Cuando la sangre hierve, es que algo lleva

Me dolía el estómago. 

De esas veces que es un dolor vago, casi imperceptible pero te dices al espejo que no es nada, mas en el momento que das un paso te apuñala para que no te olvides de él. Lo malo del dolor es que no es visible. Claro, podemos ver una herida, ver la sangre, ver incluso los tendones tensos como cuerdas de violín rudimentarias. Pero eso no significa nada. Esas mismas cosas se las podemos ver a alguien en coma, o a un cadáver. El dolor, obviamente, está ausente en esos casos. Incluso con anestesia podemos silenciarlo. Nuestra palabra contra el mundo, un salto de fe que hacemos cuando les creemos a los demás que les duele. 
Pero no a mí. 
Estaba de guardia. Cirugía. No podía tomarme la noche, no cuando no había signos visibles que me impidieran terminarla. No cuando había gente más grave allá afuera. 
El hambre lo empeoraba. Llevaba más de 14 horas sin comer. Las cirugías a veces duraban más que eso. No siempre me creían. El jefe de cirugía me había pegado con las tijeras en el dorso de la mano. Tan sólo porque me recargué tantito en la mesa de operación. Me gritó frente a todo el mundo. Me preguntó cuántos cromosomas tenía en el par 21. Los demás se rieron. Sólo me empezó a doler el estómago. Pero no sabía que era.

Me recargué en la pared. Pasaban mis compañeros vestidos de blanco o de azul. Hablé con una de ellas.
-Me duele mucho el estómago, ¿no podrías conseguirme algo?-
-¿Cómo te duele?-
-Más bien es colitis.-
-Decídete, ¿el estómago o el intestino?- dijo molesta y siguió caminando junto al enfermero. No me había dado cuenta pero estábamos caminando junto a una camilla. Me detuve en cuanto entraron al elevador. 
Me consideraba una persona tranquila. De carácter afable e incluso, bonachón. Mi madre decía que tenía atole en las venas. Mis compañeros, que era un pendejo pocos huevos. Me daba igual. En el fondo me daba igual. De más chavito me había metido en muchos problemas por no saber controlar mi temperamento. Era tan violento que resultaba sangriento. Rojo por todas partes, es lo que más recordaba de mi adolescencia. Cuando me enfurecía algo, la sangre corría pero no por la razón que...

Alguien me tocó el hombro. 
Una cara familiar.
-Doctor, ¿me podría atender?-
Cabellera espesa y oscura. Rostro enmarcado con grandes ojeras. Le conocía perfectamente. La leyenda de la residencia. 
-Ramos, ¿ahora qué es?-
-Siento que mi omóplato está en un lugar raro. Me levanté y me di cuenta de que me costaba hacer esto- dijo girando el hombro.
-Justo lo acaba de hacer ahora- seguí caminando, el dolor aumentaba con cada paso.
Lo mismo de siempre, puras tonterías. Puras babosadas producto de tener mucho tiempo libre. Lo peor, a mí me tocaba escucharle. No siempre, sólo las últimas dos. Todos decían 'safo' y yo era el único que no podía creer que decidieran cosas con un método tan infantil.


-Sí pero me duele mucho. Quiero que me tome una radiografía-
-Sabe perfectamente que no puedo mandarle una radiografía sin una nota médica. No radiamos a la gente en vano-
Pude ver cómo su rostro se enrojecía de ira. -¡Esto no es en vano! ¿Acaso insinúa que estoy mintiendo? ¿O que finjo? ¿Cree que si por mí fuera no estaría disfrutando mi vida allá afuera, divirtiéndome como los demás? Pero esto es real, mi dolor es real y toda mi vida lo he sentido...-
-Igual que la semana pasada, ¿no? Cuando dijo que pensó que tenía una solitaria. No tenía absolutamente nada-
-¿Y el dolor? Ese no existe o qué-
-Le mandamos a psiquiatría y no quiso ir-
-¡No estoy demente!-
-No, claro que no, esa es la única dolencia que no quiere tener.-
-No me gusta el tono en el que me habla, doctor. Para ejercer su profesión necesita mayor tacto, mejor trato con sus pacientes. Puedo meter una queja y hacer que lo despidan- me gritó antes de irse por el pasillo.
No había notado algo, en todo el tiempo que estuve hablando con R no me dolió el estómago. Tal vez sólo necesitaba eso, distraerme. 
Fui con la jefa de turno.
-¿Hay algo para mí?-
-Es una noche bastante tranquila, si tanto quieres hacer algo ponte a llenar unas notas médicas pero yo que tú disfrutaba la paz-
-Tengo mucha colitis, me duele- susurré
-Pídele algo a algún enfermero, tómatelo y acuéstate un rato, yo te voy a buscar si algo surge-
-Gracias-
Busqué por todos lados a algún enfermero. Ninguno. Bueno, yo era médico podía recetarme algo, e ir a la farmacia. Digo, hubiera sido mejor mandar a alguien. 
En el camino me encontré a R.
-Ya fui a denunciarlo por malos tratos- me espetó, unas gotitas de saliva me cayeron en los lentes. -Ojalá algún día le duela algo tanto como a mí y nadie le crea-
-Le creímos las primeras cuatro veces- murmuré
-¿Qué me dijo?-
-Que buenas noches- 
-Míreme, doctorcillo, no crea que por trabajar aquí me puede tratar con la punta del pie-
-¿Cómo sigue su hombro?- 
-¿Mi qué?-
-Buenas noches- 

