Yo nunca he sido un poeta.(borrador)
Sus ojos se detuvieron en el resplandor que el cañón del revólver le arrancaba a la luz del farol. Se detuvo a mitad de la oscura banqueta y levantó la cabeza al cielo, aspiró profundamente una bocanada de aire frío. Sintió un subidón de energía al tiempo en que sus pulmones se llenaban, de ahí agarró valor para continuar.
La noche se le antojaba melancólica y a la vez extraña, como cuando uno sueña algo demasiado raro como para describirlo y sin embargo, placentero. Sí, eso era, se sentía como detrás de una pared transparente, como si todo esto no fuera más que una ficción que él leía sentado tranquilo en su casa.
Un dolor punzante en el pie lo hizo regresar a la realidad, había pisado un clavo que por estar atorado entre las baldosas del suelo, estaba con la punta hacia arriba.
Pero él siguió, ahora nada lo iba a detener.
Guardó la pistola en una bolsa de papel y se la puso bajo el brazo.
Por fin llegó al motel en donde lo habían citado. Era uno de mala muerte, en la entrada estaban recargadas contra la pared varias prostitutas en estado deplorable, el humo de sus cigarros llenaba el ambiente de un olor acre pero agradable, las luces apenas si las tocaban, parecían estatuas que de a poco se movían, sus labios siempre estaban ocupados, ya fuera dándole caladas al cigarro o hablando con los hombres que, de incógnito se acercaban a ellas.
Varias de ellas le silbaron cuando cruzó el umbral
El paquete que él llevaba en el antebrazo lo lastimó un poco.
"¿Habitación?" preguntó el gordo recepcionista sin apartar sus ojos de una pequeña tele a blanco y negro.
"Me esperan"
El recepcionista lo volteó a ver con suspicacia, sus grasientos dedos tomaron el teléfono y marcaron un número.
Las paredes tenían un horrible tapiz verde esmeralda profundo, los muebles eran tipo Luis XV pero sumamente descuidados, en los brazos de los sillones se podían ver quemaduras. Había un reloj de pie cuyo péndulo ya no funcionaba. Al parecer el motel había sido un hotel de lujo que perdió la elegancia cuando el barrio comenzó a decaer debido a la bancarrota nacional.
"Habitación 116" por fin exclamó el gordo señalándole un pasillo imperceptible que desembocaba en unas escaleras.
Sus pasos eran amortiguados por el polvo y eran silenciosos a pesar de que el piso era de madera y de que había varios hoyos y tablones sueltos. El barandal se le antojó hasta pegajoso y cálido, como un animal.
Su corazón le palpitaba locamente, su respiración parecía empeñada en ahogarlo y su garganta se había enredado en sí misma, como intentando protegerse.
Por fin llegó. El número "116" estaba en la puerta, los dígitos antes dorados ahora parecían más bien de fierro negro. Dudo en tocar pero sintió en los dedos y en los nudillos la corriente eléctrica de los nervios al mandar una señal desde el cerebro. Y su cerebro interpretando la música que se oía a lo lejos, una música que venía de la ventana al final del pasillo y que sonaba a sentencia, su mente como un capitán atento al muelle en espera de la señal para disparar sus cañones. Finalmente, casi inconsciente su mano se movió y golpeó dos veces la puerta (tal y como le habían dicho que hiciera).
No tardaron ni 2 minutos en abrir. Un hombre gordo y con una cicatriz que iba desde el ojo hasta la mandíbula lo recibió.
"Llegas temprano" dijo secamente. Si el ácido pudiera hablar, seguramente ése sería su tono de voz.
Lo pasó no sin antes mirar hacia los dos lados de la puerta.
La habitación tenía los tapices rosas y los viejos muebles color café, parecía la habitación de una muchacha que vivía en el campo, llena de madera y de muebles delicados y con buen gusto.
"Conoces las reglas" exclamó el de la cicatriz.
Asintió.
En medio de la habitación y en medio círculo, estaban sentados 6 hombres de mediana edad. Todos ellos vestidos de traje, al lado del primero de derecha a izquierda, había un maletín negro de piel.
"De seguro ahí está mi dinero" pensó
Los hombres lo miraron inquisitivamente, él no quiso retroceder pero sus ojos eran demasiado penetrantes...
"Si sobrevives, te llevarás los 6 grandes" dijo el primero
"Tienes 3 intentos" dijo el último
Él se paró justo en medio de la congregación de señores, sacó el revólver y le cargó 3 balas en el barril de 6.
Los hombres se revolvieron ansiosos en su asiento.
"Yo nunca he sido un poeta" pensó mientras hacía girar el barril "Siempre me he considerado más un criminal pero tiene su encanto el no poder encontrar las palabras exactas para describir lo que uno siente, como si uno buscara en su bolsillo sus llaves sin recordar que las tiene en la otra mano. ¿Qué tiene de especial ser certero en los propios comentarios? Como si las emociones fueran las imágenes de un catálogo y uno simplemente dijera el número que le corresponde a cada uno. El cansancio siempre es menospreciado en pos de algo mucho más estimulante, tiene su encanto el no dormir."
Se llevó el revólver a la sien.
*click*
"Una y faltan dos, estoy más tranquilo de lo que esperaba, como si en el mundo sólo hubiera existido el revólver y mi sien, no se pierde nada en un mundo donde nada existe. ¿Qué significará el que hasta mi propia muerte me resulte insignificante?"
*click*
"Al final, ellos siempre salen ganando. No sé de dónde les nació ese deseo morboso de ver gente que arriesga su vida por dinero, malgastar su dinero en un espectáculo morboso, como si no hubiera suficiente dolor en el mundo. Dolor necesario porque no somos entes que comprenden a oídas de otros..."
*click*
Vas agarrando el estilo, pero no del todo. El noire es más que ambientes sórdidos. De hecho, todo malandrín tiene algo de artista, y cada detective, algo de poeta. Sherlock Holmes tocaba el violin, Pepe Carvalho cocinaba y Marco Aurelio Trejo recita poemas ajenos y haikus propios antes y despues de despacharse a los maleantes, o para aceptar los casos...
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