La princesa Sábado -Líquidos
Entré a su departamente, todo olía a alcohol y a huedad, el tabaco quemado giraba como si durmiera mecido por el aire. Las botellas vacías refulgían en colores pardos, mis manos temblaron, un sonido de vidrios que chocan llamó mi atención.
Al voltear, el frú-frú de mi cabello contra la tela sonó casi estruendoso, alguien me tomó del antebrazo.
Los ojos ámbar del Coronel me miraron, estaban enrojecidos por la embriaguez.
-¿Qué haces aquí y cómo entraste?- preguntó´desconcertado.
-La puerta estaba abierta. Quería saber cómo estabas-
-¿Te preocupas por mí?- su alilento alcohólico me hizo retroceder pero él, instintivamente, jaló mi antebrazo hacia él.
-Un poco, sí...- exclamé dejando la frase en el aire, acompañando al humo del cigarro. Él me soltó.
-Extraño cambio de parecer, justo ayer dijiste que no querías volver a verme- replicó llenando el vaso de un líquido pardo-rojizo
-Te est... Te quiero y no querría que te pasara algo-
-Soy un niño grande, puedo ir al baño y toda la cosa- exclamó para después tomarse de un trago el contenido de su vaso, luego con la misma intensidad, le dio una calada a uno de los tantos cigarrillos que esperaba en el cenicero del escritorio.
-Puedes dejar de hacerte el rudo conmigo- dije molesta. Había docenas de papeles en el viejo mueble, incluso había algunos en el suelo. El bote de basura vomitaba bolitas de papel pintarrajeadas, su vasta biblioteca estaba desordenada.
-My dear, no me hago el rudo. Es sólo que dejé de consentirte-
-Sólo quería platicar contigo, maldición-
Se dio la vuelta y con un gesto tan vago que apenas entendí, me ofreció asiento en su roído sofá marrón. En él, dormían los dos gatos: Rusha y Colt. Me senté lentamente para no despertarlos. Al hacerlo, sólo uno de ellos movió la oreja, como intentando escuchar mejor la conversación.
-Te equivocaste de entidad, yo no paso el test de Turing-
-¿Sabes qué he notado?- pregunté retóricamente -Que cada vez que te haces el listillo es porque estás sumamente desesperado por encontrar a alguien que te quiera escuchar-
-Salud por eso- dijo mientras levantaba su vaso, al hacerlo, la luz del sol que se colaba por las persianas, resplandeció a través del oscuro líquido hasta llegar a su irir derecho. Me sentí como un insecto atrapado en el ámbar de sus ojos.
Se sentó al borde de su destendida cama. Sus sábanas tenían pequeños agujeros, seguramente ahí apagaba sus cigarrillos después de sus encuentros...
-Tú eres la que se hace la ruda- espetó, interrumpiendo mis pensamientos.
Me quedé callada. Me había agarrado desprevenida.
-Es que me cuesta tanto trabajo creer que puedas convertir esa piel tan suave en frío marfil-
Se levantó de su asiento y tambaleándose un poco se acercó a mí, se hincó enfrente y (sin soltar su bebida con la otra mano) pasó su áspera mano por mi mejilla. Yo no hice nada pero sabía más o menos hacia dónde se dirigía todo esto. A estas alturas yo ya había recordado porqué me llamaba 'Princesa Sábado'... Mi recámara era demasiado fría y aquí era demasiado acogedor.
-Bueno, no me gusta que me vean intoxicarme en mi casa. Lo siento como un momento personal- dijo después de un rato de mirarme a los ojos. Impaciente caminó hacia la puerta y la abrió.
Resoplé.
El edificio quería volverme loca. Fui a mi departamente para tratar de ordenar mis pensamientos. Creía vislumbrar un poco mejor las actitudes y el comportamiento del Coronel. Estaba cuidado demasiado su espacio persoal, él sabía que yo no era de fiar, al menos, no tenía la fuerza suficiente como para tratar de salvarlo. Ni la desesperación para seguirlo en su espiral autodestructiva.
Yo le exigía algo que no era capaz de darme y él estaba consciente de que yo tampoco estaba en una mejor posición que él. Pero al menos, él no esperaba nada de mí. Por eso él podía ser paciente, en cambio yo, al tener la necesidad infundada tanto por el Palacio como por mi depresión, presionaba las cosas cuando solamente debía esperar.
