El síndrome de Ekbom


Parece tan oportuno, escapar;
parece tan imposible, irse sin más.
Vetusta Morla, "La Grieta"

Existen muchas cosas en este miserable mundo. Cosas que lo hacen pesado y tóxico como el plomo, rezago del uranio, agente del cambio. Cosas que también lo hacen trágico, que hacen que tiemble ante el más leve suspiro de alguno de sus habitantes. Una de ellas es el dolor de verte y no poder acariciar tus manos como antes, que desde el abismo en el que me anidé estiraba mis dedos como enredaderas para tocar las frías falanges que tamborileaban sobre el escritorio. Nunca te había mencionado, o no lo recuerdo, cuán fascinantes me parecían tus manos, con yemas amarillentas, manchadas por el tabaco del cigarro, con las uñas mordidas, víctimas de tu ansiedad.
Siempre te recomendé, creo, que leyeras Circe de Julio Cortázar. Esa recomendación no tenía nada de profundo más que hacerte ver la maestría del autor con las descripciones de los dulces. Quería que saborearas los bombones de licor, que te embriagaras con el azúcar y la miel mentolada como yo lo hice. Creo que siempre quise mostrarte las cosas que más me apasionaban en un intento de enseñarte cómo vivo a diario. Hay pocas analogías que podrían lograr el brillo de tus ojos, pero los licores de ese cuento son el símil perfecto: enfermizos, hipnotizantes, crueles y dulces: una sola gota, a punto de soltarse de la boca de la botella, lanzándose al abismo de la mezcla con certeza kamikaze. Ése es el reflejo más fiel que podría encontrar de los pedazos de alma que me dejaste conocer.
Mientras tú me miras, salen marabuntas de tus ojos, como los insectos del cuento y al igual que en el mismo, ya es demasiado tarde como para echarse atrás. El color miel de tus ojos, es de las mieles de eucalipto que paralizan a quienes la beban. Inmovilizada siento cómo marchan desde mis pies hasta el cuello, al son del tambor que marcan tus dedos. Con palabras ambiguas, puesto que a veces no creo que sean reales, te pido que te detengas. Es imposible que sepas lo que estás provocando. Me preguntas que sea más clara. Me callo. No puedo serlo, después de todo, ¿quién creería lo que está pasando?
Desde que te conocí, sentí el flechazo (o la mordida) que asocian al amor a primera vista. Incluso detrás del vidrio ahumado de formalidad que siempre colocas entre tú y el mundo. Soy una persona débil con la única cualidad de ser testaruda. La gente dice que soy demasiado sensible, incluso soy alérgica al sol y aún así me entrego totalmente, como si fuera inmortal, invulnerable. Se me olvidan demasiado rápido las lecciones que supuestamente aprendo de mis errores. Tal vez en la metáfora, yo sea la gota que inconsciente se tira al vacío... Tal vez, tú seas ese vacío. ¿De dónde salen los insectos, entonces?
Mi mente, como un algodón mojado, podría ser el culpable. Hay un tipo de alucinación que te hace creer que millones de insectos te comen la piel. Pero este no es el caso porque sé que tú eres Circe. Mi orgullo me impide sucumbir y peleo incesamente contra los bichos, contra ti. Contra la esencia de jazmín que llevas a todas partes, intoxicas el aire y tratas de purificarlo con humo de cigarro. Es bueno que nunca hayas preguntado sobre mí. La gente dice que yo soy una pesadilla. Al menos la que se interesa lo suficiente para acercase, de lejos parezco una buena persona. Lo soy, lo juro, pero hay que alimentar al caos que repta dentro de mí. Dicen que es entretenido verme, que soy divertida, pero creo que como un caleidoscopio, les divierte ver mis pedazos rotos girando sin control. La gente no se enamora de mí, simplemente se aficiona. ¿Los insectos? Perdí mi tren de pensamiento, ellos se lo llevan a otra parte.
Lamento abandonarte, Circe. Lamento dejarte a solas en esa isla tuya. Aislada de todo contacto humano, ajena a su patético barullo. Yo pertenezco a él, a las grises y mediocres masas, a sus vidas cotidianas, al ajetreo de sus rutinas. ¿Serán los insectos los remanentes de tus anteriores víctimas?



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