Mientras con los dedos parece que escribes, que dibujas un árbol o un laberinto intricado, quisieras que el tiempo no pasara que no tuvieras que salir de ahí y sentir a la noche que te reclama que vuelvas a tu casa.
Y no pensar que el oasis que se aparece en medio de un desierto helado es simplemente una escala. Como las entrañas de un animal, sobre cuyo vientre puedes recostarte y dormir acurrucado en su pelaje sabiendo que cuando él despierte bien te puede devorar.
Pero regresar a la neblina... ¿Realmente sabes qué quieres?
(Cierras los ojos y te ríes de cualquier cosa, ¿Estás feliz? Claro que lo estás, después de tanto tiempo... Tus antiguas mañas de caminante vagabundo se han vuelto ahora mecanismos de defensa, no tienes por qué ser tan brusco conmigo.
Sé que puedo equivocarme.)
Los árboles rasgan el cielo con sus ramas esqueléticas, la luz de los faros se estampa contra la niebla.
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