Y si te pidiera amablemente...

Era medianoche cuando se había sentado frente a la computadora. En ese momento ya era mediodía.  En el instante que empezó se sentía sumamente triste, llorando comenzó a teclear sin detenerse.  Pensó seguir con su trabajo, el dispositivo que alteraba los programas en los que se sumergía la gente, las realidades alternas que opacaban a la verdadera. Con su nube de polvo y polución nadie quería ver por la ventana, lo único que querían era sentarse y conectarse para olvidar que estaban vivos. Su habitación tenía dos grandes ventanas para siempre tapiadas con persianas blancas, un piso negro y muchas muñecas sentadas en las repisas de la pared. Algo había en el ambiente que parecía un escenario preparado para una puesta en escena de Alicia en el País de las Maravillas.
Cuando ella terminó de introducir el último código, se sentía un poco mejor, al menos, la opresión en el pecho había cedido un poco. Tal vez una mejor manera de aliviar su depresión hubiera sido salir a alguno de los múltiples parques artificiales dentro de las plazas comerciales. No sé, hablarle a un amigo y salir. Pero eso sería no tener el problema. Era una cuestión de la clásica paradoja de necesitar algo que si lo tuvieras, no lo hubieras necesitado desde un principio.
Se levantó de la silla y estiró los brazos, luego arqueó la espalda que crujió. Se sintió como un halcón que estira sus alas antes de alzar el vuelo. Los ojos le dolían, los dedos temblaban de cansancio. Pero no iba a dormir sin antes probar su programa nuevecito. Ya había pensado en el nombre, el Palacio de la Soledad, alguna vez lo había leído como el título de un cuento en una antología. Quién sabe dónde haya quedado ese archivo, pensó. No recordaba el nombre del autor pero sí el de la protagonista, la princesa Sábado, con quien se sentía sumamente identificada. Ahora el palacio y el título nobiliario le podían pertenecer.
Conectó los cables que guardaba bajo su pesada manta de cabello negro y largo al puerto más veloz que tenía. El calor de la computadora y del inclemente efecto invernadero, hacían que ella sólo llevara puesto un camisón color menta, muy bonito, con encaje y tul; y el cabello recogido en  un improvisado moño alto. Si lo dejaba suelto, como le llegaba a media espalda, comenzaría a sudar y la incomodidad de  su cuerpo la sacaría del programa de realidad alterna.
La música con la que escribió el programa comenzó a desvanecerse y su visión a nublarse, en pocos minutos, había quedado inconsciente.
Cuando despertó, ya no estaba en su habitación, ahora se encontraba en un gran valle desértico pero sin sol. Los pocos árboles que había estaban muertos, y al valle lo rodeaban varias montañas negras. Ella sonrió, así era exactamente como lo había pensado. Su ropa también había cambiado, ahora llevaba un bustier de piel negra sobre una blusa blanca y una falda negra con mucho vuelo y de ligera tela. Varias cintas le cruzaban las piernas hasta llegar a unos zapatos de tacón mediano y grueso. Su cabello estaba suelto. Como sólo en la realidad alterna podía llevarlo. Tenía un reloj dorado en la muñeca izquierda. Era importante que notara el paso del tiempo, si se quedaba por mucho, su cerebro comenzaría a confundir el programa con la realidad. Las gráficas no eran muy buenas, todo parecía como si estuviera soñando.
Lo que realmente resaltaba en el paisaje era un gran castillo de cuarzo transparente. Ella entró corriendo, dentro estaba completamente vacío. Todavía se veían las vigas y las columnas de construcción, estaba medio abandonado. Pero donde debía estar el trono había una jaula de oro preciosa con un magnífico pájaro azul dentro. A pesar del deplorable estado del edificio, el ave se veía bastante saludable y feliz.
-Pero encerrada- dijo sombríamente antes de sentarse en uno de los escalones y romper en un copioso llanto que duró horas.
Al terminar se sintió muchísimo mejor. Se sintió aliviada y descansada, como si hubiera llorado en el hombro de alguien comprensivo. No como los del exterior, esos hombros que juzgan, esos hombros que te levantan el rostro para verte a los ojos y decirte que tu tristeza es infundada, injustificable. Que te levantes y andes, que tienes la fuerza necesaria para eso y que todas tus quejas son parte de un guión de teatro fingido y mil veces ensayado para lidiar con esa parte de tu personalidad, tan tuya, que nadie soporta. Ni siquiera tú.
Perfecto. Había pensado. Si su corazón era un actor dentro de un mal guión pues le haría un teatro, uno donde no hubiera público que complacer… Ni que lastimar.
En la muñeca opuesta a la del reloj, llevaba un pesado brazalete. El artefacto que le permitía alterar el programa estando ella dentro, de cierta manera, ese aparato le permitía modificar la realidad, su realidad. Pero qué importaba, tal vez era la única importante.
Se levantó y abrió los dedos de esa mano, pensó en crear algo, una pequeña llama. Algo incandescente comenzó a germinar unos centímetros por encima de su palma hasta tomar la forma de una flama. Ella sonrió y creó una gran llamarada que se extendió hasta la puerta principal del palacio. Luego, con los dedos comenzó a tejer, de la nada, una corona con alambres y pedazos de metal brillante y plateado. Se la puso en la cabeza. Le quedó grande pero no se inmutó en arreglarla, simplemente la acomodó en diagonal. Oficialmente era la princesa Sábado.
Abrió los ojos. Todo el cuerpo lo tenía entumido. Según su reloj eran las cinco y media pero no sabía si de la mañana o de la tarde. Las persianas estaban blindadas, para no dejar que el inclemente sol o el polvo entraran a la casa. Como pudo se movió pero sólo logró caerse de la silla, sus cables violentamente se arrancaron de la máquina.
-Maldita sea- murmuró, la cabeza le dolía y un poco de sangre salió de su nariz. Debido al golpe, su madre entró a la habitación, preocupada.
-¡Vati! ¿Estás bien?- con cuidado la acostó en la cama
-Sí, no es nada- dijo la joven. Su madre le limpió la nariz. En tono reprobatorio le dijo cuánto le preocupaba el que se la pasara tanto tiempo dentro de sus programas. Lilivati sólo contestó ‘Es mi trabajo’.
Y sin embargo, contrario a lo que habría pensado antes, el dolor, la calidez de la sangre en su cara la hicieron sentir viva.