Sus manías, sus delirios y sus vicios no hacían más que incremetnar mi impaciencia de la misma manera que los alambicados adornos de una iglesia barroca no hacen mas que aumentar su belleza.
O tal vez simplemente yo estaba demasiado viciada por la soledad.
Si yo fuera a la azotea a buscar al señor Viernes no sabría qué decirlo. Para vairar, yo sólo iría con quejas y angustias. En estos momentos lo que mi corazón deseaba era hablar con el Coronel.
Tal vez lo mejor sería ya no buscarle. Esto me aterraba demasiado, me hacía sentir demasiado vulnerable y yo detesto esa sensación de fragilidad.
Tal vez él sentía lo mismo. 'Acércate más y alterarás mi artificial equilibrio'. 'Aléjate y tendré el control'
-Yo tampoco tengo ganas de salir- musité -¿Crees que tus manías son compatibles con las mías?
Hacía tanto frío que decidí tomar un baño en la tina. La llené hasta el borde, el agua caliente llenaba de vapor el cuarto. Los aceites que introduje picaron mi nariz por su olor. Me sumergí, el cabello ya no me pesaba, la mente ya no me pesaba. Lo más probable es que el Coronel sintiera atracción tanto física como intelectual por mí. ¡Yo tan alterada! Esperaría unos días, vería la evolución de este idilio hasta sus últimas consecuencias. Todavía no me quitaba el sueño ni el hambre su recuerdo... Pero sí el aliento. Desgranaba los minutos pensando en lo últomo que le había dicho.
Yo era consciente de lo irracional de mi conducta. ¿Qué había hecho que yo pasara de ser totalmente indiferente con él a este repentino (e intenso) enamoramiento?
La Soledad.
Había sido tan confortable su abrazo, tan viva esa sensación del beso, de nuevo la sangre se agolpaba en mis mejillas, las entrañas se me revolvían... De la profunda anestesia pasé a una sobre-estimulación. De nuevo, había sido capturada por la llama de una vela, de nuevo sería ignorada y rechazada. Otra vez volvería a venderme, no... A regalarme por un poco de deferencia.
El aburrimiento y el hastío me empujaban de nueva cuenta a la auto-mutilación. No podía esperar cariño sincero si mi propio corazón no era capaz de albergarlo.
De pronto, el agua de la tina me pareció tentadoramente tibia. Ya no quería salir a respirar y enfriarme el pecho. Cerré los ojos y expulsé el aire de mis pulmones, unas burbujas estallaron en la superficie. El agua opacó mi desmayo, perdí la consciencia dulcemente, como cuando muere un niño en la cuna. Ni siquiera pataleó mi cuerpo, se había rendido de antemano.
Desperté en mi cama. Alguien me había puesto un camisón color verde pistache, una pijama que acababa de lavar. Hacía mucho frío y las cobijas me tapaban hasta el pecho. Traté de levantarme pero en ese momento alguien entró a mi cuarto. Era la señora Viernes.
-¿Qué pasó?- pregunté desconcertada
-Te desmayaste en la tina. Vivimos directamente abajo de ti, empezó a gotear el techo...-
-Y subieron a investigar- terminé la frase
-Él subió a investigar- continuó como si nunca la hubiera interrumpido. Su mirada hostil se clavó en mis ojos.
Me sonrojé. Significa que él me había visto desnuda.
-Él bajó a avisarme, subí, te sacamos, cerramos la llave. Yo te vestí. En estos momentos él está secando el piso del baño. Al parecer te pegaste en la cabeza- su voz sonaba muy molesta.
Eso explicaba el punzante dolor que sentía. Me llevé una mano al sitio del dolor. Estaba caliente y pegajoso, había sangrado. Giré la cabeza lentamente, la funda de mi almohada tenía una mancha roja.
-¿Qué demonios planeabas hacer?- me espetó la señora Viernes
-Nada, sólo tomar un baño para relajarme, ¿causé mucho daño en tu casa?-
-No, sólo un pequeño charco en la entrada. Pero él se preocupó mucho por ti. Me dijo que hacía varios días que no te veía-
-Vaya-
-Sí- exclamó hastiada para luego salir-
Entró el señor Viernes, estaba pálido y tenía la boca seca. Las puntas de su pantalón estaban mojadas y las mangas de su camisa, arremangadas.
-¿Estás bien?- preguntó acercándose a la cama
Negué levemente, la cabeza me punzó al hacer eso.
-Llamé a un médico. Lo único que hicimos fue lavarte la herida con alcohol.
