La arquitectura del abandono
I would say, everything can be thought as a labyrinth if the one who enters has no intention to leave.
Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. [...] La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo.
Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. [...] La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo.
La casa de Asterión, Jorge Luis Borges.
Las puertas corredizas se abrieron, su limpieza de hielo anunciaba la entrada del primer y más fiel cliente: yo. Tanta era mi devoción por ese lugar que siempre entraba por el centro justo. A un edificio así se le debía todo el respeto y la única manera de mostrarlo era usándolo como su arquitecto había previsto. Supongo que todo ello era una especie de ritual que yo tenía para el verdadero motivo de mi visita.
Llegué al mostrador, una asa continua de madera que se fundía con el piso de duela.
-Volviste a salir de tu jaula y vienes a encerrarte en ésta- exclamó el hombre joven detrás del mostrador. Sus ojos estaban perpetuamente repitiendo el viejo truco en subir los párpados lentamente como si fueran telón de teatro. Pero no era a propósito si no un efecto de óptica meramente, la caída natural de los mismos le daban un gesto de sueño e indiferente seducción al que todavía no me había acostumbrado.
-Sólo vine a esperar- respondí bajando la mirada. Temía portarme demasiado fría y alejar a la única persona que me acompañaba en las guardias eternas dentro de ese edificio.
-¿Cuánto tiempo llevas esperando por tu pedido?-
-Tres meses. Pensé que lo sabrías, llevas todo ese tiempo aquí-
"Cómo olvidarlo" pensé "Desde el primer momento, tú y el edificio me cautivaron. Me sacudí la cabeza, yo sólo venía por mi pedido.
Me senté en un mullido sofá color arena que ya hasta tenía trazos de mi silueta, y puse mi mano sobre el brazo del mismo; mi piel se confundía perfectamente con la tela.
-Tal vez de tanto venir, ya te estás camuflajeando con el lugar- bromeó, siempre detrás del mostrador.
Me gustaba cuando él me hablaba primero, sentía que el edificio de alguna manera me respondía y me ayudaba a pasar el tiempo mientras llegaba mi pedido.
-Por favor, revisa una vez más si no ha llegado- le dije tratando de que mi voz no sonara suplicante. Ya había sucedido una vez que me había puesto a sollozar por la desesperación de la espera. Él, paciente, me tomó de la mano y trató de abrazarme (siempre detrás del mostrador)
-No ha llegado. Pero por favor espera, en cualquier momento puede hacerlo- dijo sonriendo. ¿Y cómo resistirse a esa sonrisa que brillaba como los reflejos de los ventanales brillaban sobre un jardín que nunca sería mío? Es el problema con aficionarte a un edificio que jamás, nunca, podrías costearte porque en principio, no estaba en venta.
Hubiera sido más fácil para mí que me dijera que nunca llegaría.
Pasaba el tiempo conversando con él pero mi corazón se estrujaba cuando más personas llegaban y recibían sus pedidos inmediatamente. O cuando él, en su casual plática, bromeaba con la inexistencia o la imposibilidad del mío, ¿por qué creía que me era gracioso pensar en eso? A estas alturas era más el tiempo invertido, la soledad compartida y mi esperanza lo que me motivaba a ir cada mañana...
¿Qué pensaría él de mí?
-No puedo más- susurré, oscureciendo la tela con unas cuántas lágrimas.
-Tranquilízate por favor, si lo pediste no tardará en llegar-
Pero yo ya no recordaba si lo había hecho realmente. O si había llenado bien el formulario...
Las vigas, las columnas, todo me decía que me quedara, que en realidad ahí estaba mi hogar.
El hombre de los ojos de teatro, siempre me pedía que me quedara.
He logrado salir cuatro veces y en cada una de ellas, él iba por mí y me regresaba a la tienda como a un infante perdido.
A veces la arquitectura me hablaba, otras, el hombre; pero en ambas ocasiones yo sucumbía ante la muda belleza de un interior bien logrado. El pedido se había vuelto un pretexto para siempre volver.
El ángel exterminador de un cálido trato, de la pregunta sincera "¿cómo te va?" y el escucharte cómo te fue. Un sillón cómodo (la comodidad, la hermana callada, paciente y letal del placer) y una vista agradable a una fuente en la que jamás podré meter los pies luego de un día cansado.
Me duele pensar que la tienda cierre por siempre o que el hombre se vaya, pero en el fondo, ya hice planes para cuando eso pase.
La crueldad de la esperanza me obliga a no resignarme pero lo haré. Abandonando la promesa de mi pedido, yo seré la que abandone al edificio y abandone al hombre. Lo haré poco a poco, llegando más tarde, yéndome más temprano. Será tan sutil mi partida que mucho me temo (y me entristece también que) nadie notará.
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