-Deberías de salir un poco más, Lili-
-Así estoy bien-
                El edificio en donde trabajaba era plomizo y opresivo  a pesar de su pretendida elegancia y lujo artificial. Estaba en la cafetería de empleados, una sala blanca con mesas minimalistas y muchos vitrales de patrones repetitivos, sentada junto a su mejor amiga y compañera de trabajo, Lydia. Sentado en la silla opuesta, estaba David, el novio de Lydia, callado, concentrado en el rostro de Lilivati.  -¿Qué te pasó en la sien derecha?- preguntó
-Me caí- contestó ella, introduciéndose un trozo de carne de soya frita en la boca.
-¿Por qué?-
Lilivati lo miró sin expresión alguna y se levantó de la mesa. Fingiendo una sonrisa y alegría se despidió de ambos diciendo que debía seguir trabajando.
-Por favor, si te pasa algo, dímelo- le pidió Lydia, tomándole la mano.
-Lo haré- mintió mientras cruzaba el umbral del ventanal que daba al pasillo que conducía a los cubículos.
                El día anterior había sido la exposición de proyectos. Le había tocado a Bernardo mostrar su ambiciosa idea. Un programa que permitía que el usuario eligiera varias realidades dependiendo de su estado de ánimo. Las gráficas eran buenas, la sensación no era tan vívida como en los programas que ella misma había presentado pero por alguna extraña razón ese proyecto tan simple había cautivado a los jefes. A quienes nadie nunca había visto en persona, mediante video-llamadas juzgaban y calificaban el trabajo de sus empleados, tanto Lilivati como los demás sólo les mandaban los programas y ellos se encargaban de probarlos, de ser los primeros usuarios, como sus jefes, tenían el privilegio de serlo. Así, el programa se terminaba de programar con base en los estados mentales de sus superiores, y esa impresión era la generada en todos los demás usuarios. Por eso los estándares de belleza nunca cambiaban, por eso la idea de felicidad tampoco lo hacía.  Por eso el proyecto de Lilivati no era aprobado, porque le daba libertad al usuario. Pero lo financiaban porque les permitía a ellos alterar los programas de la competencia. Claro, el programa de Bernardo era mejor, muchísimo mejor porque los estados de ánimo que estaban en la lista de elección para el usuario, habían sido escogidos y creados por los superiores. Se pretendía encasillar toda la gama de emociones humanas en una lista de 7 opciones.
Pero Lilivati tenía la infantil esperanza de que sus superiores vieran su talento y por alguna cuestión la sacaran a ella del continente. A uno con un mejor aire, con un mejor Sol. En las múltiples video-llamadas con uno de los supervisores, Sajevo le había prometido un puesto mucho mejor pagado que sería perfecto para un currículum que buscara un trabajo en otro continente, a cambio de que ella se quedara un año más, el suficiente para terminar su aparato. La razón de su depresión había sido que Ren, otro de los supervisores y quien le tenía un peculiar afecto y estima casi paternal, le advirtió que Sajevo sólo quería usarla de mano de obra barata, creadora de artefactos ingeniosos mientras que le daba la oportunidad de irse a Bernardo.
Con las esperanzas rotas, Lilivati tomó demasiado vino barato. En ese momento, deprimida y con los sentidos abotargados, llamó al único hombre que se interesaba en ella. Quien, inconvenientemente, vivía ya en el otro continente. Muy alterada le contó lo que le había pasado, la soledad que sentía en su trabajo… Él sólo le contestó lo que todos le decían: “No te preocupes tanto”. Enfurecida, arrancó sus cables de la interfaz, arruinando el aparato de video-llamadas.
Y así fue cómo se enfrascó en su nuevo programa.

