Princesa Sábado.
Siempre comienza con un sueño.
Como si desde las profundidades de mi inconsciente viniera una señal de alarma, siempre comienza con un sueño.
Después son algunos deslices. En vez de un nombre, digo otro. El suyo. El del objeto de mi nueva obsesión.
Y de ahí ya no hay vuelta atrás.
Pueden ser semanas, meses, han habido ocasiones en donde han sido años.
Cuando era más joven, casi siempre esta obsesión daba paso a una serie de escritos. Unos pulidos, otros más desquiciados.
En ellos, la fantasía, hija de mis ensoñaciones nocturnas y diurnas, se desataba y conseguía nombres, fechas, personas.
Recuerdo perfectamente cada una de mis obsesiones.
Sólo una fue correspondida.
Sólo una fue útil.
A largo plazo, ninguna de ellas duró demasiado.
La segunda, bastante académica, acartonada, cliché. Una figura que ha fascinado a miles de personas. Objeto de libros, investigaciones, ensayos. Yo no había sido diferente.
La primera se dio precisamente aquí, en el blog. Hace ya diez años.
Su nombre lo recuerdo perfectamente. Los dos nombres y los dos apellidos. Su fecha de cumpleaños.
Cuando pude haber consumado la obsesión, ésta ya había pasado.
Pero yo no tengo forma de controlar ni la duración ni la intensidad. Antes, sobre todo, era presa de esos impulsos que iban y venían espontáneamente. Siempre anunciados por un sueño.
Su personalidad ha marcado amistades posteriores, gustos, paranoias. Muchas de mis interacciones cambiaron por la sombra suya. Y sin embargo, no quiere volverme a ver jamás en su vida.
Pero mi obsesión, o los remanentes de ella, no pueden satisfacerse. Y siempre vuelvo, como reloj, cada par de años a buscarle, a pedirle una visita, en son de paz para acallar los sueños. Y siempre me es negada. Bloqueada.
Por eso le temo a mis obsesiones. A esa parte que había llamado "Princesa Sábado" por lo ocioso, caprichoso y absurdo de mi personalidad. Por esa parte compartimentalizada en una pecera en mi cabeza.
Una parte que siempre se rodea de agua.
Cuando volví a tener un sueño de esos. Una máscara esquelética con cuernos de reno en llamas. De esos sueños que sé son el preámbulo de la obsesión. Llevo más de dos semanas sin podérmelo quitar de la cabeza. Pero diez años después y el encanto no es el mismo. Todavía me responden mis llamados febriles pero sin el mismo hechizo de antes. No soy una adolescente ya. Y la gente se cansa. No es lo mismo.
Así que vuelvo a su palacio. Un edificio abandonado lleno de departamentos blancos. Curiosamente ahora me encuentro materialmente en la situación que hace años describí.
La obsesión no para, sólo cambia de objeto.
Como si desde las profundidades de mi inconsciente viniera una señal de alarma, siempre comienza con un sueño.
Después son algunos deslices. En vez de un nombre, digo otro. El suyo. El del objeto de mi nueva obsesión.
Y de ahí ya no hay vuelta atrás.
Pueden ser semanas, meses, han habido ocasiones en donde han sido años.
Cuando era más joven, casi siempre esta obsesión daba paso a una serie de escritos. Unos pulidos, otros más desquiciados.
En ellos, la fantasía, hija de mis ensoñaciones nocturnas y diurnas, se desataba y conseguía nombres, fechas, personas.
Recuerdo perfectamente cada una de mis obsesiones.
Sólo una fue correspondida.
Sólo una fue útil.
A largo plazo, ninguna de ellas duró demasiado.
La segunda, bastante académica, acartonada, cliché. Una figura que ha fascinado a miles de personas. Objeto de libros, investigaciones, ensayos. Yo no había sido diferente.
La primera se dio precisamente aquí, en el blog. Hace ya diez años.
Su nombre lo recuerdo perfectamente. Los dos nombres y los dos apellidos. Su fecha de cumpleaños.
Cuando pude haber consumado la obsesión, ésta ya había pasado.
Pero yo no tengo forma de controlar ni la duración ni la intensidad. Antes, sobre todo, era presa de esos impulsos que iban y venían espontáneamente. Siempre anunciados por un sueño.
Su personalidad ha marcado amistades posteriores, gustos, paranoias. Muchas de mis interacciones cambiaron por la sombra suya. Y sin embargo, no quiere volverme a ver jamás en su vida.
Pero mi obsesión, o los remanentes de ella, no pueden satisfacerse. Y siempre vuelvo, como reloj, cada par de años a buscarle, a pedirle una visita, en son de paz para acallar los sueños. Y siempre me es negada. Bloqueada.
Por eso le temo a mis obsesiones. A esa parte que había llamado "Princesa Sábado" por lo ocioso, caprichoso y absurdo de mi personalidad. Por esa parte compartimentalizada en una pecera en mi cabeza.
Una parte que siempre se rodea de agua.
Cuando volví a tener un sueño de esos. Una máscara esquelética con cuernos de reno en llamas. De esos sueños que sé son el preámbulo de la obsesión. Llevo más de dos semanas sin podérmelo quitar de la cabeza. Pero diez años después y el encanto no es el mismo. Todavía me responden mis llamados febriles pero sin el mismo hechizo de antes. No soy una adolescente ya. Y la gente se cansa. No es lo mismo.
Así que vuelvo a su palacio. Un edificio abandonado lleno de departamentos blancos. Curiosamente ahora me encuentro materialmente en la situación que hace años describí.
La obsesión no para, sólo cambia de objeto.
Oye, ¿tú eres Laire Rebdan, la que subía vídeos de filosofía en YouTube?
ResponderEliminar