Sigues siendo el gatito imperial
La Princesa sábado estaba limpiando su cocina
cuando tocaron a su puerta, ella dejó el mandil, la esponja y la cubeta en el
suelo y caminó para abrir. Miró a través del agujero, era el Coronel.
-¿Qué quieres? Pensé que ya no ibas a hablarme
por un buen rato- le dijo algo molesta. Sí, había llorado pero el orgullo era
demasiado y no quería que él pensara que ella era débil. Decidió hacerse la
ruda.
-Estaba un poco sacado de onda-
Ella se recargó en la pared y luego sacó un
cigarro de la cajetilla que tenía en una mesita al lado de la puerta.
-¿Por qué no querías jugar conmigo?-
preguntó ella en un tono seductor mientras lo miraba, él había recargado una
mano en la puerta y miraba hacia abajo, cuando escuchó la pregunta levantó la
cabeza.
-Tengo mucho que arriesgar, tú eres
la única que está sola aquí, recuerda que yo ya tengo a alguien-
-¿Y cuándo te ha detenido eso? No lo
digo porque tenga conocimiento de que lo hayas hecho sino más bien porque tú
nunca te has abstenido de nada por simples reglas-
-Princesa, te conozco desde hace
años, ¿cómo sé que ésta vez no estás jugando conmigo?-
-Me conociste cuando yo era una
adolescente, cuando tenía dieciséis, ahora tengo veintiuno, creo que ya maduré
un poco. Además, tener la seguridad de que vas a ganar no es jugar-
-Sabes que me puedo volver agresivo
cuando me molestan demasiado.-
-Yo no te molesto para hacerte
enojar. Vamos Coronel, esta es una oferta que caduca, tómalo o déjalo-
-Pareces bastante segura de hacer esto-
-No puedo decirte que ya me conoces
porque no me conoces cuando dijo las cosas en serio. Sé que te gusto, ¿qué no
tienes curiosidad?- ella sonrió por lo bajo. (Tal vez el edificio me esté ganando, tal vez el Palacio me esté
tendiendo una trampa. Pensé que ya le había ganado)
-¿No
será la soledad la que habla por ti?-
-La
verdad no lo sé, es posible, también puede que esté aburrida. Vamos a jugar un
juego, no voy a jugar contigo, voy a jugar a tu lado, ¿qué dices? Bah, para qué
te pregunto. Dirás que no, sabes que soy una niña mimada y berrinchuda que sólo
dice cosas para saber el efecto que causan en los demás… Pero, ¿qué tan lejos
puedo llegar ahora?-
-Tendré
que pensarlo muy detenidamente, Sábado. ¿Tú que ganas con esto? ¿Seguridad, auto-confianza,
poder o placer?-
-Todo
eso. Por eso estoy tan interesada.-
-Sigues
siendo el gatito imperial, ¿verdad?-
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La Princesa Sábado en esos momentos tenía 16
años. Sonriente, fingiendo saber lo que hacía, guiaba al Coronel a través de los
árboles en el bosque cercano a su casa. Él, cegado por algún rasgo de ella, se
dejaba llevar sin tener idea de a dónde iban. No era de sorprender que al final
ella lo dejó parado en donde estaba para irse sin despedir y él, habiendo
depositado sus esperanzas en ella, se vio desilusionado después de enterarse en
ese instante que ella había estado jugando con él, eso y nada más.
La
vida da muchas vueltas y una de las más bruscas fue cuando, él habiéndose instalado
por fin en un departamento medio viejo y destartalado pero con apariencia
solemne, notó que alguien se había mudado al departamento de al lado. Una
muchacha joven, al menos unos 5 años menor que él, con el cabello castaño claro
en las puntas y café en las raíces las cajas con las que venía, le cubrían el
rostro.
-¿Quieres que te ayude?- preguntó él amablemente
-Sí, muchas gracias-
La voz de la joven y su aroma, lo golpearon como
un bate en el estómago. Cuando ella le
dio las cajas y él pudo ver su rostro, sintió como si el bate le hubiera dado
esta vez en la cabeza. Era ella.
La joven al verlo también palideció.
-Eres… eres…-
-Sí. Tú eres…-
-Dime Princesa Sábado, por favor, no me gusta mi
nombre y prefiero éste-
-Sigues siendo tan modesta como siempre-
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