Los miércoles siempre hay embotellamiento

Sonó como si tocaran delicadamente el cristal de la ventana. Las palomas volaban hacia su dormitorio, al igual que las personas que llenaban la glorieta con sus incesantes pitidos, en eso se parecían la gente y las parvadas de palomas, siempre haciendo ruido, siempre volando en círculos y con un horario predecible. El humo del cigarro daba vueltas alrededor de su cabeza, empapando el cabello de un olor desagradable pero necesario. Ligera caía la lluvia, volviendo más caótico el delicado sistema de oficinistas, estudiantes y paseantes que pasaban por ahí. Desde el último piso sonrió, recordando lo mucho que le había costado llegar hasta ahí y cómo el abismo se presentaba bajo la misma forma.

Sonrió con tristeza, por una parte era una buena noticia porque significaba una pelea que ya había tenido (y perdido) pero por otra le recordaba su fracaso. Como el nivel en esos videojuegos que no puedes pasar y que te observa impávido desde la última vez que guardaste el juego. Pero estaba decidido, no caería de nuevo en las mismas trampas porque después de todo, su vida entera había sido un entrenamiento para ese momento. 
La glorieta tenía tres carriles. La mayoría de los carros se quedaban en el tercero, más cercano a la banqueta, pensando que así ahorrarían tiempo cuando llegaran a su salida. Pero viéndolo desde arriba, se podría dar cuenta de que en realidad, sólo estorbaban el paso y que el carril centarl iba más rápido, sólo tendrías que esperar a que te dieran el paso, pasándote primero al segundo carril y finalmente saliendo en tu llamado. Nadie parecía tener esa lógica clara. 

Verías sus oscuros ojos, como ahora ves la glorieta, te sumergirías en ella con el mismo ímpetu con el que ahora ves los carros. Harías lo mismo que hacen quienes se atiborran en el último carril, esperando con ansiedad tu salida pero siempre en el lugar equivocado. 

O tal vez los cerrarías de una vez por todas, dándote cuenta del tiempo desperdiciado esperando una salida que no sabes cuándo llegaría, te irías al carril central y escucharías tu música tranquilamente, te detendrías a observar el jardín del centro, dándote cuenta de que ya habías llegado a tu destino después de todo. 

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