Cielo líquido.



La mañana pálida y fría se vio anunciada no por la salida del Sol sino por la alarma del Alba, un lejano sonido suave que despertaba a todos los habitantes de la Ciudad. El Insomne, sin embargo, esperaba a la aurora con los ojos abiertos recostado en su cama. Estaba cansado de no poder dormir.
Los días se le habían vuelto monótonos y sin sentido desde aquella noche en la que pudo observar una luna azul desde su ventana. Sin saber por qué, se levantó de su lecho, cruzó descalzo su desnuda habitación y abrió las persianas en un solo movimiento. La luz de la luna lo cubrió como una helada cascada, lo bañó en un tono de azul indescriptible tan intenso que el Insomne abrió la boca para tratar de beberlo. Desde ese mismo instante comenzó a soñar despierto con paisajes de los azules más preciosos y rebuscados, había imaginado cada uno de los matices posibles de la paleta de azul.
Y supo que la única manera de retener en la memoria de su retina ese magistral color, era soñar dormido. El problema era que aunque los demás durmieran, nadie soñaba en ese lugar.

         La clave para su lograr su deseo se la dio El de la Ventana, quien abandonó todo anhelo de vivir en el alfeizar negro donde se recargaba para observarlo todo. El de la Ventana también conocía el azul de la Luna, la había visto desde hace mucho tiempo sin que despertara en él el más mínimo impulso por salir de la Ciudad. El de la Ventana conocía muchos secretos que se escondían en los rincones, todo el día observando los escuchaba en sus carreras por encontrar un oído que les prestara atención. Los secretos, con sus pálidos cuerpecitos y sus ojos vacíos sólo eran visibles para quien los buscara; uno de ellos le contó al Que Cosecha Secretos (nombre alterno del de la Ventana) del sueño tan anhelado del Insomne y otro le contó cómo podía hacerlo realidad.
         El que cosecha Secretos le repitió al Insomne 
todo lo que el secreto le dictaba al oído:
“He de decirte que todos los rumores mencionan a 

la Esperanza, una vieja que vive a las afueras de 

la Ciudad y quien se encarga de conceder deseos a cambio de un precio, todos los secretos dicen que es muy alto pero es justo. La Esperanza tiene que leer tu sombra para poder ponerle precio a tus deseos, eso para ti es parte ya del precio a pagar”
Ahora que el Insomne se hallaba lejos de su cuarto en la Ciudad que la hacía de hogar para él, notó la dificultad del camino. La ceniza del Centro amortiguaba su peso al caminar y ahora que de verdad tocaba el suelo firme, sentía que los pies le estallarían en cualquier momento. Nunca se había percatado de lo cómodo que era vivir en la Ciudad. 
El Insomne guardaba a su sombra en un morral de piel roída por el peso de lo que ésta representaba. Nadie preguntaba por ella y él jamás hablaba del tema. Mejor así. Todos los habitantes de la Ciudad guardaban su pasado dentro de su sombra y el Insomne no quería que el suyo saliera a la luz.
El Insomne caminó a través de la Ciudad y sus calles de edificios blancos, cielo gris y pavimento negro. Todos los rascacielos tenían espejos, reproduciendo infinitamente el estéril paisaje. Atravesó la perpetua ceniza blanca que caía, siempre soñando despierto con llegar a sus campos de flores azules, a sus lagos de hielos eternos y a sus océanos llenos de luces marinas. Todos esos escenarios tan distintos a la imagen ascética que prevalecía en el Centro, todo tan sofisticado, tan artificial, tan falto de vida.
Ahora, con los pies cansados y la espalda entumida por el peso de su sombra, el Insomne comenzaba a dudar de su travesía. Se sentó en la acera y miró la bóveda tan parecida a la ventana del que cosecha Rumores, sucia, taponada de nubes grises retro iluminadas por una luz cegadora; tenía que llegar al Campoazul. No podía seguir viviendo sin poder saber qué se sentía ver ese azul más allá de sus frágiles ilusiones. No podía seguir viviendo sin poder soñar dormido.

