la cortadura de dedekind

Alerta de Contenido: Mención de crisis de pánico, heridas, sangre y muerte.

Los cortes de Dedekind es un método de construcción de los números reales a partir de los racionales. Es decir, a partir de números racionales se construyen los irracionales...


Al principio no me había fijado en mi herida. Fue hasta que traté de limpiar la suciedad del espejo que me había estado angustiando, que manché de sangre mi reflejo. En realidad fueron dos heridas, paralelas al pliegue de la falange de mi anular izquierdo. Perfecto, ahora el espejo realmente estaba sucio. Se me hacía tarde. Debía elegir entre limpiar el espejo o limpiarme la herida. Muy a mi pesar elegí la segunda. Saqué el botiquín del cajón de mi escritorio y me pasé un algodón con alcohol, elegí una bandita adhesiva azul, agarré mis cosas y me fui.

Es curioso, en el momento en el que hice contacto visual con la herida comenzó a dolerme. Traté de concentrarme en la calle y en sus ruidos pero en mi mente seguía la mancha de sangre, ligera y discontinua como una nube cirrus. Seguramente ya no era roja sino marrón, ese color horrible de sangre seca, añadiéndole un defecto más al cuarto sin limpiar. El espejo sucio. Anoche había llegado tarde al departamento. Me había regresado de una fiesta sin lograr entablar una buena conversación. Algo me lo había impedido, como si me hubiera mordido la lengua y una úlcera me impidiera articular bien las palabras. Sólo me la pasé sonriendo como idiota.
El camino al metro fue rápido cuando esos pensamientos ocupaban mi mente. Pasé enfrente de un ventanal y me miré de reojo. Qué ropa tan estúpida, pareciera como si me hubiese esforzado demasiado en verme cool. Esta ropa hubiera estado mejor anoche, no hoy y la ropa de anoche, hoy.
"A nadie le importa" pensé "El problema nunca ha sido tu ropa, el problema eres.."
-¡Ay!- alguien gritó. Era la taquillera del metro. Cuando intenté pagar mi boleto había entregado una moneda manchada de sangre. Ella me miró con asco. Cambié la moneda y recogí mi boleto sin volverla a ver.
La bandita chorreaba sangre. Me senté en un asiento lejos de la gente y de mi mochila saqué mi botiquín portátil. Debí de haber contado mal en la mañana porque ahora eran tres heridas paralelas equidistantes entre sí. Me puse una bandita nueva, esta vez color rojo. "Maldición, esto no combina para nada con mi ropa"
Ahora llamaba más la atención mi dedo pero de mala manera.

-Pensé que le conocías, te está mirando con mucha familiaridad. Creo que le gustaste, ¿por qué no le hablas?- me decía mi amiga sonriendo. Pero, ¿qué le diría? Sus amistades a veces intentaban hacerme la plática pero yo respondía con una sonrisa o alguna frase muy vaga.

-¿Quieres más cerveza?- 
-No, quiero un cigarro- respondí
-Ese tipo está fumando, seguramente te regala uno-
-No sé si pueda ir a hablarle-
-Claro que sí-  y me empujaron al medio de la pista, donde no había nadie... ¿Por qué habría de regalármelo? Me había vestido muy infantil, tanto que parecía fuera de lugar. "Podrías pensar que estás así de manera irónica y serías la persona más cool del lugar" Pero a nadie cool le importa lo que opinen los demás y yo estaba ahí, a medio paralizar en una pista. Obviamente nadie me estaba viendo, ¿por qué lo harían?

Un empujón me sacó de mi ensimismamiento. Era una persona de intendencia.

-Aquí se acaba la línea, tienes que bajar en esta estación-
Sentía que la cara se me caía de vergüenza. Me levanté y me salí del vagón con las manos en los bolsillos, era un tic que tenía cuando me sentía así.
-¡Oye!- escuché que me gritaba pero me seguí derecho.
No había avanzado ni cuatro metros cuando sentí algo caliente en el muslo.  Más sangre. Entré a un baño público en la estación.
No era posible.
Había contado bien.