Seguí caminando. No había nadie en la farmacia. Toqué el vidrio con el puño.
-Salió a fumar- me dijo el conserje, que estaba limpiando el vidrio del otro lado del estante, a mi derecha.
-¿A fumar?-
-Sí, no ha de tardar- dijo antes de darse la vuelta e irse.
Resoplé.
Pero sí lo hizo.
No sé cuánto estuve esperando ahí. El dolor aumentaba y dejaba de ser una sensación ambigua a ser una punzada bastante concreta. 
Sonó mi celular. Contesté.
-¿Dónde están las manzanas que compré ayer?- un rugido tronó en mis oídos
-¿De qué estás hablando, Michel?-
-No te hagas el pendejo- me volvieron a espetar.
-No sé, ¿en la alacena? No lo recuerdo, estoy trabajando y no me siento bien, luego te marco-
-Claro, tu excusa para todo, sólo a mí se me ocurre andar con un médico-
-Es muy tarde, ve a dormir, seguro estás cansado-
-Ni siquiera intentes insinuar que por eso te grito, te grito porque no sabes dónde poner un pedazo de fruta-
-Ya déjame de estar chingando-
-¿Qué dijis...?-
Colgué. Me recargué en el mostrador. Sentía unas tenazas calientes en la carne, la cocinaban, la cauterizaban al contacto.
-No se puede recargar ahí- me dijo el conserje. Me levanté y alcé las manos con enojo. Con la mirada le dije 'Ve, no le hice nada a su precioso aparador' antes de pasar mis grasosos dedos por la vitrina.
Regresé a la sala de urgencias.
No había nadie. Sólo Ramos, esperando a alguien en la recepción. ¿A dónde demonios se había ido toda la gente? No podía creer que nadie estuviera en una sala de urgencias. Eso era absurdo. 
-Qué estupidez- dije, tratando de evadir a R. La calle estaba llena de neblina. Con ese clima era raro que no hubiera más pacientes.

-Vaya, después de su descanso ahora sí va a trabajar- 
-¿Usted no?-
-Con el manojo de enfermedades que me cargo, no, es un privilegio que usted tiene, poder venir a trabajar-
"Cómo no, usted no tiene el monopolio del dolor. A mí también me duele pero nunca se le hubiera ocurrido"
Me dejaba de doler.
Sin embargo, sentía algo caliente en las venas. Como un elixir rojo de violencia. La furia me quitaba el dolor.

-Vaya privilegio, estar a las 3 de la madrugada hablando con alguien me acaba de acusar de malos tratos, debo ser el hombre más afortunado de todo el planeta-
-No fue una acusación en vano-
-¿Al menos sabe cómo me llamo?-
Me miró con rabia, iba a abrir la boca pero le interrumpí.
-¿Sabe qué? Usted siempre viene a molestar, viene con dolores de quién sabe qué, cada vez con excusas más estrafalarias, pidiendo, no, exigiéndonos que le hagamos todos los estudios disponibles y siempre apurándonos, apurándome a atenderle incluso cuando no tiene ni el más mínimo respeto por la profesión, por mí. No porque sea un profesional significa que no tengo dignidad o que no siento.-
-¡Ustedes están aquí para atender pacientes! No para pedir nuestra compasión-
-Fíjese que ese es mi trabajo y aún así no lo siento. Sólo le tengo lástima. Cuando realmente sepa lo que es una enfermedad crónica, un accidente o una herida grave, suplicará con que Dios le perdone toda la pantomima que ahora se crea...-
Me sentía mejor, un calor emanaba de mi intestino y subía a mi estómago.
Su cara estaba pálida de ira.
-Sí, nadie se lo había dicho pero eso es, una farsa, un teatro, una enfermedad inexistente que se inventa para poder venir aquí y robarnos nuestro tiempo. Se aprovecha de que el dolor es inconmensurable para poder estarnos chingue y chingue, y lo peor, para tratarnos mal-
Ahora me subía a la garganta.
-¿Cree que yo no siento dolor? ¡Míreme a los ojos!- me quité los lentes, ahora yo le estaba escupiendo. Estaba peligrosamente cerca
-¡Véame a la cara y dígame que no siento dolor!- 

No pude contener el vómito de sangre. Su cabellera espesa absorbió como una esponja en plena cirugía el sanguinolento resultado.
Se me enfriaron las manos. Luego se me nubló la vista. 
Súbitamente llegó gente. Al parecer siempre habían estado ahí.
No lo sé, no se puede pensar bien con tanto dolor.

No supe nada más antes de desmayarme.

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