A veces me dabas miedo

 Mirabas hacia el ventanal y tu postura tenía un ángulo extraño. Parecías un garabato con muchos ángulos agudos, como aquél del experimento de “kiki” y “bouba”, tu mano te tapa el ojo derecho y podía alcanzar a ver un pedazo de sonrisa debajo de tu antebrazo. Me mirabas con suspicacia y juego, si hubieras podido le hubieras comprado un cigarrillo a la señora que daba vueltas por la terraza del restaurante. A veces me dabas miedo. Pero creo que te escondías detrás de esa conducta errática e intensa, te escondías detrás de la intensidad de tus propios sentimientos. De una risotada fortísima o del llanto fácil, después de todo es difícil pegarle a la persona cuando es un manantial cambiante de emociones. Nunca mostrarías tu verdadero yo si estabas en constante anacronía contigo misma. Te incorporaste en el asiento y tratabas de explicarme las cosas con una emoción que era en parte fingida y en parte genuina. Por estas razones me das miedo. “Hace mucho que no me sentía así” dijiste con una brillante sonrisa en tus labios. Las circunstancias me habían llevado a conocer las profundidades de tus emociones y no parecías dispuesta a dejarme ir. Como esas almejas que cuando se cierran no se abren en horas, ahogando al buzo que por descuido metió la mano. Pero las pastillas parecían haberte dado una idea más racional de lo que estaba pasando. “¿Te incomoda que haga esto?” ¡Cómo no lo haría! Si antes había sido una ventaja mía el poder tocar las teclas de tus emociones como un piano ahora sentía la responsabilidad de las mismas. Me miraste como diciendo que estaba todo bien... Que disfrutabas del viaje, mientras alimentaras la hoja en blanco estabas dispuesta a sacrificar tu calma y tu tranquilidad.

Por una parte me dabas tristeza y por otra, como ya lo he dicho, miedo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Habla, no te ocultes en tu corazón (Speak, don´t hide within your heart)

Dolor

Popurrí