Los Cabos


Mi escritura está íntimamente relacionada con el agua. 
Y podría decirse que mi vida también.
Este último trimestre ha sido de pérdidas para mí. Pero creo que el ciclo se cerró de una manera muy simbólica.
Fui a Los Cabos de vacaciones la semana pasada. Todos me auguraban cinco días de sol, playa y mar. Pero hubo una tormenta tropical llamada "Ernesto" o "Eugenio" que inundó a la pequeña ciudad en un charco gigantesco de lodo y arena.
Era un hotel de lujísimo, ambientado como un Palacio... Pero inundado, sin agua y sin luz. Así había estado mi vida. Inflada de una soberbia inútil que no podía con lo más básico, que le faltaba lo primordial. Lloviendo durante todo el día y toda la noche. Hasta que decidimos regresarnos a la ciudad, sin importarnos todo el dinero que ya se había gastado, sin que el pagar mil pesos más por boleto de avión se interpusiera en nuestro regreso. Sin aferrarnos a la esperanza de unas vacaciones idílicas, sin anhelar más.
Al partir, la ciudad de San José del Cabo nos despidió con un resplandeciente Sol que no duraría mucho. Nos enteramos que la tormenta arreció y mandaron a mucha gente a albergues por la intensidad jamás presenciada en un pueblo de desierto y mar.
Escapamos justo a tiempo.

Mi mala suerte parece haber llegado a su fin. La dejé ahogándose en una piscina con agua de lluvia y de mar sucia.
Puedo decir que yo también morí asfixiada en ese hotel, que en la tragedia se parecía al de "El Resplandor" pero en un país de las Maravillas. Nunca regresó una parte de mí de esos laberínticos pasillos. Sin embargo, otra parte se contagió la naturalidad con la que los hongos crecían en la alfombra de los mismos (esto no es ninguna metáfora, realmente crecieron hongos debido a la humedad).

Aunque tal vez, el punto sea fluir con la corriente. Sin aferrarse a nada.
Sin anhelar.

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