Ahora ella observaba con melancolía la puesta de sol a través de las ventanas modificadas, estaban pintadas de un verde oscuro que impedía el paso de los rayos UV. El humo de su cigarrillo viciaba el ambiente, haciéndolo extrañamente más respirable. Esa parte del edificio estaba vacía, las paredes de azulejo negro y el piso en blanco y negro, así como las estatuas de mármol blanco le daban un aspecto surreal, como un gigantesco tablero de ajedrez.
-Es el maldito polvo- murmuró ella. No podía esperar el llegar a casa e introducirse en su nuevo programa. Ese lugar la hacía sentirse querida, escuchada, especial.
Oyó unos pesados pasos que se dirigían hacia ella, con el rabillo del ojo notó a Renzo acercarse. Un hombre joven, de facciones toscas y carácter amable la saludó.
-Hola, Lili-
-Hola, Renzo-
-¿Qué tienes?- preguntó él mientras se sentaba al lado de ella, encendiendo un cigarrillo también.
-Nada, estoy bien-
-Lydia me dijo que te habías golpeado la cabeza-
-Sí, no fue nada grave, una puerta automática descompuesta-
Renzo la examinó con cuidado.
-No había notado que tú y Lydia se parecen físicamente. Ambas son de cabello oscuro y piel clara-
-Yo soy más morena que ella, y tengo las facciones menos finas- Se observó las manos, llenas de callos debido al constante tecleo, las uñas perfectamente pintadas de colores pastel. –Lydia no se pinta las uñas. No se preocupa por las mismas cosas que yo- exclamó levantándose y mostrándole el vestido gris Oxford que llevaba, un moño rojo como corbatín y otro sosteniendo su cabello. Riendo le dijo que no por tener que ir todos de los mismos colores tendría que ser poco femenina.
Renzo, quien llevaba el chaleco gris, camisa blanca y un pantalón negro bastante simples, sonrió levemente. Lydia usaba un traje sastre color gris. Y David, iba exactamente igual que Renzo, pero David era más alto, rubio y sus ojos verdes resaltaban de la paleta monocromática.
-Bernardo a veces trae un chaleco azul marino- soltó Renzo, por fin nombrando al enemigo de Lili. No sólo era que él era el preferido de los supervisores sino que como programador estrella gozaba de privilegios Acceso a los datos guardados en archiveros especiales con contraseña que antes sólo Lilivati tenía. Pero sobretodo, por un extraño carisma que ella consideraba de oropel, del reconocimiento de todos los equipos de trabajo, unas 20 personas más. Bernardo se la vivía en las reuniones, platicando, charlando, quedando bien, prometiendo favores cuando por fin él estuviera en el continente.
-Les jura y perjura a los supervisores que sólo ese color le dura la semana, como el pobre no tiene gel detergente- dijo sarcásticamente Lilivati.
-No puedo creer cómo los supervisores le compran esas historias-
-Porque son verdad. Él no miente, sólo sabe decir las cosas, sólo sabe pedirlas. Por eso él se va a ir al continente y no yo- furiosa estrujó la colilla del cigarrillo entre sus dedos, aguantando el dolor de la quemadura.
-¡Lili!- Renzo parecía muy nervioso. Ya había conocido a Lilivati cuando sufría de sus accesos nerviosos, era capaz de lastimarse a sí misma y a los demás. -¿Cómo está Ulises?- dijo intentando cambiar de tema.
Ulises. El único hombre que le interesaba a Lili y quien, inconvenientemente, ya vivía en el otro continente. (-Si te pidiera amablemente que te quedaras, ¿lo harías?- le había preguntado ella a él, después de haberlo corrido anteriormente con  palabras sarcásticas e hirientes. -No, no lo haré- Fue lo último que él le dijo)
-Muy bien- volvió a mentir –Siempre bromeo con él, la verdad no platico mucho- eso también era falso, Lilivati mantenía una extraña relación con él. Una relación que al menos a ella le parecía romántica. Pero de la cual no quería que nadie de su trabajo se enterara. Ulises la conocía mejor que nadie cuando a ella le daban sus colapsos –Tengo que irme-
Renzo, preocupado le dijo que estaba bien.

