Todo encaja en su lugar.
La luz del día es una línea hostil.
Fiesta Mayor. Vetusta Morla.
La cabeza me martilleaba en un pulso que es bastante conocido por cualquiera que haya pasado una noche de farra sin poder dormir (por definición no se duerme en esas noches). El frío resplandor matutino me recordaba que había pasado la noche fuera de casa y que en algún momento debía volver.
Me había despertando antes que nadie. El calor asfixiaba cualquier intento por cubrirse con una sábana aunque fuera y yo era parte del conjunto de jóvenes cuerpos tendidos sobre dos colchones en el suelo. Mi rostro daba al gran ventanal y si el viento soplaba lo suficientemente fuerte podía ver la palmera que ahora me causa desazón al recordar. Un brazo rodeaba mi cintura y una tranquila respiración monótona me acariciaba la coronilla. Mis pensamientos iban y venían entre que todo había sido una muy buena o una muy mala idea.
Al ponerme de pie un murmuro de cuerpos se logró escuchar, al ver su estatus alterado. Fui al baño, que era la puerta de al lado y la blanca luz me mostró la desolación de una casa semi-abandonada, la suciedad y súbitamente me dio la melancolía de la mañana siguiente...
Tratando de huir de ella, me metí al baño y el espejo me miró con su único ojo plateado. Me miré en él y me di cuenta de que ese abandono también había alcanzado mi rostro. El delineador corrido, las pestañas pegadas en una plasta informe, las ojeras verdosas-moradas y mis labios secos. Seguía mareada y el estómago me ardía de hambre, los pulmones me asqueaban de tabaco y mi cabeza parecía estallarme.
Regresé a la habitación por mis zapatos y di una última mirada al conjunto que hace unas horas había sido una fiesta. Cualquiera que haya sido joven, cualquiera que haya pasado una noche de parranda sabe a qué sensación me refiero.
Con cuidado caminé entre los cuerpos dormidos y llegué al lugar del improvisado acompañante que rato atrás me había confesado con acciones su atracción hacia mi persona. Si he de ser sincera, pensé varias veces en responderle el beso pero ya me conocen y no pude decir que no... Inmediatamente después vino el espíritu del abandono que me hizo aferrarme a él como un náufrago a una tabla de madera, el mismo espíritu que hizo que él huyera de mí como el mismo náufrago que huye eufórico, en cuanto la oportunidad se le presenta, de la isla que lo cobijó.
Suavemente moví su hombro y le dije que tenía que irme. Sin pensarlo mucho, seguramente desorientado, mareado y con resaca, me acompañó a la puerta.
Conforme nos dirigíamos a la entrada, pude observarnos en los distintos reflejos que nos regresaban las ventanas, los espejos y unas cuantas botellas en la mesa. Parecía como si nada encajara en su lugar, como si fuera un sueño del que nadie se acuerda.
La música se había terminado hace mucho tiempo pero todavía sentía esa inquietud de moverme, de bailar.
Se despidió de mí con un ligero beso en los labios que me supo a cenicero.
El frío matutino me despejó un poco la cabeza.
Volví a verme en el reflejo del parabrisas en un auto.
Vi mi pequeña estatura, vi mi palidez y la cicatriz en mi barbilla. Me sentí poca cosa. Volteé a ver la casa semi-abandonada.
Todo encajó en su lugar.
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