Me quedé en silencio.
-¿Qué demonios pasó?- preguntó desesperado, se sentó en el pequeño sillón verde menta que tenía en la habitación.
-Me desmayé-
Ahora fue su turno de quedarse callado. Luego se levantó, se sentó al borde de la cama y pregunto mirándome a los ojos:
-¿No lo habrás hecho por el Coronel?-
Sentí un golpe de sangre en el rostro, mareándome.
-¡Claro que no!- grité agudamente
Él movió la cabeza en un tono desaprobatorio.
-Por el amor de... ¡Me preocupas! Sé que a veces no puedo platicar mucho ni muy seguido contigo pero soy tu amigo. Te aprecio muchísimo, eres una amiga muy preciada para mí-
Abrí la boca para replicar pero me retracté.
Estuvimos media hora en silencio. La señora viernes había bajado a su apartamente en cuanto vio que yo estaba consciente. El señor Viernes se quedó en mi habitación, sentado en el sillón menta, leyendo un libro. Me ordenó dormir un poco.
Me hicieron dos puntadas y me recetó un analgésico. El señor Viernes se encargó de anotarlo todo en su desgastada libreta que siempre llevaba a todas partes.
Por el agua, había regresado el olor a humedad del departamento. Gruñí al notarlo.
El médico se levantó, me miró preocupado y luego con señas, le indicó a Viernes que hablara con él en privado.
Seguramente él pensaba que yo era una suicida en potencia, una débil mental a la que había que cuidar. Yo discrepaba en todo: un suicida no es débil ni fuerte, sólo está desesperado.
Mientras que yo era frágil, estúpidamente frágil.
Viernes estuvo cuidándome un rato, leyendo un libro en mi escritorio con la silla verde mientras yo me tomaba un té chai con leche -la especialidad del señor Viernes.
Al anochecer, él se fue, echándome una última mirada inquisitiva. Minutos después tocaron la puerta.
Me levanté con cuidado y al pasar por el baño noté con extrañeza que los jabones, las botellas de champú y demás, estaban ordenados de manera distinta a la que yo solía tenerlos. El tapete antiderrapante no estaba y la cortina estaba doblada sobre la taza del baño -¿Qué demonios había pasado?
Volvieron a tocar la puerta. Ahora con más insistencia. La abrí.
Era el Coronel.
Al voltear, el frú-frú de mi cabello contra la tela sonó casi estruendoso, alguien me tomó del antebrazo.
Los ojos ámbar del Coronel me miraron, estaban enrojecidos por la embriaguez.
-¿Qué haces aquí y cómo entraste?- preguntó´desconcertado.
-La puerta estaba abierta. Quería saber cómo estabas-
-¿Te preocupas por mí?- su alilento alcohólico me hizo retroceder pero él, instintivamente, jaló mi antebrazo hacia él.
-Un poco, sí...- exclamé dejando la frase en el aire, acompañando al humo del cigarro. Él me soltó.
-Extraño cambio de parecer, justo ayer dijiste que no querías volver a verme- replicó llenando el vaso de un líquido pardo-rojizo
-Te est... Te quiero y no querría que te pasara algo-
-Soy un niño grande, puedo ir al baño y toda la cosa- exclamó para después tomarse de un trago el contenido de su vaso, luego con la misma intensidad, le dio una calada a uno de los tantos cigarrillos que esperaba en el cenicero del escritorio.
-Puedes dejar de hacerte el rudo conmigo- dije molesta. Había docenas de papeles en el viejo mueble, incluso había algunos en el suelo. El bote de basura vomitaba bolitas de papel pintarrajeadas, su vasta biblioteca estaba desordenada.
-My dear, no me hago el rudo. Es sólo que dejé de consentirte-
-Sólo quería platicar contigo, maldición-
Se dio la vuelta y con un gesto tan vago que apenas entendí, me ofreció asiento en su roído sofá marrón. En él, dormían los dos gatos: Rusha y Colt. Me senté lentamente para no despertarlos. Al hacerlo, sólo uno de ellos movió la oreja, como intentando escuchar mejor la conversación.
-Te equivocaste de entidad, yo no paso el test de Turing-
-¿Sabes qué he notado?- pregunté retóricamente -Que cada vez que te haces el listillo es porque estás sumamente desesperado por encontrar a alguien que te quiera escuchar-
-Salud por eso- dijo mientras levantaba su vaso, al hacerlo, la luz del sol que se colaba por las persianas, resplandeció a través del oscuro líquido hasta llegar a su irir derecho. Me sentí como un insecto atrapado en el ámbar de sus ojos.
