Implosión
Estabas caminando como siempre en la plaza nueva. Limpia y prístina, con sus baños sin rayar y sus escaleras sin pintarrajeados infantiles. Los ceniceros llenos de arena pura, y los botes de basura pulcros e inodoros. Paseabas entre los corredos blancos y grises, con sus escaleras de cristal y sus aparadores con los maniquíes desnudos. Las pocas tiendas que había ofrecían su nueva y escasa ropa al público sobreviviente de las implosiones anteriores. Las cafeterías y restaurantes que todavía servían comida orgánica no tenían meseros ya que muchas veces se robaban el alimento, así que las porciones las servía una máquina con más candados que un banco suizo.
Sin embargo, te gustaba plazear. Tu acomodada posición social te lo permitía, si bien habías perdido una casa en un siniestro misterioso como son las implosiones, todavía tenías otra en un lugar menos rico, pero acomodado aún así de la ciudad.
No te sentías superior a los demás y realmente no era tu culpa el haber nacido con ese estatus. Pero tampoco era tu culpa que la mayoría de la gente se hubiera quedado sin nada...
De repente se escuchó un sonido sordo y extraño, como si un terremoto del tiempo hubiera ocurrido... Una pequeña, ínfima bolita negra apareció justo enmedio de la plaza, encima de una cafetería de renombre mundial...
La poca gente que había se aterrorizó de sobremanera, ni siquiera se podían mover esa bolita emanaba una canción melodiosa que hipnotizaba a cualquiera que la escuchara. Tú llevabas puestos tus audífonos así que eras como Ulises frente a las sirenas y como él, no escapaste cuando tuviste oportunidad, no, te quedaste a ver qué pasaba mientras la plaza se iba hundiendo en la parte de la bolita negra.
La gravedad cambió en un instante y ahora los jalaba fuertemente hacia el techo, la gente se aferraba a barandales, maniquíes, mesas o cualquier cosa que estuviera aferrada al suelo que ahora se hacía techo... Veías la calle por los grandes ventanales, afuera no estaba pasando nada. Pero no podías salir, el ángel exterminador te impedía cruzar las puertas aunque estuviesen abiertas y sabías que en cualquier momento esa bolita negra iba a absorber cualquier ser vivo dentro de ella para no volver jamás...
Tuviste la frialdad suficiente para deducir que el único lugar en donde no te afectarían tanto los cambios de gravedad sería en un vestidor de cualquier tienda departamental, encerrado en ese cubículo imitarías el útero materno que te protegería del abismo.
Volvió a cambiar la gravedad y tú aprovechaste para caer dentro del departamento de blancos, un poco más y podías entrar al departamento de niños, en donde seguramente habría un vestidor.
Corriste lo más velozmente posible, y a tu carrera se le aúno el sentimiento de pánico que te daba el haber escuchado los rumores de que después de los cambios gravitacionales salía una criatura extraña e inefable que se tragaba todo lo que palpitara vida... Decidiste llamarla "Dios Otro" como los cuentos lovecraftianos e imaginaste que se arrastraba sobre sí misma como un Caos Reptante. Pero lo que más te apanicaba era el hecho de que escuchaste que esa cosa hacía que el siniestro durara años, casi siglos pues alteraba el espacio-tiempo alargándo la tortura de todo aquél que quedase atrapado en su zona de influencia- esto duraría eones si bien te iba.
Encontraste un vestidor y te metiste desesperado, anhelando y suplicándole a un dios terrestre que se apiadara de tí y te dejara salir no tanto con vida, si no cuerdo de esta situación.
Se fue la luz. Era de esperarse, pero ya no cambió la gravedad, si no que un "Tekeli-li" resonaba como eco por toda la plaza... Estabas horrorizado y nisiquiera podías rezar el padrenuestro...
Sentías como reptaba poco a poco, olfateando cada rincón en busca de alimento, uno a uno los gritos se apagaban y te preguntaste si esa cosa era inmortal...
