Fragmentos


La majestuosidad con la que la luz entraba a la casa era digna de una pintura al óleo. Pero no aquellas pinturas que adornan las estancias de los hoteles o de las salas de espera. Merecía que algún genio entrara con ellos y que lo primero que hiciese al llegar a su casa fuera pintar aquél corredor semi-vacío.

El abogado sin embargo, parecía bastante acostumbrado a aquella casa y su reacción fue la que cualquiera esperaba, abrir la puerta y entrar, recorrer el pasillo y sentarse en alguno de los sillones color crema. Al hacerlo, nosotros tuvimos que seguirlo y abandonar aquella magnífica escena. Entendí entonces el significado del arte y de la inspiración, está en todas partes sólo que no todos tienen ojos para verla.

-Bueno, en realidad, es un caso bastante difícil- dijo sin siquiera esperar a que nosotros tomáramos asiento. –Ésta casa en realidad no está a nombre de su madre, señor Maldonado. Y por más que usted la reclame, no hay base legal con la cual luchar por ella-

Mi mujer volteó a verme con esa mirada que ya conozco. “¿Por qué no dejas todo el asunto en paz, Miguel?” me decía sin hablar.

-Licenciado- empecé, como no había hablado en todo el trayecto mi voz sonó cuarteada –Esta casa tiene mucho valor sentimental para mí-

-Entiendo que usted nunca vivió aquí- me replicó interrumpiendo. Su traje de tonos metálicos, con un buen corte que lo envolvía con dignidad, sólo reforzó mi idea de que a él lo único que le interesaba era cobrar sus honorarios. Por lo mismo, su tono de voz era indulgente, como si yo tuviera tres años y él tratara de hacerme entender que no se puede conseguirlo todo en esta vida.

-Es verdad, pero por motivos personales, quisiera que esta casa se me heredara a mí y no a ninguno de mis hermanastros- usé ese mismo timbre y palabras lo más neutrales que se me ocurrieron.

Las razones eran bastante simplonas, concedo eso. Siempre, durante los últimos 25 años, había soñado con ese tipo de escenas. Una imagen que se me había quedado grabada desde mis ensoñaciones en la adolescencia. Y al morir mi madre, supe que tenía que obtener esa casa.

-Cariño- la serena voz de mi mujer me sacó de mi ensimismamiento -¿Estás seguro que quieres ir al juzgado por esto?-

Miré sus hondos y claros ojos. No teníamos el dinero suficiente como para llevar un juicio de más de dos meses, y según el abogado, esto tardaría al menos un año. A menos de que uno de mis hermanastros quisiera cedérnosla.

Me llevé ambas manos al rostro, le di las gracias al abogado y comenzamos a hablar de otras cosas relacionadas con la herencia.

Esa noche y antes de dormir, mientras mi mujer lo hacía. Volví a tener las mismas fantasías con ese pasillo. Un amplio jardín y sillas de metal dispuestas a ser anfitrionas de una fiesta de campo, esos sillones claros iluminados por la tarde de domingo…

Volteé a ver a mi mujer, quien plácidamente respiraba. Ella era más del tipo práctico y yo del soñador, cada vez que algún trámite fallaba ella solía resolverlo sin el más mínimo problema. Y cuando yo no podía, se enfadaba y se salía en su auto, a pasear, a despejar su mente. Mientras yo me quedaba sin pensar en lo que había pasado y en cambio, imaginarme ese jardín tan misterioso.

No es que llevara una vida mala. Mi trabajo como publicista en una agencia medianamente importante me dejaba buen dinero. Pero mis hermanastros eran dueños de un periódico de gran alcance y no podría contra sus abogados. ¿Qué podría hacer yo con un publicista con un talento medio bueno para la escritura contra sus despiadados abogados?

Mi mujer era nutrióloga pero trabajaba para una revista para adolescentes, escribiendo sobre consejos para mantener la línea y evitar las espinillas no comiendo chocolate. Tampoco le iba tan mal. Una vez a la semana se iba con sus amigas a tomar cocteles y comer, ellas eran adineradas y tenían cierto orgullo en no trabajar, en ser mantenidas por sus maridos. Por eso mi mujer siempre regresaba con una cierta satisfacción de aquellas reuniones, se sentía la oveja negra, la rebelde de un grupo inofensivo y bastante simple.

A ambos nos encantaba la lectura y por eso, habíamos pedido un préstamo al banco para construirnos un estudio de lectura con una gran biblioteca conformada de todo. Libros de publicidad, de medicina, literatura, poesía, enciclopedias, libros con imágenes de arte, de arquitectura, de fotografía. Cualquier tema que al ser escogido en una conversación, haría quedar al hablante como un refinado lector.

-¿Seguro que no es un deseo inconsciente el tener esa casa?- me preguntó ella en el desayuno. El antecomedor de colores vivos que según ella era un fashion statement y que a mí me parecía como sacado de la utilería de un show de los 70’s. El olor del café medio me despertó.

-¿A qué te refieres?- siempre le contestaba todas sus preguntas con esa misma respuesta.

-A que tal vez consiguiendo esa casa pienses que has conseguido el cariño de tu madre-

-Listilla de los cojones- murmuré dándole un sorbo a mi taza. –No lo sé, tal vez sí, pero eso sólo justificaría mi vehemencia con la que la quiero, ¿no?-

-Ahora eres tú el cabrón- me replicó riendo. –Podría ser que tus hermanastros te la dejaran si pudieran entrar en tu cabeza y examinar el cálido deseo que es para ti el tener la casa- dijo finalmente. Me dio un beso en la sien derecha, tomó su bolso de diseñador y salió por la puerta, dejando tras de sí una suave fragancia a lilas y cítricos.

Me había tomado el día debido a una infección en el oído izquierdo. A veces me mareaba y tiraba las cosas, o me daba jaqueca y fotofobia. Esa era otra de las razones por las que quería esa casa, la luz de su estancia no me molestó en lo más mínimo.

Me senté en uno de los acolchados sillones de la biblioteca. Observé los lomos de nuestros pequeños tesoros. Muchos de ellos te transmitían con ardor los deseos de su escritor…

Lo cual me dio una idea.

Cuando mi mujer regresó del trabajo, bastante acalorada por el clima de primavera, yo seguía escribiendo en el estudio.

Mandé una carta al día siguiente, era una carta de petición de empleo. Al periódico de mis hermanastros. Según la carta, yo era un estudiante recién egresado de la licenciatura de letras que quería colaborar con una pequeña columna. Mandaba algunos de mis mejores escritos, aquellos que no había enseñado a nadie

 

 

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