El Coraje de los Veinte... Cuarta Parte
Castañeda guardó el cuaderno dentro de su saco. Inspeccionó la habitación una vez más pero no encontró nada.
De regreso en la dirección, él no dijo nada sobre sus especulaciones. En cambio dijo que necesitaba más acceso a la biblioteca puesto que creía que ahí es donde más información podría encontrar sobre el paradero de la joven. Ya eran las cinco de la tarde y en el ambiente comenzaba a intensificarse el aroma a tierra mojada. Castañeda se preguntó cómo se sentiría estar en el ático de la biblioteca leyendo, fumando y viendo llover. Un extraño sentimiento de nostalgia rebalsó su corazón... Sus magdalenas eran el olor de la tierra mojada pero, a diferencia del personaje de Proust, le recordaba algo que nunca había vivido.
-Es de vital importancia de que guarde esto bajo secreto profesional- recalcó la directora devolviéndolo a la realidad. El mundo interno del detective solía distraerlo.
-No se preocupe, le he dicho al personal que soy un ingeniero que contrató para revisar una grieta en un muro de contención de la biblioteca-
La directora sonrió satisfecha, luego se acercó a él como queriéndole susurrar algo al oído.
Castañeda sospechó de un acercamiento romántico y se levantó de su asiento, la directora se desconcertó un poco pero al captar la indirecta también se levantó.
Carraspeó antes de despedirse del detective.
-Lo esperamos mañana al mediodía-
-Hasta mañana- espetó fríamente.
Estaba chispeando pero no le preocupó. Su saco era grueso y además venía en carro. Cruzó el jardín y no pudo evitar voltear a ver la ventana de la biblioteca.
No había nadie.
Decidió no regresar inmediatamente a su casa sino a su oficina.
El caminó fue algo raro para él... Tanto recordar sus libros perdidos lo hicieron tambalearse. Pensaba que había dejado eso muy atrás pero se dio cuenta de que todavía le afectaba.
Prendió la radio para distraerse un poco.
Sonaba una canción que él asociaba cuando se hizo detective privado.
"Sing, sing, sing" interpretada por la orquesta de Benny Goodman.
La música lo puso de buenas y duró todo lo que le llevó llegar a su oficina.
Todavía tarareando la canción, Castañeda subió a su oficina. La temperatura había bajado drásticamente y le dolía una rodilla de frío.
Maldijo por lo bajo, cada vez le pasaba más y presentía que era la edad.
Abrió la puerta con su pesado juego de llaves. Prendió las luces.
Sobre el escritorio habían documentos, al principio pensó que eran los del caso Aguilar pero después se dio cuenta de que ésos los había dejado en el carro.
Tomó algunos de los papeles del escritorio. Todos ellos hacían referencia a su antigua estadía en la jefatura. Castañeda se había cerciorado de que no quedara mucho en la estación sobre él, sobornó y se ganó a la secretaria para que poco a poco se los fuese dando.
Extrañado, Castañeda pensó en su mujer. Pero ahorita debería estar trabajando en la jefatura como secretaria. En contraste con él, ella siguió trabajando ahí, en parte fungiendo como espía para saber si alguien quería investigar de más sobre el incidente Del Bosque. Pero sobretodo para ganar dinero.
Guardó los documentos en su lugar. Alguien había entrado a su oficina sin haber forzado la entrada.
Tendría una larga conversación con su mujer cuando volviera.
"Se va a quedar en la casa de su hermana"
No tenía tanta urgencia de hablar con ella, realmente. Tal vez sólo estuvo limpiando un poco, se le hizo tarde y no guardó los documentos.
El pensar demasiado lo llevó a la ruina la última vez así que trató de pasar por alto este pequeño evento.
La alteración de su ánimo lo hacía caminar en círculos en su oficina, cansado de eso, se resolvió a salir a tomar algo, a distraerse. Además de que no había solucionado el cómo se iba a encontrar con Aguilar.
