomne no podía dejar de observar cómo el azul jugaba entre las alas de la pequeña ave. Pero ésta se movía tan rápido que el azul destellaba por milésimas de segundo.
-La de las Escaleras no puede despertar con cualquier cosa. A pesar de que sólo vive en un mundo lleno de cosas maravillosas, se ha aburrido de sólo ver reflejos de la realidad. Sólo saldrá de su somnolencia si tú cometes un acto que despierte su morbo y su rabia, nada más podrá sacarla de ahí. Esto significa: tienes que darle a acariciar tu sombra-
El Insomne palideció, el conejo negro dejó de respirar por un momento.
-Esa es la mitad del precio a pagar pero no puedo darte más detalles porque eso es decisión de ella, cuando la logres sacar de su inconsciencia, ella te regalará uno de los sueños en donde salga tu preciado color y tendrás lo que quieres-
Él se levantó de la mecedora y se acercó a la Esperanza, bajó la cabeza en agradecimiento y extendió los brazos a su conejo, quien rápido saltó a él. La Esperanza no le devolvió el morral.
-A partir de ahora tienes que dejar que tu sombra deambule a tu alrededor, es lo que hace que te duelan los pies y la espalda. Buena Suerte-


La Esperanza le había dicho que La de las Escaleras vivía en un edificio del Centro, en las escaleras laterales del edificio más alto, recostada en los escalones de vidrio, respirando tranquilamente y exhalando siempre vapor, puesto que el ambiente estaba helado.

No tuvo problemas en encontrar el edificio pero sí en encontrarla a ella. Subió uno por uno los escalones de vidrio pero no la encontraba, ¿por qué tenía que estar hasta el último piso?
Supo que el edificio era una bodega de sueños y que ella servía de Archivadora de Sueños, como una bibliotecaria que los organiza y los acomoda para después dejarlos morir sin que nadie los viera.

"Justo cuando llegues ella estará soñando tu sueño, tienes que despertarla en ese instante, si no lo haces, éste se perderá para siempre en el archivo muerto y no podrás despertarla"

Por fin la había encontrado.
Estaba en las escaleras, dormida entre flores de cristal. Los espejos del techo la reflejaban mil veces, a su lado, un gato negro dormía con ella. 
El Insomne cargó a su conejo, quien se debatía entre sus largos dedos para no tocar las manos de la durmiente, cruzados sobre su vientre. Recordó el azul de sus sueños y obligó a la sombra a tocarla.
Lo primero que se movió fue el gato, levantó ágilmente la cabeza y abrió sus ojos, también del color del pavimento. Observó al Insomne y se erizó. 

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