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Mostrando entradas de septiembre, 2012

Soulagement.

Las manos me hormigueaban tanto que me dolían. Estaba nerviosa, me temblaban los labios.   Me proponía sonreírle pero al final no pude más que mantener una cara impávida y cetrina, como en rigor mortis. El corazón se agitaba violento en su jaula, como un animal al que se le ha quebrado su sistema cognitivo después de estímulos contradictorios. Yo era poco menos que un perro de Pavlov.  (Somme nous les jouets du destin?) Me levanté de mi silla, intentando ocupar mis pensamientos en otra cosa. El sol reventaba tras las cortinas y sus estallidos impactaban en mis ojos haciéndolos llorar. Una solución pudo haber sido golpearle hasta que sangrara, desahogando mi overdrive en su cráneo. Pero no. Lo único que hice fue pedir un abrazo. Esperando que el calor momentáneo de otras personas me hiciera sentir algo de alivio.  ------------------------------- La gente no nos damos cuenta del impacto de nuestra presencia en los demás. Una sonrisa, un gesto de asco pued...

Escuchar el "Lago de los cisnes" y revivir al final.

Si me siento triste es por la misma razón de siempre.  Por que no me voltean a ver quienes por tanto tiempo me he esforzado por llamar la atención. Por que los demás no importan si en un momento, alguno de los que anhelo me dedican unos 10 minutos de palabras sinceras, de hacerme ver que soy una cara familiar entre la masa gris. Porque podría pasar a la historia, porque podría resquebrajar a los grandes con mis palabras y nada de eso importaría si al regresar a casa siento la indiferencia de ellos pendiendo sobre mi cabeza. Porque cada uno de ellos representa lo que tanto me duele. Porque no puedo conseguir su atención así como no conseguí la de mi padre.  Sonreír constantemente, acertar en el blanco cada vez menos.  Ya no tiene chiste nada de esto. Es infructuoso y sobre todo, lastimero. Si alguien lo supiera, tendría de mí un arma infalible que me dejaría en el suelo, palpitando como una cabeza recién cortada. Porque la solución sería dejar de anhelar, deja...
Si le hablo y le procuro, como si fuera mi familia, yo le pregunto, ¿usted se ofendería? Cuando me da usted incondicional la mano, yo me digo a mí misma "¡Sé que él es mi hermano!", en cambio si usted sonríe al notar que yo sonrío, me corrijo "No, no. Ahora sé que es mi tío" Pero hay un momento cuando usted quiere a mi semblante quitarle la tristeza,  donde yo exclamo con la mayor de las certezas, dentro de esa caridad escondida e inefable: "¡Yo creo que él es como mi padre!" Y el parentesco, entonces supera esas barreras  de lejanía, de tiempo, de nacionalidad. Usted es pariente que fue lejano pero que ahora se acerca. La simpatía y el afecto no nacen de las mismas venas, si usted es mi hermano, mi tío o hasta mi padre es porque el cariño no se engendra en el material de las arterias ¡es porque la sangre puede trascender la carne!