Se sentó al borde de su destendida cama. Sus sábanas tenían pequeños agujeros, seguramente ahí apagaba sus cigarrillos después de sus encuentros...
-Tú eres la que se hace la ruda- espetó, interrumpiendo mis pensamientos.
Me quedé callada. Me había agarrado desprevenida.
-Es que me cuesta tanto trabajo creer que puedas convertir esa piel tan suave en frío marfil-
Se levantó de su asiento y tambaleándose un poco se acercó a mí, se hincó enfrente y (sin soltar su bebida con la otra mano) pasó su áspera mano por mi mejilla. Yo no hice nada pero sabía más o menos hacia dónde se dirigía todo esto. A estas alturas yo ya había recordado porqué me llamaba 'Princesa Sábado'... Mi recámara era demasiado fría y aquí era demasiado acogedor.
-Bueno, no me gusta que me vean intoxicarme en mi casa. Lo siento como un momento personal- dijo después de un rato de mirarme a los ojos. Impaciente caminó hacia la puerta y la abrió.
Resoplé.
El edificio quería volverme loca. Fui a mi departamente para tratar de ordenar mis pensamientos. Creía vislumbrar un poco mejor las actitudes y el comportamiento del Coronel. Estaba cuidado demasiado su espacio persoal, él sabía que yo no era de fiar, al menos, no tenía la fuerza suficiente como para tratar de salvarlo. Ni la desesperación para seguirlo en su espiral autodestructiva.
Yo le exigía algo que no era capaz de darme y él estaba consciente de que yo tampoco estaba en una mejor posición que él. Pero al menos, él no esperaba nada de mí. Por eso él podía ser paciente, en cambio yo, al tener la necesidad infundada tanto por el Palacio como por mi depresión, presionaba las cosas cuando solamente debía esperar.
Sus manías, sus delirios y sus vicios no hacían más que incremetnar mi impaciencia de la misma manera que los alambicados adornos de una iglesia barroca no hacen mas que aumentar su belleza.
O tal vez simplemente yo estaba demasiado viciada por la soledad.
Si yo fuera a la azotea a buscar al señor Viernes no sabría qué decirlo. Para vairar, yo sólo iría con quejas y angustias. En estos momentos lo que mi corazón deseaba era hablar con el Coronel.
Tal vez lo mejor sería ya no buscarle. Esto me aterraba demasiado, me hacía sentir demasiado vulnerable y yo detesto esa sensación de fragilidad.
Tal vez él sentía lo mismo. 'Acércate más y alterarás mi artificial equilibrio'. 'Aléjate y tendré el control'
-Yo tampoco tengo ganas de salir- musité -¿Crees que tus manías son compatibles con las mías?
Hacía tanto frío que decidí tomar un baño en la tina. La llené hasta el borde, el agua caliente llenaba de vapor el cuarto. Los aceites que introduje picaron mi nariz por su olor. Me sumergí, el cabello ya no me pesaba, la mente ya no me pesaba. Lo más probable es que el Coronel sintiera atracción tanto física como intelectual por mí. ¡Yo tan alterada! Esperaría unos días, vería la evolución de este idilio hasta sus últimas consecuencias. Todavía no me quitaba el sueño ni el hambre su recuerdo... Pero sí el aliento. Desgranaba los minutos pensando en lo últomo que le había dicho.
Yo era consciente de lo irracional de mi conducta. ¿Qué había hecho que yo pasara de ser totalmente indiferente con él a este repentino (e intenso) enamoramiento?
La Soledad.
Había sido tan confortable su abrazo, tan viva esa sensación del beso, de nuevo la sangre se agolpaba en mis mejillas, las entrañas se me revolvían... De la profunda anestesia pasé a una sobre-estimulación. De nuevo, había sido capturada por la llama de una vela, de nuevo sería ignorada y rechazada. Otra vez volvería a venderme, no... A regalarme por un poco de deferencia.
El aburrimiento y el hastío me empujaban de nueva cuenta a la auto-mutilación. No podía esperar cariño sincero si mi propio corazón no era capaz de albergarlo.
