Un sueño diurno


Estaba tirada frente a un cruce de caminos. No se podía ver más allá de la mitad de cada uno de los tres senderos que se abrían ante mí, como dedos que se encajan en lo profundo de la tierra negra. Un extraño ruido abisal me invitaba a seguir, como el sonido del viento en una habitación vacía. Yo sabía que estaba completamente sola en esto y como una maldición se me pegaba en las costillas, hiriéndome el esternón. Estaba abandonada en la celda de la soledad.
Levanté la vista, un cielo radiante y azul contrastaba con el negro que descendía por la línea del horizonte.
-Ya me estoy cansando- murmuré poniéndome en pie.
Me sacudí el polvo del vestido, polvo que parecía lima de hierro. Caminé hacia el primer sendero de la izquierda. La oscuridad me engulló sin abandonar al celeste de la bóveda.

Aparecí en una extraña habitación blanca decorada con estatuas negras pulidas hasta parecer casi espejos. En medio había un gran sillón de piel azabache, y sentado un muchacho unos años más grande que yo. Su vestimenta era muy elegante pero atemporal. Me sonrió y comenzó a recitar, no sé si un relato, un recuerdo o un sueño suyo. Sus palabras se volvieron ramas que se enredaron alrededor de mi cintura y subieron a mi pecho, al principio se portaron cariñosas y delicadamente me rozaban, a veces me hacían reír otras tantas simplemente cerraba los ojos y me sonrojaba. Pero después, se enterraron y envolvieron al dolor que me acechaba, lo hicieron palpitar, se volvieron su médula haciéndolo latir al ritmo de su dicción. Me tuve que arrodillar de tanta agonía.
-¿Sabes qué es eso?-
Levanté la mirada nublada por un vaho de sangre. Estaba llorando.
-Es la crueldad de la seducción- exclamó antes de cubrirme por completo de ramas.
Me sentía dentro de un capullo que latía en un adiós líquido. Me dolía el pecho y las manos me hormigueaban. No me sentía sola pero sí angustiada. No podía respirar.
De repente pude aspirar una gran bocanada de aire. Nuevamente estaba frente al cruce de caminos. Pero ahora sólo quedaban dos.

Ahora me dirigí al primero de la derecha.  Esta vez me detuve frente a una puerta abierta pero que estaba llena de agua, como una piscina vertical. Toqué el agua, estaba helada, di medio paso atrás. Decidí no ir por ahí, algo me inquietaba. El dolor del pecho disminuyó un poco.
Antes de poder volverme, una fuerza me empujó. Caí en el agua en cámara lenta. Nadé como pude a la luz que se veía en el fondo, la baja temperatura me acalambró los miembros pero seguí como pude. Cuando llegué a la luz ésta me succionó. Me aventó frente a un palacio blanco justo en medio del desierto. No quería entrar pero de nuevo algo me succionó adentro. Me llevó al vestíbulo, con una alfombra roja y unas escaleras que se intersectaban. Dos figuras iban bajándolas, dirigiéndose a mí. Eran muy diferentes, totalmente opuestas y bailaban un tipo de música como electrónica muy movida. Una silla apareció violentamente justo debajo de mi, obligándome a sentar en ella.
-¿Aguantarías el decir "te amo" una vez más, lanzándote al abismo otra vez, sabiendo que al final sólo te espera un peñasco?- pregunto una de las figuras, que era de colores y vagamente antropomorfa. Su voz era estruendosa pero clara.
- ¿Quisieras ver todo lo que tengo para mostrarte? Este palacio puede ser tuyo pero sólo si dejas que se inunde de vez en cuando.- La otra figura parecía una caricatura mal hecha de un hombre, era de color blanco y su voz era aguda.
Ambas me aventaron por las escaleras que daban al desierto.
-Para no ahogarte tienes que saber fluir. Deja de anhelar, es lo más parecido a respirar bajo el agua-

Sólo quedaba un camino. Me dirigí a él. Me dolían los pulmones y las rodillas. Estaba sangrando y completamente sucia.
Este camino no tenía sorpresas ni visiones extrañas. Seguía y seguía sin novedad alguna. Sólo hacía mucho frío. Sentí en mis adentros una renovada sensación de esperanza. Parecía la galería del corazón de alguien. Guardaba perfumes, voces, roces, todos cargados de melancolía y de felicidad por lo que alguna vez se tuvo.
Seguí caminando.
No ha desaparecido el dolor pero siento casi como si valiera la pena. 

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