"Tengo que volver a la biblioteca" pensó. "Tal vez sentarme en uno de esos cubículos que dan al jardín me hagan pensar mejor"
Sí, así se quitaría la espina de espiar entre los libros a sus anchas.
No usó el carro para que no lo asociaran a él, lo delataría el estacionarlo en frente o en las cercanías.
Caminando haría como unos cuarenta minutos.
Le gustaba caminar, tenía pretexto para fumar y además podría ver las luces de la ciudad.
La lluvia había dejado una fresca brisa que su gabardina atajaba. Al llegar se dio cuenta de que el portero viejito había sido reemplazado por uno más joven y atento. Estaba fumando y como su antecesor, escuchaba la radio. No pudo distinguirlo bien pero supo que no era buena idea un enfrentamiento directo.
Castañeda recordó que atrás de las jardineras habían unas rejas fácilmente escalables. Rodeó el internado y así fue como entró. Sólo las luces de los faros de la calle alumbraban pobremente el recinto. Silencioso, él caminó hasta la biblioteca. Obviamente estaría cerrada con llave. La puerta de madera no cedió ni un centímetro al empujarla. Sin embargo, en el segundo piso, un ventanal estaba levemente abierto, Castañeda supo esto porque el viento nocturno agitó la ventana azotándole.
Se le ocurrió algo.
Si él no podía abrir la puerta, haría que alguien más la abriera.
Fue por unas piedritas a las jardineras. Aventó una al interior de la biblioteca por el espacio de la ventana abierta.
Entró pero no hizo ningún ruido.
Castañeda aventó una segunda, rebotó con el marco de la ventana
"La tercera es la vencida"
Efectivamente. La última tiró algo que sonó a porcelana dentro de la biblioteca. El detective procedió a esconderse detrás de unos arbustos.
Pudo observar cómo el vigilante apagaba su radio y se dirigía a la biblioteca. Entró. Castañeda corrió para detener la puerta con su mano, el vigilante tuvo problemas con su linterna, la oscuridad lo ocultaba ventajosamente. Castañeda se dirigió a los pasillos que él memorizó como los de Humanidades y abrió la puerta de la escalera, que afortunadamente estaba abierta. La luz de la linterna refulgió un momento antes de que la puerta se cerrara silenciosamente tras de él.
Se apresuró a llegar al segundo piso. Pasó al lado del jarrón que había roto con la piedra y lo saltó para no hacer ruido. Por la dirección de las ventanas supo que la puerta del ático se encontraba de su lado derecho. Hizo memoria y logró llegar a la puertecita del ático. Castañeda entró y cerró la puerta, haciendo sonar un pequeño ¡click! que a esas horas pareció un gran rugido.
Subió un poco nervioso, justo cuando cruzaba el dintel para llegar al catre, algo lo golpeó fuertemente en la nuca.
Dejó de oír y una gran cortina negra se cernió sobre su vista.
Despertó con un terrible dolor de cabeza, intentó levantar la mano para sobarse pero estaba atado a un tubo del catre empotrado al suelo. Abrió los ojos pero no tenía sus lentes así que veía muy borroso. Una delgada y pequeña figura se le acercó.
-¿Quién eres y qué haces aquí?- le preguntaron. La voz era femenina, grave pero melodiosa. Sonaba bastante asustada.
-¿Qué?-
-¿Quién eres y que haces aquí?- la figura le levantó el rostro poniéndole el tubo frío bajo la mandíbula. Pudo vislumbrar cabello largo y oscuro...
"Es..."
-Soy el ingeniero Beltrán- contestó. A diferencia de la voz de la mujer, él no estaba asustado. Sabía cómo comportarse en esas situaciones y le habían disparado más de tres veces.
-Mientes, ¿qué ingeniero trae consigo una placa de policía?- la figura mostró un cuadro negro con un círculo dorado.
"¿Por cuánto me desmayé?" Al parecer la mujer le había sacado algunas cosas de sus bolsillos.
Decidió no regresar inmediatamente a su casa sino a su oficina.
