La música se escucha mejor en vivo.
El ruido constante de la fiesta, el olor a alcohol y el pegajoso piso manchado de líquido me ofuscaba la razón. El humo del cigarro le daba a la luz un buen escenario para manifestarse y parecía como si estuviéramos festejando dentro de una nube. Por una parte la música era tan buena que no podía contener mis ganas de querer bailar (en mi caso, moverme con un ritmo que no siempre correspondía al de la canción), pero por otra, quería salir enfurecida de la habitación después de haberle dicho unas cuantas verdades al anfitrión. Simplemente la idea de soltarle un comentario cáustico en su cara, frente a todos los invitados era demasiado exquisita como para quitármela de la cabeza sacudiéndola un poco como suelo hacerlo.
Recordé, sin embargo, los consejos de mi madre sobre la compostura y la educación y me fui por mi primera opción. Cerré los ojos y me puse a bailar como Dios me daba a entender, tratando de no hacer caso a nada de la conversación que me llegaba desde la mesa (que los mundos colisionen, ¡me lleva!) y concentrándome en el ritmo, en la cadencia que me parecía medio-oriental, dejando que la energía se canalizara en un baile decente.
Una voz conocida me sacó del trance al que apenas entraba, abrí los ojos reluctante y me sonrojé en el momento que mi cerebro reconoció lo que la luz había encontrado en su camino para después ser captado por mis ojos y enviado a la corteza cerebral para ser analizado mediante impulsos eléctricos. Es decir, al instante que reconocí a quien me había confundido lo suficiente como para que no pudiera dormir en días... Pero me estaba yendo por las ramas, después palidecí y sólo solté un “Hola”. Detestaba cómo podía tener una convicción y al momento de verlo se desvanecía como la niebla artificial que nos rodeaba.
Me molestaba la confusión que generaba en mí. Me molestaba que viera mi molestia y no se esforzara en hacerme las cosas más fáciles dándome mensajes claros y directos o diciendo lo que pensaba. No, siempre estaba el misterio de qué demonios podría estar pensando o qué haría después, si había arruinado yo la conversación. Detestaba esa sensación sobre todo porque evidenciaba lo cerca que siempre he estado de enamorarme de él.
No obstante, él estaba bastante consciente de otra cosa, de mi rabia contra el anfitrión y trató de calmarme, como siempre, contándome anécdotas chistosas, algún chiste o una plática trivial y alejar mi atención de mi plan de venganza que sabía que se empezaba a gestar en mi pequeña cabecita. Por una parte le agradecía (sí, la parte esponjosa de mi cabeza que seguía ilusionada, suspirando por él) y por otra le añadía otra viñeta a la lista de cosas que me molestaban de él porque yo pensaba que él era incapaz de enojarse con cualquier persona si eso implicaba quedar como ‘el malo’.
Su cabello oscuro y sus lánguidos ojos enmarcados por las ojeras que me parecían adorables... Tenía que levantar la cabeza para verlo a los ojos por mi baja estatura y la suya alta. Las conversaciones seguían y él se esforzaba mucho en evitar que yo las escuchara pero tampoco quería salirse de esa nube de luces, música y el ambiente desenfadado que da una fiesta en la juventud (por muy poco que sepas qué hacer con tu vida). El entusiasmo se contagiaba y él parecía contrariado por verme poco emocionada como los demás. Me sentí mal por haberle contagiado un poco de mi mal humor y luego pensé en que tal vez eso lo alejaría de mí y el impulso de esconderme dentro de mí misma regresó con la fuerza de las miradas que se empezaban a fijar en mí. De nuevo a no mostrarme... Por que en realidad nunca es buena idea mostrar las vísceras crudas, siempre es prudente salarlas aunque sea antes de sacarlas a la vista pública. Así que sonreí y me excusé diciendo que tenía que ir al baño. Como era de suponer, había una larga fila de personas esperando entrar.
-... La nueva chica que llegó, yo no la conocía pero creo que antes había salido con...- una voz aterciopelada por el alcohol me llegó de la persona que estaba frente a mí. Yo estaba recargada en la pared que ya tenía indicios del desastre parrandero y cada sonido taladreó dentro de mí. Decidí despejar mi mente en otra parte y salí por la cocina (también ocupada por otros cuerpos de farra, sus risotadas y su despreocupación me dieron envidia) al patio de servicio.
Algunas personas se encontraban ahí fumando y la oscuridad me dio oportunidad para sentarme sobre una cubeta, el sonido sordo del eco de la música resonaba en las ventanas. Me sentí en una posada invernal pero con el calor del verano. La sensación de disociación de todo el conjunto que se estaba diviertiendo lejos, ajenos a mí. Me pregunté por qué tenía esa sensación tan atravesada en el pecho y tan presente en mi mente... Entonces recordé.
Recordé que estaba enfurecida con el anfitrión porque me había mentido diciéndome que no iba a haber ninguna fiesta cuando sí la había.
Porque no me había invitado a la fiesta y yo claramente no había ido.
Recordé que todo había sucedido en una fantasía
Que mi presencia en la fiesta sólo fue mi imaginación.
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