La casa seguía creciendo (1/n)
You will make sure the fiction meets its fate.
The Willing Well III: Apollo II: The Telling Truth, Coheed and Cambria
Se suponía que había dejado de fumar pero el humo que venía de las mesas contiguas era demasiado tentador como para no levantarme, saludar y utilizar el viejo truco para conseguir cigarros gratis, que es: — Oye, ¿me podrías vender un cigarro?- pregunté sonriendo.
La joven mujer que hasta ese momento había estado platicando con su mamá me devolvió la sonrisa y me dijo, -no te preocupes, te lo regalo.
Estaba muy aliviada de que no estuvieran fumando uno de esos cigarros electrónicos. Olían siempre a dulce quemado y me daba asco compartirlos.
—¿Te da asco compartir cigarros electrónicos? Has compartido cigarros normales todo el tiempo, además, sabes que fumar es malo, de por si tienes las uñas todas mordidas ahora quieres que estén amarillas, me imagino.
El hombre sentado frente a mí replicó con un cigarro en su propia mano.
“A ti nadie te preguntó, además ya sabes lo que dicen” pensé.
— No se puede dejar de fumar, solo hacer más largas las esperas entre cigarros.
El hombre estaba vestido con una gabardina y un sombrero de fieltro. Sus manos parecían callosas y fuertes, las uñas perfectamente recortadas al filo para mayor practicidad, en uno de sus dedos, un anillo grande plateado. Su rostro estaba medio oculto por la sombra que proyectaba su sombrero y lo único que saltaba a la luz eran sus ojos.
Laura ya llevaba media hora de retraso y de no haber sido porque me gustaba este lugar y porque de verdad no tenía nada mejor qué hacer en mi casa, me hubiera ido.
La cafetería estaba tranquila y Laura era conocida de la dueña, alguna vez me había contado su historia pero la había olvidado o la había mezclado con la historia de alguien más. Seguramente Laura se había quedado pajareando o preocupada por no salir en fotos de stock. O sea, sí era una mujer muy guapa y al mismo tiempo un poco olvidable, el término medio perfecto para ser modelo de stock.
El humo de mi cigarro daba vueltas, se mecía perezoso flotando entre partículas de polvo.
—Espera- dijo el hombre frente a mí -esa frase NO es tuya.- Se acercó a mí inclinando su torso sobre la mesa, su blanca piel contrastaba poco con su cabello, gris. Parecía el recorte de una revista vieja.
Sacudí la cabeza para ahuyentar ese pensamiento, me quité los lentes de sol y me le quedé viendo a la calle. En una pared estaba pintarrajeado uno de esos anuncios del gobierno contra el uso de drogas, encima le habían pisado “Vivir sin drogas es sobrevivir”. ¿Qué clase de drogas estarán de moda ahora? En los 70’s, al menos en Estados Unidos estaban de moda los psicodélicos, luego la coca, luego… ¿Las tachas? Ni idea. Heroína o piedra, o quién sabe. Laura seguro sabría más.
De pronto todo se puso oscuro. Sentí frío en los ojos y me llegó un aroma a vainilla.
— Ya te habías tardado, Laura- exclamé quitándome esas manos frías con cuidado.
— Tengo algo muy importante que contarte- dijo sentándose y saludando con la mano a la dueña de la cafetería.
El hombre ahora estaba recargado contra el árbol que nos daba sombra, no parecía interesado en nuestra conversación.
— Ajá, ¡pues cuéntamelo de una vez! Llevas todo el día con eso y no quisiste darme ni una pista.
Laura no cabía en sus calzones de la emoción. Me tomó las manos por encima de la mesa.
— ¿Te acuerdas que me habías contado de un tal Marco Aurelio Trejo?
Sentí un golpe de calor en las mejillas y una sensación de pesadez, bajé la mirada y me rasqué la cabeza. El hombre del árbol súbitamente se levantó el sombrero, la luz del sol le dio de lleno en la cara, su rostro cubierto a la mitad por una barba gris tenía perfil romano y sus ojos ámbar se centraron en Laura.
