El orgullo de una madre

Honrarás a tu padre y a tu madre. III Mandamiento


Yo siempre he sido gordita, con huesos grandes, chula de gorda, rechoncha, como quieran llamarme, y jamás me he sentido mal por eso, a pesar de las burlas y las risas constantes nunca pensé en operarme o entrar a un gimnasio o siquiera ponerme a dieta. La que deseaba verme delgada era mi madre y todo su séquito de modelos retiradas, o séase sus amigas del trabajo. Decía que estaría verdaderamente orgullosa de mí cuando tuviera talla 0 o 2.
-Esperanza, siempre con tus ropas todas holgadas, ¿qué es esto, amarillo y azul? Hija, ¿en qué estabas pensando?-
-Mamá, déjame en paz, yo no soy modelo como tú, ni estoy tan bonita ni tan buenona, eres la envidia de mis amigas y el sueño húmedo de mis amigos, ¿Feliz?- dije sentándome a desayunar.
-Hija, sólo quiero lo mejor para ti… Mira, tómate estas pastillas, con ellas bajarás de peso en 2 días- dijo mostrándome una pastilla azul eléctrico, la cual me dio mala espina.
-No, gracias, prefiero estar gorda y no ser un estúpido zombi todo alienado que tiene cuerpo perfecto y la cabeza llena de helio- contesté levantándome y agarrando tres bollos rellenos.
-¿De verdad hija?- murmuró mi madre enigmáticamente, pero no le presté atención.
En esa semana empezaron a haber rumores de que había mujeres hermosas que se comían a la gente, casi siempre hombres jóvenes y niños. Nunca les hice mucho caso, los mitos urbanos siempre son una tontería.
Pero esta vez, era en serio…
Fui a Plaza Delta en el sur de la ciudad, acompañando a mi madre a comprar nueva ropa, a mi edad yo ya estaba acostumbrada a que la gente pasara y le pidiera fotos a mi mamá. Daba igual, ella siempre los mandaba al diablo. Comimos dentro de la misma plaza, y extrañamente, mi madre se ofreció a traerme la comida desde el stand sin que yo me levantara cuando casi siempre me obligaba a dar 3 vueltas a ver si así “hacía algo de ejercicio”.
De repente el incómodo silencio que siempre nos escoltaba a la hora de la comida se vio roto por un afilado y agudo grito desde una tienda de ropa talla 0. Una jovencita, casi una niña había empezado a atacar a su padre (un señor gordo) mordiéndolo, rasguñándolo, desgarrándole la piel del cuello y de la cara, como queriéndoselo comer…
Mi madre me tomó de la mano y corriendo nos sacó de ese lugar, que desde ese momento sería conocido como Plaza Delta Muerte…
Una a una, las colonias fueron cayendo en el poder de esos monstruos talla 0 y cutis de porcelana. Se comían el cerebro y el corazón de las personas, dejando cuerpos vacíos y calles llenas de entrañas y vísceras humanas. La gente, o más bien, los hombres y los niños se escondían en sus casas saliendo sólo los últimos para conseguir algo de comida. Los supuestos monstruos vagabundeaban por las calles, con sus zapatos de marca y ropa de diseñador, incluso aquellos que habían sido pobres en vida asaltaban las ahora vacías plazas en busca de ropa, zapatos y perfumes finos, siendo para esto lo único en lo que ocupaban su casi extinto cerebro humano.
Me desmayé un día dentro de nuestra cuarentena autoimpuesta en casa, supongo que de tanto horror visto, y según mi madre no dormí más que 8 horas, sin embargo yo pensé que había dormido mínimo por dos días. En ese lapso tuve un sueño, en el cual mujeres de cabello perfecto y cuerpo de tentación me ataban a una silla y me obligaban a comer carne humana mientras veía en la televisión que mataban a gente de hambre e inanición… Despertando, lo primero que hice fue encerrarme en mi cuarto y ponerme a leer lo más profundo que encontrara, tratando de alejarme de las noticias, de la tele y todo el horror que transmitían. Yo había llegado a la conclusión de que había sido un medicamento para bajar de peso lo que las