La casa de la Esperanza era muy grande y vieja. No estaba abandonada pero tampoco estaba cuidada. Tenía un techo a dos aguas sobre el cual subían otros tres pisos más, para terminar en un pararrayos negro. El pasto era verde deslavado por los rayos UV que traspasaban las nubes, el adoquín marrón estaba mugroso y sus tejas antes rojas lucían ahora rosas por la erosión de los años y del viento.
Se acercó al zaguán metálico y suspiró hondamente antes de tocar. La puerta se abrió como si su puño fuera un imán del mismo polo. Entró. La madera húmeda lo hizo estornudar varias veces, no había esos materiales allá en la Ciudad.
La Esperanza aguardaba sentada en una mecedora, la habitación se le hizo tremendamente conocida al Insomne, como si ya hubiera estado dentro de ella. La Esperanza lo invitó a pasar con un movimiento de mano.
-Abre tu morral- le dijo, el Insomne se detuvo en seco y apretó su morral contra su pecho, la mirada vacía de la Esperanza y su sonrisa que más parecía una mueca lo asustaron.
-Abre tu morral- repitió. Él sintió como si le pasaran unos hilos por el cuello y la nuca, volteó pero no había nada. No había notado que en el ambiente flotaban espirales de humo, hacían figuras maravillosas, se transformaron en pequeñas personitas que bailaban en el aire, se acercaron a él y se sentaron en su hombro. Asombrado por sus movimientos, lo agarró desprevenido el que esas personitas de pronto mutaran en listones que tomaron el asa de su morral y un movimiento rápido lo jaló a las manos de la Esperanza. El Insomne trató de moverse pero los espirales rodearon sus tobillos y sus muñecas.
La Esperanza abrió con delicadeza el morral y sacó un conejo negro, la sombra del Insomne. Su suave pelaje brillaba con la poca luz que lograba entrar a la habitación, la Esperanza apagó su cigarrillo del cual se desprendían los espirales y el Insomne pudo moverse. Ella acarició al nervioso conejo hasta que éste cerró los ojos.
-Tú y yo sabemos que no puede dormir. Me has pagado la mitad del precio pero falta, tu sueño de querer soñar con el azul es muy atrevido, tú eres el Insomne, el único que no puede dormir en la Ciudad y esa es tu función, velar el descanso de los demás, en tus hombros recaen sus angustias y sus miedos, todo aquello que no los deje conciliar el sueño por la noche. Si tú durmieras, los demás tendrían que ver por ellos mismos-
El Insomne vio con lágrimas en los ojos a su pequeña sombra.
-El pelaje de esta criatura está empapado, tú se lo mojas llorándole causando que pese demasiado. Tu falta de sueño y el color azul están relacionados con el peso de tu sombra, si quieres llegar al Campoazul debes dejar que tu sombra deambule libremente a tu alrededor, ya no podrás guardarla en el morral-
La Esperanza deshizo el morral, placenta de la sombra, con la pequeña chispa de su cigarro. La pequeña luz iluminó su rostro y sólo en ese momento, el Insomne vio cuán vieja era ella.
-Yo no tengo tu sueño de azul, lo tiene la Archivadora de Sueños, la que yace en las Escaleras. Ella se encarga de soñar todos los sueños de los habitantes de la Ciudad, todas las imágenes hermosas que ellos logren imaginar ella las archiva en un edificio, donde mueren a falta de alguien que pelee por ellas. Pero ya se cansó de vivir en un mundo de reflejos e ilusiones, quiere despertar, como tú, está yendo en contra de su obligación. Ella tiene tu sueño y para que tú lo consigas tienes que despertarla antes de que se pierda en el archivo muerto. Su sueño es tan profundo que sólo una cosa puede despertarlo, sólo algo tan ajeno a la belleza que sueña puede sacarla de su inconsciencia. Debes dejar que ella toque el pelaje de tu conejo, que ella sepa de tu pasado. Así la perturbarás con una pesadilla tan terrible que despertará en el acto-


         El Insomne regresó a la Ciudad, su sombra brincoteaba a su lado, a veces se detenía temerosa a oler el aire. Poco a poco se secaba su pelo negro. El escenario citadino le pareció tremendamente frío y estéril, aún más que antes. Su conejo apenas si se le asomaba la cabeza entre la ceniza del suelo. El Edificio de los Sueños era el más alto de la Ciudad, era rectangular hasta la mitad puesto que lo coronaba una cúpula de vidrio que contenía humo blanco, era la que llenaba de nubes el cielo.
“Los sueños que llevan mucho tiempo archivados son quemados en lo más alto del edificio”
         Subió las escaleras de vidrio esmerilado, el interior del edificio era todo transparente y luminoso. La negrura de su sombra resaltaba casi dolorosamente. Llegó hasta donde terminaban las escaleras y comenzaba la cúpula llena de nubes. Miró hacia arriba, flotando pegada contra unas escaleras horizontales que recorrían el techo de cristal, estaba la Archivadora de Sueños. Dormía apaciblemente entre sábanas blancas que se movían como si estuvieran bajo el agua, su cabello también parecía moverse con la delicadeza de un alga.
¿Cómo iba a darle su conejo si el techo se erigía al menos unos 6 metros sobre el suelo?
Si se subía al barandal y estiraba los brazos, tal vez podría llegar a ella. Con dificultad se sentó sobre el tubo negro con el conejo en los brazos, alzó la cabeza, la de las Escaleras estaba rodeada por agua, si se levanta ésta le cubriría hasta el cuello al Insomne. Poco a poco fue poniéndose de pie…