— Sí, el personaje de los cómics que nos encontramos en la carrera. Pero, ¿eso qué? Eso fue hace un chingo de tiempo, Laura- volteé a ver discretamente al hombre de la gabardina y el sombrero de fieltro.
— Así que no le has dicho nada de nada, pensé que eran mejores amigas- dijo él.
— Sí, ya sé que es un personaje y todo pero ¿qué tal si fuera real?- dijo Laura sonriendo de oreja a oreja.
Si me hubieran echado un chorro de agua fría en la espalda no lo hubiera sentido más real. El estómago me dio un vuelco y aspiré profundamente pero me atraganté con saliva y empecé a toser fuertemente. El corazón me latía en la garganta y sentí que el aire se me iba.
El hombre se puso detrás de Laura y puso sus manos en los hombros de mi amiga.
— ¿A qué te refieres?- exclamé entre tosidos. Apenas si pude darle un trago a mi chai para calmar la tos.
—Sí, ¿a qué te refieres, Laura? -preguntó él también.
— A que encontré a alguien exactamente igual en la mañana. Qué tal si el autor de los cómics realmente existe.
Se detuvo ese overdrive de sensaciones instantáneamente.
— Así que no se ha dado cuenta, todavía- dijo el hombre para volver a su puesto de guardia en el árbol.
Suspiré profundamente y levanté la mirada, relajando todo mi cuerpo. Cosas típicas de Laura.
— ¡Oye, estoy hablando en serio! Mira, en la mañana estaba de camino al trabajo y me encontré a alguien igualito a él. Bueno, a lo que recuerdo que era, ¿sí? Como sea, me dio la sensación de que él es el autor de esos cómics o sabe algo al respecto.-
— Pinche Laura- exclamé entre dientes. -Bueno, bueno, ya. ¿Sabes lo difícil que va a ser encontrarlo de nuevo? De todas formas, ¿por qué dices que tiene que ver con los cómics? Ahora quieres ganar la apuesta, ¿o qué? No manches, yo no voy a pagar esa madre, caducó hace unos, ¿cuánto? ¿Diez años?-
— No es por la apuesta, Mariarosa, es por el misterio, es por la emoción. Nunca supimos de dónde salieron, ¿no te quedó ni un rastro de curiosidad?-
Recordé las noches de insomnio en donde leía de una sentada todos los volúmenes, ocho, los cuales contaban toda la historia del detective Trejo. Más que obsesionarme con el autor, me obsesioné con él, con el personaje.
— Y a tus servicios quedo- dijo él, levantándose el sombrero.
—No tanto, en realidad, ¿tú sí? No te los quisiste quedar, me los dejaste todos.-
— Porque sabía que si me los llevaba, mi hermano iba a robármelos y perderlos.-
— Por cierto, ¿cómo sigue?-
— Mal.-
Su mirada, que había estado emocionada y llena de vigor, se apagó. Volteó a ver al árbol en donde estaba el detective Trejo y se recogió el cabello castaño en una cola de caballo. Sus rizos caían elegantes sobre su cuello y se recargó en su mano izquierda. Su smartwatch marcaba las 19:45. El fondo era de Rirabbu, la burrita tan bonita que Laura adoraba. Tenía su encanto, no puedo negarlo, aunque yo había empezado a usar mi llavero de Rirabbu solo por ella.
— Chale,- solo alcancé a decir. – Es bien cansado cuidar enfermos.
— Sobre todo si el mugre enfermo no quiere cuidarse.
Laura nunca decía groserías. Esas me las guardaba a mí. Y era bien raro porque en la licenciatura decía un chingo, incluso más que yo, de hecho había muchas que ella me había enseñado.
— De todas formas, no vengo a hablar de él sino del sujeto este- Laura se incorporó en su asiento y levantó la mano, por fin iba a pedir algo. Lo de siempre, me imaginé, un frappé de matcha.
— Anita, ¿me podrías dar un frappé de matcha?-
— No importa, no me interesa ya saber quién escribió esos cómics, tampoco es como que estén tan bien escritos, el personaje principal es odioso.-
El hombre detrás de Laura empezó a reírse a carcajadas. —Discúlpame pero no te obsesionarías así con un personaje mediocre a menos que tú lo fueras también.