Ahora tenía cuatro cortadas, equidistantes y paralelas. Sentí una oscuridad fría adueñándose de mi médula. No, no era el momento para una crisis de pánico. No otra vez en menos de 24 horas. Me lavé la herida y me puse otra bandita. Si esto seguía así, tendría que comprarme unas gasas y una venda. O ir al hospital. Hablarle a alguien, pedir ayuda. Respiré profundamente y traté de tranquilizarme. Tenía que distraerme. Llegar a mi destino, platicar con alguien y seguro mi ansiedad se reduciría y sabría qué hacer.  No me dolía, eso era bueno.

Salí de la estación. Era otra caminata corta pero el sol alumbraba muy fuerte y el viento era frío. Sudaba pero si me quitaba la chamarra negra, me quemaría los brazos.
"Sabía que debí haberme puesto otra ropa, más ligera. La de ayer. Anoche me estaba muriendo de frío"

Tenía las piernas heladas. Estaba tiritando y justo en medio de la pista, donde la puerta de la entrada dejaba pasar el helado viendo nocturno. Seguí caminando, era eso o congelarme. Llegué con el del cigarro.

-Hola, ¿me podrías regalar un cigarro?-
Se me quedó viendo. Olía muchísimo a perfume. Azul con negro. 
-O que me vendas- reiteré, dudando.
-No hay problema- dijo, sacándose la cajetilla de la bolsa del abrigo. Me ofreció uno. Pero a cambio quería hacerme la plática. Sólo sonreí y me alejé, como una estúpida. 

-¡Ves cómo si pudiste!- me dijo el amigo de mi amiga. Me ofreció de su cerveza y le dio una calada a mi cigarro. Sentía hormigas en las manos, y la mente estaba nublada. Pero no con nubes cirrus si no cumulus, grises, tormentosas. Tenía frío. Las parejas a mi alrededor se abrazaban. Yo no tenía a nadie. Estaba sola.


Llegué a mi destino. Un edificio azul de dos pisos. Alguien me saludó. Por fin, contacto humano.

-¿Qué te pasó en el dedo?-
-¿Eh?-
-Te está sangrando-
Me quité de nuevo la bandita.
Cinco heridas. Equidistantes. No tenía idea de cómo era posible.
-¿Cómo te hiciste eso? ¿Te peleaste con un rallador?-
La sola imagen me ponía los pelos de punta. Las cortadas eran demasiado rectas, demasiado definidas.
-Ya no tengo banditas- musité.
-Espera, voy por el botiquín. Siéntate- me dijo.

-¿Estás bien? Te ves muy pálida. Siéntate- me dijo mi amiga. 

Me senté en el suelo. Sentí la llegada del pánico antes de que pudiera dejar la botella en el suelo. La solté y los trozos rebotaron, creo que me lastimé la mano. Pero en esos momentos tenía otras cosas por las cuales preocuparme. Llevaba falda, no quería que se me vieran los calzones sentada así. Y menos con el pánico, seguramente iba a morir. No quería morir así. Sola. Vestida como una niña en medio de un concierto. Donde no pude hablar con nadie porque sólo quería hablar sobre mí, sobre mis problemas, mis inseguridades y la angustia que últimamente parecía no tener fin. Porque aunque resolviera algo, otra cosa se me presentaba, algo insignificante, minúsculo pero que me ardía y me impedía estar en paz. Si no era mi cabello era mi ropa, o mi cuarto desordenado, o el miedo que le tenía al rechazo de gente que no conozco, o a la nueva familia de mi padre y su súbita alegría sin nosotros, sin mí. O a mi soledad, o a que era demasiado exigente... Eran como cortadas de papel en un dedo, que no son mortales pero mientras más atención les prestes más te duelen. 
Por favor detengan esto si pudiera intercambiar esta sensación por algo físico algo tangible y concreto algo a lo que pudiera tapar con una bandita y seguir adelante sé que puedo salir adelante que cada una de mis preocupaciones me dejara en paz y se convirtiera en una herida pequeña haría cualquier cosa por ese intercambio por favor no puedo más

Y lo recordé antes de poderme sentar en el suelo. Me miré la mano y mi dedo tenía incontables heridas equidistantes entre sí, paralelas. Nunca había pensado en cuántas cortadas cabían en un dedo. La mano me sangraba copiosa. De nuevo sentí el pánico, esta vez definitivamente me iba a morir. No me quedaba más que intercambiar.








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