Soulagement.
Las manos me hormigueaban tanto que me dolían. Estaba nerviosa, me temblaban los labios. Me proponía sonreírle pero al final no pude más que mantener una cara impávida y cetrina, como en rigor mortis.
El corazón se agitaba violento en su jaula, como un animal al que se le ha quebrado su sistema cognitivo después de estímulos contradictorios. Yo era poco menos que un perro de Pavlov. (Somme nous les jouets du destin?)
Me levanté de mi silla, intentando ocupar mis pensamientos en otra cosa. El sol reventaba tras las cortinas y sus estallidos impactaban en mis ojos haciéndolos llorar.
Una solución pudo haber sido golpearle hasta que sangrara, desahogando mi overdrive en su cráneo.
Pero no.
Lo único que hice fue pedir un abrazo.
Esperando que el calor momentáneo de otras personas me hiciera sentir algo de alivio.
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La gente no nos damos cuenta del impacto de nuestra presencia en los demás. Una sonrisa, un gesto de asco puede derrumbar al más fuerte, erguir aún más al soberbio.
Pero tenemos claro a cuál blanco queremos acertar. Pero no conocemos nuestros arcos y no sabemos qué tan certeros son nuestros tiros. Incluso ignoramos si nuestras flechas son rectas o si tienen punta. Los más afortunados conocen sus armas. Los elegidos saben acertar.
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A veces me siento en las azoteas de los edificios. Me gusta ver al cielo raso pintarse de colores conforme avanza el día. Sobretodo me gustan las horas del atardecer y de la noche. Aún más me gusta la hora en la que no se sabe si es de día o de noche.
El viento se mueve con fuerza, respira su alivio de correr como le place, atado sólo a su perpetuo movimiento. Al inhalarlo, me parece como si por un momento, el viento me llevara con él. Me despojara de mí misma.
Me protegiera de lo que más anhelo.
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