El caminó fue algo raro para él... Tanto recordar sus libros perdidos lo hicieron tambalearse. Pensaba que había dejado eso muy atrás pero se dio cuenta de que todavía le afectaba.
Prendió la radio para distraerse un poco.
Sonaba una canción que él asociaba cuando se hizo detective privado.
"Sing, sing, sing" interpretada por la orquesta de Benny Goodman.
La música lo puso de buenas y duró todo lo que le llevó llegar a su oficina.
Todavía tarareando la canción, Castañeda subió a su oficina. La temperatura había bajado drásticamente y le dolía una rodilla de frío.
Maldijo por lo bajo, cada vez le pasaba más y presentía que era la edad.
Abrió la puerta con su pesado juego de llaves. Prendió las luces.
Sobre el escritorio habían documentos, al principio pensó que eran los del caso Aguilar pero después se dio cuenta de que ésos los había dejado en el carro.
Tomó algunos de los papeles del escritorio. Todos ellos hacían referencia a su antigua estadía en la jefatura. Castañeda se había cerciorado de que no quedara mucho en la estación sobre él, sobornó y se ganó a la secretaria para que poco a poco se los fuese dando.
Extrañado, Castañeda pensó en su mujer. Pero ahorita debería estar trabajando en la jefatura como secretaria. En contraste con él, ella siguió trabajando ahí, en parte fungiendo como espía para saber si alguien quería investigar de más sobre el incidente Del Bosque. Pero sobretodo para ganar dinero.
Guardó los documentos en su lugar. Alguien había entrado a su oficina sin haber forzado la entrada.
Tendría una larga conversación con su mujer cuando volviera.
"Se va a quedar en la casa de su hermana"
No tenía tanta urgencia de hablar con ella, realmente. Tal vez sólo estuvo limpiando un poco, se le hizo tarde y no guardó los documentos.
El pensar demasiado lo llevó a la ruina la última vez así que trató de pasar por alto este pequeño evento.
La alteración de su ánimo lo hacía caminar en círculos en su oficina, cansado de eso, se resolvió a salir a tomar algo, a distraerse. Además de que no había solucionado el cómo se iba a encontrar con Aguilar.
"Tengo que volver a la biblioteca" pensó. "Tal vez sentarme en uno de esos cubículos que dan al jardín me hagan pensar mejor"
Sí, así se quitaría la espina de espiar entre los libros a sus anchas.
No usó el carro para que no lo asociaran a él, lo delataría el estacionarlo en frente o en las cercanías.
Caminando haría como unos cuarenta minutos.
Le gustaba caminar, tenía pretexto para fumar y además podría ver las luces de la ciudad.
La lluvia había dejado una fresca brisa que su gabardina atajaba. Al llegar se dio cuenta de que el portero viejito había sido reemplazado por uno más joven y atento. Estaba fumando y como su antecesor, escuchaba la radio. No pudo distinguirlo bien pero supo que no era buena idea un enfrentamiento directo.
Castañeda recordó que atrás de las jardineras habían unas rejas fácilmente escalables. Rodeó el internado y así fue como entró. Sólo las luces de los faros de la calle alumbraban pobremente el recinto. Silencioso, él caminó hasta la biblioteca. Obviamente estaría cerrada con llave. La puerta de madera no cedió ni un centímetro al empujarla. Sin embargo, en el segundo piso, un ventanal estaba levemente abierto, Castañeda supo esto porque el viento nocturno agitó la ventana azotándole.
Se le ocurrió algo.
Si él no podía abrir la puerta, haría que alguien más la abriera.
Fue por unas piedritas a las jardineras. Aventó una al interior de la biblioteca por el espacio de la ventana abierta.
Entró pero no hizo ningún ruido.
Castañeda aventó una segunda, rebotó con el marco de la ventana
"La tercera es la vencida"
Efectivamente. La última tiró algo que sonó a porcelana dentro de la biblioteca. El detective procedió a esconderse detrás de unos arbustos.