había puesto así, las noticias respaldaron mi comentario… Bueno, las pocas noticias que quedaban, ya que las presentadoras ahora eran monstruos come-humanos; habían dicho que todo era por la pastilla Slimyection 2000, la cual anunciada con un bajo costo y rápidos resultados había sido todo un éxito, pero que contenía plantas tóxicas e incluso alucinógenas que causaban un estado como catatónico y parecido a la muerte en las 48 horas siguientes de la ingestión y que al despertar sufrían de unos deseos agudos de comer carne humana, ya sin noción, sin conciencia y sin recuerdos por lo dañado que estaba el sistema nervioso.
Empecé a notar rara a mi madre… Emergía a la calle en las tardes a buscar comida, pero siempre regresaba con ropa nueva y un poco de carne casi cruda para mí, sus amigas venían muy seguido a la casa a pesar del peligro que representaba salir. Comencé a sospechar de su condición, y armándome de valor salí a la calle y me compré en las ahora abarrotadas tiendas de armas, un revólver Colt (siempre he tenido inclinación hacia los clásicos) sintiéndome una especie de Milla Jojovich gorda y morena, sospechando que ella ahora sería uno de los otros, uno de ellos… Un zombi.
El gobierno estaba indiferente y los escuadrones de película sólo actuaban en países de primer mundo por lo que emprendí una épica matanza, al principio aterrorizada de lo que estaba haciendo, después resignada y al último indiferente… Eran simplemente monstruos y eso les había pasado por tragarse toda la telebasura e imágenes de flacas de los medios. Disparo a disparo era de las pocas personas que lograba salir viva de los ataques de estas modelos asesinas, claro que perdí una mano y muchas veces pensé que moriría pero extrañamente nunca lo hacía.
Llegué a matar a más de 20 en mi colonia, y me sentía una redentora… Pero siempre trataba de evitar a mi madre y a su grupo de amigas, presuntas zombis de la colonia… Simplemente no podía matar a quién me había dado la vida…
No tenía miedo de que me confundieran con una de ellas, pues ya saben que soy gorda y fea, así que me sorprendí cuando un hombre con anteojos me disparó en la calle acusándome de ser un monstruo, claro que no me iba a dejar, por lo que le disparé de regreso… Le di en una pierna y me acerqué a él, con la intención de demostrarle que no era un zombi y tratar de ayudarlo, pero en ese momento arremetieron contra mí unas ganas desgarradoras de matarlo a mordidas, de abrirle el cráneo y saborear su líquido encefalorraquídeo, me acerqué a él lentamente sólo para ver reflejada en sus lentes a una joven muy parecida a mí, pero cien veces más hermosa...
-¡Madre!- grité llegando a mi casa llena de sangre tanto yo como mi hogar. Ella estaba sentada, conversando con sus amigas, limpiándose las manos de un líquido sanguinolento.
-¿Qué tienes hija?- dijo mirándome con unos ojos vacíos, yo le apunté con el revólver –No eres capaz de dispararme- asentó fríamente –No puedes dispararle a tus semejantes, mucho menos a quien te hizo así- respondió señalando mi ahora estilizado cuerpo.
-No, no es cierto… yo no soy como tú, jamás lo he sido, nunca me tomé esa pastilla- tartamudee bajando un poco el revólver-
-¿No recuerdas esa vez que te llevé tu comida en plaza Delta?, después de eso dormiste 2 días tiempo suficiente para que la pastilla surtiera efecto, pero como nunca te gustó mirarte en el espejo jamás notaste el cambio. Siempre te dije que debías de ser hermosa, como yo-
No pude aguantar más, y sentí que perdía la razón, cuando la realidad es que desde hace una semana la había perdido. Quise disparar pero no pude, ella era mi madre, ella me había hecho así… No importaba, todo estaba bien, al final, había enorgullecido a mi mamá.

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