Semejanza de familia.
(Ahora tú eres mi familia. Si bien, estoy en estado de transición, sé muy bien a dónde me dirijo.)
El paisaje estéril sólo resalta el verdor del árbol de donde vengo.
En la tierra baldía una planta reverdece la escena. Ramas caídas, algo tristes, si pasa el viento las oirás gemir.
En medio del tronco una rajada visible de donde sale sangre roja.
El árbol es mi familia pero le han quitado la mitad del tronco...
Impasible y extraño parece flotar sobre la tierra seca. Como un jardín flotante sin el lujo de Babilonia pero vibrante y sobretodo, vivo.
Y yo, una mata apenas abriéndose, como eclosionando siempre a cada instante... En el borde de una rama, casi cayéndome, casi suicida si no fuera porque sé a dónde ir. Otros capullos marchitándose antes de abrirse, otros revelándose en doloroso secreto. Otros ajenos a su propia importancia, a su imponente presencia, ajenos a ellos mismos, soportando a otras ramas aún más débiles.
Diles que se ayuden, diles que no mueran.
Diles que ellos solos sobrevivirán pero que necesitan hundirse, enterrar sus uñas en el sedimento, que se aferren.
No se parecen en nada. Admitánlo de una buena vez, su sostén es su savia, su sangre, que ahora preciada se pierde. Yo las he escuchado aullar con los latidos de la tormenta, las he visto rasguñar su cubierta con la violencia del sol y aún así brillar victoriosas cada invierno, cada verano y cada año que pasa.
Nadie más que yo confía en ustedes, nadie más que yo desea verlas brotar una y otra vez, nuevecitas, de la naturaleza muerta. Resplandecen pálidas o refulgentes pero siempre resplandecen. De dolor se agitan convulsas: ¡La belleza de llorarle a la raíz ausente!
Las gotas, estrellándose contra ustedes se transforman en vidrio, lastiman su carne. Vibran un rato en sus manos de hoja, para después regresar a la caída natural, gloriosas. Pero hay ciertas gotas, termitas azules que de a poco se introducen en la madera y excarvan testarudas. Muchos pensarían que ¡malditas termitas que corroen su sangre! pero yo digo, ¡alégrense de seguir sintiéndolas! Hormiguean sus brazos, sus dedos que imploran por la misericordia del cielo. Usen los movimientos de los dedos para vibrar suavemente con la brisa, no se opongan al círculo de la vida que a veces mengua a la mitad y parece una guadaña. Cosecharán lo que en ustedes se siembra, sabrán de la fragancia de mayo y dejarán caer las desgarradas vestimentas al llegar el otoño. Descansarán dormidas bajo la nieve de invierno y rejuvenecerán sus años una vez que decidan que es hora de que llegue el tiempo.
Las gotas, estrellándose contra ustedes se transforman en vidrio, lastiman su carne. Vibran un rato en sus manos de hoja, para después regresar a la caída natural, gloriosas. Pero hay ciertas gotas, termitas azules que de a poco se introducen en la madera y excarvan testarudas. Muchos pensarían que ¡malditas termitas que corroen su sangre! pero yo digo, ¡alégrense de seguir sintiéndolas! Hormiguean sus brazos, sus dedos que imploran por la misericordia del cielo. Usen los movimientos de los dedos para vibrar suavemente con la brisa, no se opongan al círculo de la vida que a veces mengua a la mitad y parece una guadaña. Cosecharán lo que en ustedes se siembra, sabrán de la fragancia de mayo y dejarán caer las desgarradas vestimentas al llegar el otoño. Descansarán dormidas bajo la nieve de invierno y rejuvenecerán sus años una vez que decidan que es hora de que llegue el tiempo.
Y ese día, dejará de ser rosario lo que antes fueron cadenas de flores. Dejará de ser carga lo que antes era decisión y dejará de ser culpa lo que antes fue consuelo.
Aunque me separe, invisible me unirá la misma savia, la misma condición. Esa misma melancolía que llevan desde la semilla, desde la médula que las nombró hermanas. Y seré feliz llevando la pesada carga que se llama semejanza de familia, pues no hay mayor premio, mayor reconocimiento que haber nacido ahí.
De ese árbol misterioso que nace de sí mismo, que se cura a sí mismo y que por sí solo dignifica y recompensa su propio dolor.
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