Perder el encanto.
Cuenta una vieja historia que hace mucho tiempo, en un olvidado pueblo vivía un joven adivino. Él simplemente había aparecido una calurosa noche y fue pidiendo alojo en cada casa. Los aldeanos, quienes no confiaban en los forasteros, le habían negado cobijo. Sólo el sacerdote del templo que se erguía en los límites del pueblo accedió a hospedarlo.
Pasaron los años y él no volvió a ser visto en el pueblo. Sólo salía cada amanecer para ir al meditar al río que estaba dentro del bosque. Su indiferencia para con los aldeanos lo envolvió en un velo de misterio.
Los únicos que habían logrado entablar amistad con él, fueron el herrero y la humilde jardinera que trabajaban para el sacerdote del templo. Gracias a ellos, se supo que el joven tenía el don de la adivinación. Pero no sólo eso, también podía dar consejos para cambiarlo a uno más favorable.
Esto se vio respaldado por el hecho de que tanto el herrero como la jardinera salieron de su austera posición. La segunda casándose con un próspero y gran señor, y el segundo, haciéndose su maestro de armas. Los dos abandonaron el pueblo sin pensárselo dos veces ni agradecerle al adivino, dejándolo nuevamente en la soledad.
Decepcionado por la conducta de las únicas personas en las que había confiado, juró no volver a leerle la fortuna a nadie a menos que jurara nunca abandonarlo. Las aldeanas solían visitar el templo, ofreciendo promesas de amor eterno a cambio del conocimiento del adivino. Sabiendo que su cariño sólo venía de la codicia, él se aisló en su templo.
El rumor se esparció por varios pueblos, e igual de repentinamente como el mismo adivino había llegado, una joven mensajera apareció un día.
La mensajera provenía del pueblo natal del adivino. Tras intercambiar algunas miradas, el adivino reconoció a una amiga de su infancia. Al parecer, la muchacha tenía una carta de la familia del adivino. Desesperado por su soledad y sabiendo que en cuanto leyera la carta, la muchacha se iría, él ponía excusas para no leerla.
Sin embargo, la joven mensajera precipitadamente le confesó el cariño que le tenía. Tan impulsiva fue su declaración que sólo logró asustar al adivino, quien fríamente la rechazó.
La mensajera, no queriendo decepcionarlo, lo visitó diario durante dos estaciones lunares y le contaba historias de su pueblo natal. Poco a poco, fue recuperando la confianza no sólo en los demás sino en sí mismo.
Grande fue la sorpresa de la joven cuando poco a poco se dio cuenta de que el adivino no era tan frío como decían que era. Detrás de la fachada de indiferencia se escondía un corazón noble pero sobretodo frágil. El adivino había pasado demasiado tiempo solo, lo que amargó su corazón. Sus emociones eran intensas y espontáneas, el aislamiento lo había hecho vulnerable también.
De alguna manera, la joven mensajera sintió que se había perdido el encanto. El adivino no era inaccesible porque guardara un gran don sino porque estaba asustado.
Por otra parte, el adivino se sentía cada vez más a gusto con la mensajera. Abrió su corazón y le mostró su parte más vulnerable, pensando que así ella se quedaría con él. Creyó que el desinterés que ella mostraba por su futuro era una muestra de emociones sinceras.
Así, una noche por fin le confesó sus sentimientos a la mensajera. Ella lo rechazó. Frágil como era, el joven adivino se recluyó definitivamente en su templo y salía solamente para meditar. La muchacha regresó a su pueblo natal sin decir nunca qué decía el mensaje que la había llevado ahí desde un principio.
El adivino jamás leyó la carta que decía que por más que intentara, no podría leerle la fortuna ni as sí mismo ni a la muchacha mensajera.
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