         La Emperatriz (tira los dados al azar)
         La Emperatriz estaba sentada en una silla de madera vieja en medio de una habitación oscura. Además de ella, había una litera desvencijada donde una familia esperaba agazapada, como si temiera que los encontraran. Un pequeño niño estaba mirándola. Las paredes eran negras y una puerta corroída y llena de termitas cerraba el paso pero  estaba extrañamente iluminada, a diferencia de todo lo demás en la habitación. Había una ventana que daba a un muro de ladrillos grises, sus cortinas eran unas cobijas viejas y polvosas.
“Creo que no conoces la naturaleza de la situación, niño. No puedes salir, ¿crees que esto es un juego? Si intentaras moverte te pondrías en un gran peligro”
Los grandes ojos del niño la miraron con confusión y desafío.
“Si quieres arriesgarte tienes que saber que vas a perderlo todo, aquí no hay medias tintas, si sales no puede mirar atrás”
La Emperatriz sacó de su bolsillo unos dados blancos, estiró la mano hacia el niño, ofreciéndoselos.
“Tira los dados”
El niño se levantó de la cama, sus familiares lo intentaron detener pero él siguió, quitándoselos con un movimiento firme.
“¿Cómo debo de lanzarlos?”
“Tira los dados al azar”
“¿Dijiste mi apellido?”
“Tira los dados al azar”
         El niño los aventó hacia la puerta. La Emperatriz se levantó de su silla, tomó al niño por los hombros, con un movimiento de mano y como por telequinesis, abrió la puerta para aventar al niño del otro lado.
“¡Corre hacia la otra habitación!”
Los que estaban sentados en la cama se levantaron, querían ir por el niño pero se movían en cámara lenta, al niño le costaba muchísimo trabajo mover las piernas; La Emperatriz, quien era la única con libertad al moverse se interpuso entre los demás y el pequeño.
         El infante pasó a la otra habitación. Estaba vacía pero pintada de amarillo, el techo era de agua.
“¡Sube!” le gritó la Emperatriz desde la otra habitación.
El color del agua era de un azul intenso, maravilloso, se expandía majestuoso ante sus ojos como un cielo líquido. Pero él era demasiado pequeño para subir solo, la Emperatriz pateó la silla en la que estaba sentada, se quedó frente al niño pero girando sobre su propio eje.
“No resistirá mucho, tienes que subirte”
“Sigue girando”
“Tienes que subir”
Los demás ya casi llegaban a la puerta, la Emperatriz se aventó hacia la puerta miró al niño y dijo “adiós”. Al borde del pánico, el niño se subió de un salto a la silla, pudo ver cómo casi llegaban a él los demás, la Emperatriz le jalaba la ropa a uno de ellos en vano, eran demasiado obstinados.
El corazón le latía vertiginosamente, el azul tenía que engullirlo, no lo sabía pero tenía que escapar. Con las manos temblando, tocó el agua, de un fuerte brinco sumergió la mitad del cuerpo, escapando por centésimas de segundo al agarre de uno de sus parientes.

El agua lo llevó hasta donde estaba la que yacía en las Escaleras, su vestido había adquirido una tonalidad azulada y de sus ojos salían pequeños cristales del color de la luz de la Luna esa noche.
El Insomne nadó hasta ella y le puso el conejo en las manos, en ese momento ella abrió la boca y salieron burbujas, parecía como si gritara pero él no escuchaba nada.
El grito fue tan alto que resquebrajó la cúpula de vidrio que daba a las nubes, el agua comenzó a drenarse para arriba, el Insomne tomó a su conejo con una mano y con la otra, la cintura de la Archivadora de Sueños. Abrazó a ambos, la corriente era cada vez más fuerte, ella seguía dormida.
“Debes despertar” dijo una voz que no era de ninguno de los dos.
Ella abrió los ojos, sin detenerse a nada, agarró una de sus sábanas y la aventó hacia el barandal, como una serpiente de agua se movió y se enredó, ahora ella lo agarraba a él.
“Todo esto se me hace conocido”
La cúpula se iba llenando de agua, las nubes aumentaban cada vez más en número, eso iba a estallar. La de las Escaleras jaló la sábana para llevar a ambos a suelo firme. Por fin pudo el Insomne poner los pies en las escaleras de abajo, pero la de los Sueños Muertos seguía atrapada por la corriente, con todas sus fuerzas intentó jalarla cuando ella habló:
“La Ciudad es tu sueño, tú eres el Insomne porque tu sueño es de este mundo el fin y se desvanecería al tú cerrar los ojos. Los sueños de los habitantes son tus sueños y al tú dormir, realmente estarías despertando. Tienes que abrir los ojos, sólo así verás el color que tanto anhelas, ese color sólo existe en la realidad. Yo soy la imagen, el reflejo de alguien que te espera afuera, vine a tratar de sacarte de esta prisión que es tu mente. Me verás si despiertas, yo soy el azul que tanto buscas”
El Insomne miró a través de las paredes de vidrio, toda la Ciudad estaba inundándose de nubes y agua, la ceniza ahora parecía lama sobre un inmenso lago. Toda la Ciudad se estaba destruyendo.
“Tienes que soltarme”
Pero ella seguía teniendo al conejo.
“Tienes que deshacerte de tu sombra”
Uno a uno fue relajando sus dedos, primero soltó una mano, la vorágine absorbía todo… Hasta que la fuerza la arrebató de sus manos.
Abrió los ojos. Un cielo gris le dio la bienvenida, se incorporó, estaba acostado, era el techo. Al lado de su cama vio un jarrón de flores azules, azules como la Luna en la Ciudad que ya no existía.

Había despertado. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hogar Roto

Habla, no te ocultes en tu corazón (Speak, don´t hide within your heart)

Popurrí