Sin siquiera detenerse a comer, se introdujo en su nuevo Palacio. Como lo había programado para seguir evolucionando incluso cuando ella no estaba conectada, ahora había un cielo nublado sobre el paisaje. El Palacio brillaba de una preciosa forma. Parecía como si la Luna hubiera bajado al suelo.
A pesar de que la conversación con Renzo la había desanimado de nuevo, al recordarle todo, incluida su pelea con Ulises. Entrar a su palacio la hacía sentir de nuevo ese sosiego algodonoso y tranquilo. El ave revoloteaba feliz en su jaula. La luz del palacio se reflejaba en su plumaje metálico.  La falda de Lili ahora era más larga al igual que su cabello, parecía cada vez más una princesa. Concentrada comenzó a crear una figura antropomórfica, alta y delgada.
-Lo llamaré ‘el Coronel’- Ese nombre también pertenecía al cuento de la princesa Sábado, pero ya no recordaba de qué iba la historia. Estaba hecho de un material azul rey, sus movimientos eran como si estuviera debajo del agua. Sin embargo, el poder haberlo creado llenó de felicidad a Lilivati, con un ademán de manos, hizo que sonara una alegre melodía. Y se puso a bailar con su nuevo compañero.
 Mientras lo hacía, su corazón se llenó de regocijo, muchas flores comenzarón a brotar de las paredes, largas enredaderas que le daban un aire antiguo y cálido. El piso fue haciéndose de madera. El ave guardada, sin embargo, parecía sumirse en un estado de somnolencia.
-No necesito nada más- dijo Lilivati mientras abrazaba a su creación. –Podría no salir nunca de aquí- Cerró los ojos y se apretó a él.