— Pues a mí no me interesa la historia- le dió un largo sorbo a su frappé. —¡Ay, virgen santísima, se me congeló el cerebro!-
Me empecé a reír. Yo le di un trago a mi chocolate caliente. No sé de dónde sacaba Laura tomar algo frío con este clima.
— Entonces, ¿qué te interesa?
— De dónde salieron, obviamente. Son un misterio sin resolver y me gustaría resolverlo yo, o nosotras, si es que quieres unirte a mi cruzada.
— ¿Como la cruzada contra las fotos que te toman a escondidas para hacerlas de stock?
Su mirada se endureció y puso los ojos en blanco.
— Esa es una cruzada personal y es muy seria. No tiene nada que ver contigo.
— Está bien, tranquila, no te sulfures. Sé que es algo serio.
Realmente no era algo serio. Quién sabe de dónde lo había sacado, sobre todo porque nunca había podido enseñarme ni una foto de stock con su cara.
— Bueno, ¿y cómo le vas a hacer? Para empezar, ¿quién es este wey del que hablas?
— No sé, estaba persiguiendo una gatita calico cuando se escondió debajo de un carro y ahí estaba él, tratando de atraparla también. Lo vi e inmediatamente supe que tenía algo que ver con nuestro misterio.
Suspiré.
Ya se le había metido en la cabeza que era nuestra misión e iba a ser imposible quitársela.
— ¿Y le dijiste algo?
— Eh, no, no le dije nada.
Pude notar cómo se sonrojaba y se mordía un mechón de cabello.
— Deja de morderte el cabello, Laura. ¿Entonces? No podemos hacer nada con esa información. Fin del caso, un desconocido se te figuró el autor de unos cómics que encontramos hace diez años, no le preguntaste nada y ahora es parte de la masa anónima de la Ciudad de México, conformada por 19 millones de habitantes. Caso cerrado.
El hombre comenzó a aplaudir.
— Ni yo lo hubiera dicho mejor. Me quito el sombrero ante la detective Mariarosa López Calzada.- Con un gesto teatral lo hizo, en su cabeza había un mechón blanco entre el gris y negro de su cabello. Aparté la mirada justo antes de que nuestros ojos se encontraran.
—Noto que estás muy dispuesta a despachar el asunto -exclamó Laura. Una pequeña sonrisa se había dibujado debajo de sus chapas y su flequillo castaño.
— Pues, pues claro que sí. No tengo muchas ganas de andar buscando extraños en la ciudad solo porque se me figuran el protagonista de unos cómics que nadie topa.
— Sabes que ésa no es la razón por la que quieres, ¿cómo se dice? Darle carpetazo al asunto.- Dijo el hombre.
— A mí se me hace que hay otra razón por la cual quieres darle carpetazo al asunto.-
— ¿Eh? ¿Cómo cuál?- le di un sorbo a mi chocolate y me empecé a atragantar. La dueña del café se me acercó con un vaso de agua y le agradecí.
— No sé, no sé, solo hay algo en ti que me hace sospecharlo. Además, yo no dije que se me figuraba el protagonista, dije que parecía que tenía algo que ver.-
— Pues no hay mucho que indagar, somos unas treintonas, ya estamos muy viejas como para andar en aventuras pintorescas por la ciudad. Además podría ser peligroso, no sabes qué clase de hombre es ese tal autor, si es que lo es.
— No seas aguafiestas, María, es precisamente por eso que tenemos que ir en aventuras pintorescas por la ciudad. Yo sé lo aburrida que es tu vida, lo aburrida que es mi vida. Sé de la ansiedad que nos consume en los pequeños momentos que no tenemos nada qué hacer. Tenemos que hacer algo con esos instantes que son nuestros.
— ¿Y eso es buscar hombres extraños por la ciudad?
— No, eso es resolver un misterio que lleva diez años sin ser resuelto.
— Tal vez por algo no se ha resuelto en esa década, tal vez hay una razón detrás de su misterio. Hay secretos que es mejor dejar guardados.
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