El Palacio de la Soledad
El
edificio era un conjunto de departamentos a medio llenar. Con sus cinco pisos y
su pintura caída, se notaba que había sido planeado para ser de lujo pero su
exuberancia no había sido hecha a prueba de abandono. Tenía una pequeña
recepción en la entrada, pero ahora ya nadie recibía a los que llegaban, y
detrás de ésta, había un jardín abandonado, un cubo de luz al que rodeaban las
viviendas. El blanco de las paredes se caía y las manchas de humedad llenaban
al aire con su pegajoso aroma, unas cuantas plantas se adherían a las roídas
jardineras. Con todo, el edificio estaba impecable. El abandono parecía
artificial con tanta limpieza.
El
elevador con paredes de vidrio se escondía en una de las paredes del jardín,
estaba destinado a deleitar la vista de aquellos que lo usaran, pero ahora sólo
mostraría la decadencia del lujo. Cada piso albergaba 4 departamentos con
balcón. El último piso tenía los apartamentos unidos por puertas; seguramente
destinado a la familia del casero. En este caso, uno de esos departamentos
estaba destinado a mí.
Llegué
al último piso cargando unas cajas, me habían dicho que había gente viviendo en
el edificio pero no había visto a nadie desde que entré. Ante la puerta del
elevador, un largo pasillo color hueso con alfombra de color salmón y unos
cuantos jarrones sin plantas, se desplegaba.
Mi departamento era el principal, el que daba justo al elevador y al
jardín pero también tenía la mejor vista.
Caminé
unos pasos, dejé las cajas en el suelo y abrí la puerta con la llave. Todavía
llevaba su llavero, el corazón se me encogió al notarlo. Entré y empujé las
cajas con el pie. La blanca luz de la nublada tarde iluminó el apartamento
descolorido. Suspiré. Ésta era la primera vez que viviría sola. Y para empeorar
las cosas, en este gran edificio destartalado.
La
estancia ya amueblada tenía una ventana grande que daba a la calle, la vista
era una panorámica de la ciudad. La jardinera del alfeizar sólo tenía tierra negra.
Un escritorio viejo de madera cegaba una
puerta en la pared opuesta a la ventana. Como yo escribía y me había gustado la
vista, decidí moverlo a la ventana. El ruido de las patas al arrastrarlo resonó
en el pasillo, yo no había cerrado la puerta al entrar.
Me
senté en el viejo mueble y saqué un cigarrillo de la bolsa de mi abrigo. El
humo poco a poco fue viciando el ambiente, girando en caprichosos espirales. El
olor a humedad poco a poco retrocedía con el del tabaco, los aromas mezclados
daban como resultado una fragancia pesada y extraña, casi como de una persona…
A
través del humo, pude ver cómo un hombre se asomaba por la puerta. No era muy
alto y sus ojos parecían de gato, amarillos e inquisitivos.
-Hola- le
saludé bajándome del escritorio.
-Hola,
debes ser la hija de la antigua casera- exclamó él. Su voz no cuadraba con su
aspecto, él parecía demasiado correoso y su voz demasiado aguda.
-Sí-
contesté sin ánimos. Bajé la mirada y mis ojos se nublaron, mi nariz comenzó a
picar pero no quería recordarlo de nuevo.
-Lamento
mucho tu pérdida- por fin soltó. Es algo que siempre dice la gente cuando lo
que reamente siente es vergüenza o incomodidad por ver cómo una herida florece
en la piel del otro.
-Yo
también-
El
hombre se quedó en silencio. Más tarde, yo descubriría que ése iba a ser su
sello personal, quedarse callado. Sacó de la bolsa de su pantalón, una
cajetilla y se puso un cigarro en la boca, con los ojos preguntó si podía fumar
y de la misma manera yo le respondí afirmativamente. Cualquier cosa que alejara
ese odioso olor a humedad.
No
había notado que él no había entrado al departamento, simplemente se quedó en
el umbral, recargado en el marco de la puerta. Lo invité a pasar.
-¿Quieres
algo de tomar? Puedes sentarte donde gustes, sólo que no he lavado los sillones
y parece que están algo mojados…-
Él decidió
sentarse en el escritorio, yo pasé a la cocina, que no era más que una barra
con algunos muebles detrás.
-Gracias,
con algo de refresco estoy bien-
Busqué en
la hielera que había traído el día anterior, había dos jugos y unas cervezas.
-No tengo
refresco, sólo jugo y cerveza-
-Entonces
mejor aún, dame una cerveza-
Caminé
hacia él y se la di, yo decidí recargarme en la barra de la cocina.
-¿Vives en
este piso?-
-Sí, soy
tu vecino directo. Esa puerta de allá- señaló con el cuello de la botella a
donde antes estaba el escritorio –da a
mi apartamento. Claro, es la mitad del tamaño del tuyo pero yo no lo heredé…-
calló repentinamente. Yo no dije nada. Otro silencio.
-La gente
que vivimos aquí le llamamos ‘El Palacio de la Soledad’- por fin dijo
-¿Ustedes
también? Mi madre así le decía, también solía decirnos que el edificio
marchitaba a los que vivían en él, que tal vez si regresábamos a vivir aquí, el
edificio se pondría contento-
-Puede que
tenga razón-
-Tonterías.
Sólo hay que arreglarlo un poco, darle mantenimiento-
-Sola te
costará mucho trabajo-
-Suena
bastante acogedor, entonces- dije sarcásticamente
-¿A qué te
dedicas?- me preguntó
-Estoy en
mi año sabático, quiero hacer un posgrado pero la fecha de ingreso es hasta
dentro de 15 meses. Iba a meter mis papeles para irme al extranjero pero… No
tengo dinero ni ánimos para hacerlo, ¿Y tú?-
-Yo soy
escritor freelance, aunque ahorita
trabajo en una biblioteca-
Fue ahí
cuando sentí el primer síntoma de vivir en el edificio, un leve aumento en mi
frecuencia cardíaca.
-No me has
dicho tu nombre- pregunté cuando él se bajó del escritorio
-Tú
tampoco pero lo adivinaré, princesa-
-¿Princesa?-
-Claro,
eres la nueva dueña del Palacio, ¿no?-
Lo
miré un poco incómoda, él se rió y pude notar su extraña dentadura, los dientes
demasiado largos.
-Cualquier
cosa, no dudes en llamarme, sé mucho de mantenimiento, durante mucho tiempo yo
fui quien cuidó del edificio-
-Lo tendré
en cuenta, Coronel-
Me ha gustado mucho la historia, y más porque es como una situación contrafáctica de la Princesa y el Coronel!
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