Nunca sonreí con los dientes
¿Crees que me puedes amenazar con dolor? Antes de poder hablar yo fui mutilada en pos de la belleza. Mi tierna carne fue perforada porque "no lo recordaría" y no lo hago, no lo recuerdo. Pero las cicatrices aquí las tengo y me puedo dar el lujo de adornarlas. El dolor para nosotras es perenne, es constante. Antes de la menarca ya hemos sufrido dolores, la ropa apretada, los zapatos de charol que lastiman el tendón de Aquiles, los tirones de cuero cabelludo durante horas y horas, todo eso sin poder siquiera titubear en nuestra sonrisa. Ustedes conocen el miedo, el pánico al dolor, esos gritos y llantos que llegan a ustedes desde la otra orilla, gritos que atraviesan la niebla de lo desconocido e impactan sus oídos como cantos de sirenas. A eso le tienen miedo, a lo que hay del otro lado. Nosotras vivimos en ese lado. No me puedes amenazar con dolor porque no soy un hombre. El dolor para ustedes es desconocido por eso le temen. Yo no le tengo miedo al dolor. El dolor es un familiar mío.
Yo nunca aprendí a sonreír.
Desde que dejé los brazos de mi madre, me costó trabajo sonreír. Siempre chupándome el pulgar, jugando con la cutícula, con la uña entre los dientes, pavimenté mi camino a la tortura que serían los años siguientes. A los seis años mis padres me llevaron con un dentista por la Vía Morelos, Laurentino, se apellidaba y su consultorio estaba encima de una taquería que había empezado como puesto ambulante y ahora hasta sucursales tenía. Cada visita era doble tortura, primero por la invasión de los dedos del dentista en mi pequeña boca, con espejos, taladros y cepillos que sabían amargo; y la segunda que era no poder comer con mi familia. Era la tortura de verlos comer tacos de suadero, pastor o bistec, oler las salsas, los limones y la carne y no poder dar bocado por el recién tratamiento. "No es para tanto" me decían, "de todas formas no comes mucho" y yo no podía replicar porque tenía la boca lastimada. Fue él quien me diagnosticó con mordida cruzada y a pesar de tener todavía dientes de leche, me auguró un mal futuro.
"No va a doler" siempre me dijeron. Siempre me mintieron. A los 9 años subí al siguiente nivel de tortura. Una mentonera. Para tratar la mandíbula que se me salía. "No puedes verte así" me dijeron y tuve que llevarla a la escuela. Años de maltrato social se fueron agravando debido al aparato. Mi mejor amiga me dibujó con él. "No te vayas a enojar y no te vayas a vengar". Años y años de llevar el libro de 'Embriología Clínica' de mi madre ya habían sido suficientes para darme una pésima reputación. Eso sólo la cimentó. "Rara" "bicho raro" "Frankenstein", pero el doctor había dicho que no iba a doler y yo estaba ahí, llorando en la biblioteca de la escuela con la piel del mentón reseca, ardiéndome y doliendo.
A los 13 años. "Sé que es grotesco pero me gustas" Una sentencia, aprendí que gustarle a alguien no era sinónimo de que te respetaran. "Mira sus brazos, es un hombre lobo" Y le pedí a mi madre que me ayudara a decolorármelos. Ella accedió. Dos horas de comezón y ardor intenso, me pregunto si a mi hermano se lo hubiera permitido, se lo hubiera hecho: mutilarlo de bebé, jalarle el cabello durante horas y ahora arriesgarlo a una quemadura química en pos de la belleza. Seguramente no. Ese trato era para mí. Por eso cuando el dentista propuso un tratamiento de varios aparatos, de dolorosas intervenciones mensuales, ella accedió. "Todo para que sea bonita" seguro pensó o tal vez lo racionalizó pensando que así estaría sana. "Salud es belleza" después de todo.
A los 15 años, años después de tantos tratamientos me permitieron quitarme los aparatos para mis XV años. La belleza antes de todo. Yo, núbil, sin siquiera haber tenido novio ni primer beso ahora era presentada ante la sociedad. No entendía mucho pero creía hacerlo. Poco tiempo después mi primer beso, no lo recuerdo, pero recuerdo que tenía un aparato de por medio. En esas fotos sí sonreí, en los de la celebración. Tenía que presumir años y miles de pesos gastados en la sonrisa. No sabía cómo sonreír entonces me veo rara. Tanto tiempo con cosas en la boca nunca supe como relajar los labios. Hasta que poco después un fulano 6 años mayor me enseñó cómo. Y antes de llegar más lejos me detuve. Me sentía como si fueran a sacrificarme. Sacrifican siempre a las vírgenes y por definición antes de tu primera vez lo eres.
Curioso cómo funciona la anestesia. Llegas a pensar en las cosas más extrañas. Las palabras entran y salen, seguramente todos me dirán que la anestesia local no tiene esos efectos, pero cuando la mitad de tu cara fue remplazada por pequeñísimas agujas y una sensación de gordura, de inutilidad, seguramente piensas diferente. "Pásame el algodón, así no, deja que yo lo hago" Los dentistas siempre con una asistente. ¿Cómo será el proceso en el que todas las mujeres terminan de asistente y los hombres de dentista? Nunca me ha atendido una dentista. Sólo manos de hombres han arrancado, modificado y alterado mi sonrisa. "Deberías sonreír más" y ellos tienen en sus manos mis dientes para lograrlo. "Después de esto, parecerá que te pusiste bótox" y luego firmar un deslindamiento de responsabilidad. "No es mi culpa si pierdes los dientes"
"No es mi culpa si creíste que eras mi novia" y durante tres (¿o seis?) meses me dijeron que sí lo era. "No te va a doler" seguido de dolor y humillación que siempre recibo yo porque ¿qué me esperaba al salir de casa sin permiso?, ¿qué esperabas que te iba a pasar si te metes los dedos a la boca? Esperaba que me lastimaran menos.
Y finalmente, años, décadas de dolor y sufrimiento; de cada año ser revisada, manoseada, sufrir por la anestesia, el dolor, la gastritis del Febrax, el sabor amargo de la anestesia (sé distinguir entre lidocaína y las demás) perdí los dientes. Los aparatos que desde los 9 años me lastimaron y por los cuales yo rezaba que pasara algo para no ir a la escuela, anidaron en mi boca. Para siempre. Dirían que eso es un trauma, que estoy traumada. Lo dirían despectivamente como cuando me dicen "tú desconfías de los hombres". Pero la carne no olvida. El dolor no puede ser olvidado, siempre deja cicatriz.
Sigo sin poder relajar los labios.
Nunca sonreí con los dientes.
Increíble...
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