Al igual que la vez anterior, despertó en su cuarto. Su cuerpo ahora estaba más aletargado pero no se movió para no caerse. Se durmió en esa posición. Despertando se fue a mirar en el espejo, sus ojos estaban rojos. Su cabello estaba suelo y era más largo de lo que recordaba. Antes de salir a trabajar le instaló su programa a su unidad móvil, vio que tenía 4 llamadas perdidas de Ulises. Desde la última pelea no había vuelto hablar con él. Eso hace 3 días ya. Borró las notificaciones para hacerle espacio al programa.
                El trayecto en la mañana era de una hora y media en su automóvil. Ese día había amanecido con mucha neblina pero el calor persistía. Sin embargo, no podía bajar la ventanilla, si no quería intoxicarse por el polvo. A esa hora, el sol era lo suficientemente ligero para poder mirarlo sin los lentes oscuros. Lilivati se sintió viva, en un grado mucho menor que cuando se cayó del escritorio pero aún así lo suficiente para sacarle una sonrisa. Las calles estaban llenas de autos color blanco, para reflejar los infames rayos. El asfalto de la misma manera casi blanco, decolorado por la radiación. Y muchos árboles artificiales que pretendían darle sombra a los infinitos carros que pasaban por debajo.
Al llegar, David, Lydia y Renzo la esperaban, todos con cara de consternación en su cubículo. Un pequeño espacio gris.
-Lili- comenzó su amiga  -No has presentado en dos días al trabajo-
-¿Qué? Si ayer vine, justo hablé con Renzo-
-No, eso fue el Lunes, hoy es Jueves- contestó él.
-Vaya- Lilivati no supo qué decir. Simplemente se quedó callada y los miró a todos.
-Ulises dice que no le has contestado las llamadas- inquirió Renzo, sacando un cigarrillo de su bolsillo.
-Yo nunca le he llamado.-
-No mientas-
Ella trató de escabullirse pero David la detuvo, le sacaba 30 centímetros de estatura. –Suéltame, David, no me gusta que me agarren así-
-Lili, ¿qué demonios está pasando?-
-Nada- le pidió un cigarrillo a Renzo. Se lo apagó en la mano a David, quien, con un alarido la soltó. Lilivati echó a correr, escuchando cómo la perseguían.
Entre el laberinto de cubículos los perdió, encontró uno vacío, cerró la cortina de plástico con seguro y conectó su unidad móvil a una toma de corriente. Comenzó a vibrar el aparato, Ulises la estaba llamando, ella rechazó la llamada e inició su programa. Sabía que era sumamente peligroso hacer eso porque si se le acababa la batería al móvil, su consciencia quedaría atrapada en el programa.
Pero ella era la Princesa Sábado y su única realidad era el Palacio de la Soledad. Mientras el programa comenzaba a terminar de instalarse, escuchó los agitados pasos de sus amigos. Se detuvieron y luego oyó la voz de Lydia.
-…Yo sabía que algo iba mal con ella pero nunca le insistí-
-No es tu culpa, amor- era la voz de David –Ella es muy inestable, siempre ha sido así, ¿recuerdas la vez de mi cumpleaños? Lloró durante horas consecutivas hasta quedarse dormida, al despertar dijo no recordar nada y sentirse llena de alegría y de vida. Desde entonces no ha mostrado ningún signo de debilidad, como si quejarse o decir que se siente mal estuviera prohibido-
-Tengo miedo, hace semanas me dijo que planeaba hacer una simulación de un cuento que había leído, algo de la Princesa de la Soledad o algo así. Que no iba a mostrarlo en la junta, que ella iba a ser la primera en probarlo. Le dije que era muy peligroso, que el programador no debe probar su programa primero porque puede volverse adicto a él…-
-¿De qué trataba el cuento?- preguntó Renzo
-De una muchacha que se aísla en un edificio que acababa de heredar de su madre. Ese edificio era su corazón y debía repararlo para salir de su depresión. Dentro, encontraba varias personas viviendo, que no eran más que sus recuerdos, sueños y traumas. Se encariñaba demasiado con ellas pero ellas no con ella, la incitaban a salir de ahí, a vivir.-
-¿Y ella se salía?- preguntaron Renzo y David al mismo tiempo
-Sí, pero mandando a derrumbar el edificio-
-Es decir, que se rompió el corazón ella misma- contestó Renzo
-Volviéndose de un carácter perpetuamente melancólico-
                Lilivati dejó de prestarles atención. Así de que eso iba el cuento. No importa, ya no importa más. Ulises, Renzo, Lydia y David, todos ellos resolvían sus problemas pero ella no podía. Simplemente no podía salir de ese círculo vicioso de depresión auto-impuesta. Ahora lo sabía, ella era víctima de sí misma. Sin importar que a Bernard le dieran mejores oportunidades. Ella podría irse por su propio pie, y elegía sin embargo, aislarse en una realidad virtual.
                Ulises se lo había dicho, ella disfrutaba encerrarse en su depresión. Ir hasta el fondo de su tristeza, no salir y auto-mutilarse mentalmente. Esperando una intervención divina que la salvara.
Lydia estaba llorando. El programa ya había terminado de cargar. Lilivati conectó sus cables al teléfono. Le llegó un mensaje, de Ulises. Seguro Renzo lo había informado de la situación.
“Si te pidiera amablemente que te quedaras en el mundo real, ¿lo harías?”
-No, no lo haré- contestó Lilivati antes de apretar el botón de inicio.

Comentarios

  1. Paseaba a mis anchas por la facultad el otro día y, dichosos sean los dioses, tuve la fortuna de vislumbar a Areli "Arenas" Figueroa. Esa misma semana me encontré en el metro a un chaka pintoresco que hincha para el América. Dos celebridades en una semana y mi paranoia narcisista sobre la posibilidad macabra de fatalidad detrás de ello.

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  2. Por qué tengo ese apodo? Si me pudieras decir...

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