Paso hacia afuera del laberinto -1-

Egoísmo es una palabra muy extraña. 
Puede denotar tanto a alguien que se preocupa en demasía por sí mismo hasta alguien que sólo le importa su persona. Supongo que hay grados. 
En su mayor exponente está el solipsista (usando un término técnico de manera informal) y normalmente la gente angustiada entra en esta categoría. Sólo pueden ver sus propios sentimientos, sólo pueden sentir su propio punto de vista. No hay más. No sirve hablar con ellos porque están atrapados en el espiral de su propio desastre.
No me voy a detener a explicar los diferentes tipos de egoísmo. Pero sí voy a ahondar en la etimología de la palabra. Es de común conocimiento que la palabra 'egoísmo' viene de 'ego' que en algún idioma antiguo significa 'yo' y la terminación '-ismo' que según alguien me dijo que significa algo como 'estar de acuerdo' o 'seguir lo que dice' y me puso como ejemplo las palabras 'humeanismo' que significa una postura a lá Hume y se me acabaron los ejemplos. El punto es que alguien egoísta es alguien que hace todo lo que el 'yo' (no me estoy metiendo con Freud) le dicta. En otras palabras, hace todo lo posible para que él y los demás tengan en alta estima a ese 'yo'.
Con esa aclaración vemos que el egoísmo no es tan malo. Es decir, todos nos queremos, si no, no estaríamos aquí sino que nos dejaríamos atropellar, morir de hambre o de frío. Para poder querernos a nosotros mismos, nos cegamos un poco ante nuestros defectos y carencias. Si fuéramos realistas con nuestra persona, seguramente nos deprimiríamos. 
Ahora bien, ¿cuándo es dañino el egoísmo? Pues cuando satisfacer a esa idea de 'yo' se vuelve todo en nuestras vidas. Amigos, familia, trabajo, todos son sirvientes para ensalzarnos a nuestros ojos, pensando que así los demás también nos querrán. Si nos niegan ese cariño, los alejamos, les echamos la culpa, cualquier cosa necesaria para que ese tiránico 'yo' esté a salvo. Sacrificamos las relaciones por nuestro propio bienestar.
Claro que ésta actitud nos puede llevar muy lejos. Tener éxito en nuestras metas individuales, el camino parece más ligero si lo recorremos solos. Pero hay un precio a pagar, y es el estar solo. 

Cambiar es un proceso muy difícil. Ahí tenemos que pedir la paciencia que tanto le hemos negado al mundo o aguantar a aquellos que son igual al 'yo' que intentamos cambiar. Nos van a rechazar, nos van a alejar... Es bastante probable que no sepamos qué decir al principio, ni siquiera por dónde empezar a cambiar. Las palabras nos van a costar muchísimo esfuerzo. Fracasaremos una y otra vez. Pero hay que tenernos paciencia a nosotros mismos, entender que si bien ya tomamos la desición, solamente el tiempo nos dirá cómo proceder. Tal vez nos volveremos sabios y sabremos distinguir entre oportunidades y arrebatos. 

Sin embargo, también es normal perder el ánimo de vez en cuando. Deternos a contemplar con tristeza cuánto trabajo nos cuesta. Tendremos que tomar en cuenta que esto es absolutamente necesario, si entendemos cómo nos sentimos, si nos damos oportunidad de quedarnos sentados después de la caída, será más fácil acompañar de esa manera a algún ser querido que haya caído también. Si nos permitimos sentir el fracaso comprendermos más a quien siente que ha fallado.

Pero es más fácil decirlo que hacerlo...

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