Seguramente sí, incluso duraría más que la misma Muerte...
Esas cosas jamás mueren, no podrían morir nunca.
Y eso era exactamente lo que más temías.
Sin embargo, te gustaba plazear. Tu acomodada posición social te lo permitía, si bien habías perdido una casa en un siniestro misterioso como son las implosiones, todavía tenías otra en un lugar menos rico, pero acomodado aún así de la ciudad.
No te sentías superior a los demás y realmente no era tu culpa el haber nacido con ese estatus. Pero tampoco era tu culpa que la mayoría de la gente se hubiera quedado sin nada...
De repente se escuchó un sonido sordo y extraño, como si un terremoto del tiempo hubiera ocurrido... Una pequeña, ínfima bolita negra apareció justo enmedio de la plaza, encima de una cafetería de renombre mundial...
La poca gente que había se aterrorizó de sobremanera, ni siquiera se podían mover esa bolita emanaba una canción melodiosa que hipnotizaba a cualquiera que la escuchara. Tú llevabas puestos tus audífonos así que eras como Ulises frente a las sirenas y como él, no escapaste cuando tuviste oportunidad, no, te quedaste a ver qué pasaba mientras la plaza se iba hundiendo en la parte de la bolita negra.
La gravedad cambió en un instante y ahora los jalaba fuertemente hacia el techo, la gente se aferraba a barandales, maniquíes, mesas o cualquier cosa que estuviera aferrada al suelo que ahora se hacía techo... Veías la calle por los grandes ventanales, afuera no estaba pasando nada. Pero no podías salir, el ángel exterminador te impedía cruzar las puertas aunque estuviesen abiertas y sabías que en cualquier momento esa bolita negra iba a absorber cualquier ser vivo dentro de ella para no volver jamás...
Tuviste la frialdad suficiente para deducir que el único lugar en donde no te afectarían tanto los cambios de gravedad sería en un vestidor de cualquier tienda departamental, encerrado en ese cubículo imitarías el útero materno que te protegería del abismo.
Volvió a cambiar la gravedad y tú aprovechaste para caer dentro del departamento de blancos, un poco más y podías entrar al departamento de niños, en donde seguramente habría un vestidor.
Corriste lo más velozmente posible, y a tu carrera se le aúno el sentimiento de pánico que te daba el haber escuchado los rumores de que después de los cambios gravitacionales salía una criatura extraña e inefable que se tragaba todo lo que palpitara vida... Decidiste llamarla "Dios Otro" como los cuentos lovecraftianos e imaginaste que se arrastraba sobre sí misma como un Caos Reptante. Pero lo que más te apanicaba era el hecho de que escuchaste que esa cosa hacía que el siniestro durara años, casi siglos pues alteraba el espacio-tiempo alargándo la tortura de todo aquél que quedase atrapado en su zona de influencia- esto duraría eones si bien te iba.
Encontraste un vestidor y te metiste desesperado, anhelando y suplicándole a un dios terrestre que se apiadara de tí y te dejara salir no tanto con vida, si no cuerdo de esta situación.
Se fue la luz. Era de esperarse, pero ya no cambió la gravedad, si no que un "Tekeli-li" resonaba como eco por toda la plaza... Estabas horrorizado y nisiquiera podías rezar el padrenuestro...
Sentías como reptaba poco a poco, olfateando cada rincón en busca de alimento, uno a uno los gritos se apagaban y te preguntaste si esa cosa era inmortal...
Seguramente sí, incluso duraría más que la misma Muerte...
Esas cosas jamás mueren, no podrían morir nunca.
Y eso era exactamente lo que más temías.
Me resuena a la natural agonia de morir de viejo, como la seleccion azarosa de la enfermedad posterior a la muerte.
ResponderEliminarEn tu amor por las palabras, nunca falta tu amor por Lovecraft. Tus horrores cosmicos algun dia seran recordados como la herencia de aquellos de tu maestro. Asi mismo espero que los mios sean recordados como herederos de Chandler, mi maestro.
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