La palmera
La noche estaba bastante tranquila, el calor seguía latente pero adormilado por la brisa de la medianoche. La misma palmera de siempre mecía sus largas hojas. Laire, sentada en el suelo sólo aportaba el azulado humo que exhalaba después de calar el cigarro que tenía en la mano. Incluso a esa hora, llevaba recogido el cabello y el cuello le sudaba un poco. Ella no miraba a ningún lugar en particular, tal vez sólo se concentraba en el vaivén de las ramas del árbol de enfrente, del tropical vecino.
A pesar de que ella era la extrovertida de los dos, a veces caía en silencio y se dedicaba simplemente a observar. Él agradecía esos momentos de paz pues los de actividad parecían sobrecargados, como si estuviera en un overdrive que si bien al principio era emocionante, a él lo cansaban demasiado. Ahora, frente a la palmera, él podía pensar calladamente sobre todo lo que le había dicho ella en el día. Sus ojos ya no lo inspeccionaban tratando de pescar algún indicio de cualquier cosa. En las primeras conversaciones que habían tenido, él se había percatado de esa inquisitiva mente que con ojos de lechuza analizaba las palabras, sus posibilidades y el mejor escenario para actuar.
En cambio, él para ella era como una laguna tranquila. Todas las palabras o acciones que ella tenía para con él eran como cuando uno lanza piedras al agua esperando que reboten en la superficie. Ella siempre se sorprendía de cómo ninguna de ellas causaba mayor alboroto en la superficie. A pesar de que se ufanaba de su capacidad de análisis, poco había descifrado del misterio que el constante silencio de él engendraba. Tenía miedo de inquietar la calma, de destruir con inyecciones de adrenalina el ecuánime semblante que él siempre tenía y se estresaba al no recibir respuesta alguna.
Ella agradecía esos momentos de silencio tanto como él porque para nada eran tranquilos. Eran momentos de una felicidad cuya faz ya había olvidado hace tiempo, una felicidad de cafeína antes de dormir. Aquella cuya presencia no hace más que insertar una sensación de calidez en el pecho y una sonrisa cuya luz es suficiente para que parezca mediodía en un día de primavera.
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