De pronto, el agua de la tina me pareció tentadoramente tibia. Ya no quería salir a respirar y enfriarme el pecho. Cerré los ojos y expulsé el aire de mis pulmones, unas burbujas estallaron en la superficie. El agua opacó mi desmayo, perdí la consciencia dulcemente, como cuando muere un niño en la cuna. Ni siquiera pataleó mi cuerpo, se había rendido de antemano.
Desperté en mi cama. Alguien me había puesto un camisón color verde pistache, una pijama que acababa de lavar. Hacía mucho frío y las cobijas me tapaban hasta el pecho. Traté de levantarme pero en ese momento alguien entró a mi cuarto. Era la señora Viernes.
-¿Qué pasó?- pregunté desconcertada
-Te desmayaste en la tina. Vivimos directamente abajo de ti, empezó a gotear el techo...-
-Y subieron a investigar- terminé la frase
-Él subió a investigar- continuó como si nunca la hubiera interrumpido. Su mirada hostil se clavó en mis ojos.
Me sonrojé. Significa que él me había visto desnuda.
-Él bajó a avisarme, subí, te sacamos, cerramos la llave. Yo te vestí. En estos momentos él está secando el piso del baño. Al parecer te pegaste en la cabeza- su voz sonaba muy molesta.
Eso explicaba el punzante dolor que sentía. Me llevé una mano al sitio del dolor. Estaba caliente y pegajoso, había sangrado. Giré la cabeza lentamente, la funda de mi almohada tenía una mancha roja.
-¿Qué demonios planeabas hacer?- me espetó la señora Viernes
-Nada, sólo tomar un baño para relajarme, ¿causé mucho daño en tu casa?-
-No, sólo un pequeño charco en la entrada. Pero él se preocupó mucho por ti. Me dijo que hacía varios días que no te veía-
-Vaya-
-Sí- exclamó hastiada para luego salir-
Entró el señor Viernes, estaba pálido y tenía la boca seca. Las puntas de su pantalón estaban mojadas y las mangas de su camisa, arremangadas.
-¿Estás bien?- preguntó acercándose a la cama
Negué levemente, la cabeza me punzó al hacer eso.
-Llamé a un médico. Lo único que hicimos fue lavarte la herida con alcohol.
Me quedé en silencio.
-¿Qué demonios pasó?- preguntó desesperado, se sentó en el pequeño sillón verde menta que tenía en la habitación.
-Me desmayé-
Ahora fue su turno de quedarse callado. Luego se levantó, se sentó al borde de la cama y pregunto mirándome a los ojos:
-¿No lo habrás hecho por el Coronel?-
Sentí un golpe de sangre en el rostro, mareándome.
-¡Claro que no!- grité agudamente
Él movió la cabeza en un tono desaprobatorio.
-Por el amor de... ¡Me preocupas! Sé que a veces no puedo platicar mucho ni muy seguido contigo pero soy tu amigo. Te aprecio muchísimo, eres una amiga muy preciada para mí-
Abrí la boca para replicar pero me retracté.
Estuvimos media hora en silencio. La señora viernes había bajado a su apartamente en cuanto vio que yo estaba consciente. El señor Viernes se quedó en mi habitación, sentado en el sillón menta, leyendo un libro. Me ordenó dormir un poco.
Me hicieron dos puntadas y me recetó un analgésico. El señor Viernes se encargó de anotarlo todo en su desgastada libreta que siempre llevaba a todas partes.
Por el agua, había regresado el olor a humedad del departamento. Gruñí al notarlo.
El médico se levantó, me miró preocupado y luego con señas, le indicó a Viernes que hablara con él en privado.
Seguramente él pensaba que yo era una suicida en potencia, una débil mental a la que había que cuidar. Yo discrepaba en todo: un suicida no es débil ni fuerte, sólo está desesperado.
Mientras que yo era frágil, estúpidamente frágil.
Viernes estuvo cuidándome un rato, leyendo un libro en mi escritorio con la silla verde mientras yo me tomaba un té chai con leche -la especialidad del señor Viernes.
Al anochecer, él se fue, echándome una última mirada inquisitiva. Minutos después tocaron la puerta.
Me levanté con cuidado y al pasar por el baño noté con extrañeza que los jabones, las botellas de champú y demás, estaban ordenados de manera distinta a la que yo solía tenerlos. El tapete antiderrapante no estaba y la cortina estaba doblada sobre la taza del baño -¿Qué demonios había pasado?
Volvieron a tocar la puerta. Ahora con más insistencia. La abrí.
Era el Coronel.
Comentarios
Publicar un comentario