Pudo observar cómo el vigilante apagaba su radio y se dirigía a la biblioteca. Entró. Castañeda corrió para detener la puerta con su mano, el vigilante tuvo problemas con su linterna, la oscuridad lo ocultaba ventajosamente. Castañeda se dirigió a los pasillos que él memorizó como los de Humanidades y abrió la puerta de la escalera, que afortunadamente estaba abierta. La luz de la linterna refulgió un momento antes de que la puerta se cerrara silenciosamente tras de él.
Se apresuró a llegar al segundo piso. Pasó al lado del jarrón que había roto con la piedra y lo saltó para no hacer ruido. Por la dirección de las ventanas supo que la puerta del ático se encontraba de su lado derecho. Hizo memoria y logró llegar a la puertecita del ático. Castañeda entró y cerró la puerta, haciendo sonar un pequeño ¡click! que a esas horas pareció un gran rugido.
Subió un poco nervioso, justo cuando cruzaba el dintel para llegar al catre, algo lo golpeó fuertemente en la nuca.
Dejó de oír y una gran cortina negra se cernió sobre su vista.
Despertó con un terrible dolor de cabeza, intentó levantar la mano para sobarse pero estaba atado a un tubo del catre empotrado al suelo. Abrió los ojos pero no tenía sus lentes así que veía muy borroso. Una delgada y pequeña figura se le acercó.
-¿Quién eres y qué haces aquí?- le preguntaron. La voz era femenina, grave pero melodiosa. Sonaba bastante asustada.
-¿Qué?-
-¿Quién eres y que haces aquí?- la figura le levantó el rostro poniéndole el tubo frío bajo la mandíbula. Pudo vislumbrar cabello largo y oscuro...
"Es..."
-Soy el ingeniero Beltrán- contestó. A diferencia de la voz de la mujer, él no estaba asustado. Sabía cómo comportarse en esas situaciones y le habían disparado más de tres veces.
-Mientes, ¿qué ingeniero trae consigo una placa de policía?- la figura mostró un cuadro negro con un círculo dorado.
"¿Por cuánto me desmayé?" Al parecer la mujer le había sacado algunas cosas de sus bolsillos.
-Necesito mis anteojos- ordenó Castañeda.
-¿Y por qué te los daría?- preguntó alterándose más.
-Porque, señorita Aguilar, soy un hombre de 42 años que seguramente pesa el doble que tú y mide 25 cm más. Y en cuando se me quite este maldito dolor de cabeza podré desatarme de tus nudos de niña exploradora- contestó en un tono entre bromista e imperativo.
Ella dudó un poco pero luego se los puso.
Castañeda tuvo que tragar saliva.
La fotografía no le hacía justicia a la muchacha. No era porque fuera más bonita en persona, seguía siendo igual de simple. Pero al ver sus ojos profundos iluminados por un faro sintió un raro nudo en la garganta. No supo si ella se veía más morena por la oscuridad que los rodeaba o por que realmente lo era. De ella emanaba un olor a libro viejo y un poco a tabaco.
Estaba muy bien vestida para ser la oveja negra del instituto.
-No debes decirle a nadie que estoy aquí- le dijo casi suplicante.
-¿De dónde sacas que soy alguien que le diría a otra persona tu paradero?-
-Te vi entrar a la dirección. Luego, con tu placa de oficial y con mi libreta en tu saco, es obvio que eres un detective privado. La placa caducó hace más de 8 años-
"Chica lista"
-Bueno, ¿y por qué no debería delatarte? Me van a pagar si te entrego-
-Porque sería como si me mandaras a la cárcel-
Aguilar se veía inmensamente triste. Castañeda sabía que sus intentos de convencerlo eran sinceros, ella no tenía muchas alternativas. Su fuerza física era considerablemente menor a la de él, le pagaban para encontrarla. Lo único que le quedaba era apelar a su compasión.
-¿Por qué piensas que me puedes convencer?-
-No sé. No te zafaste luego luego y quisiste hacerme algo, de alguna manera me tranquilizaste... Además de que siento una extraña simpatía hacia ti-
-Lo suficiente para tutearme- bromeó Castañeda.
La cabeza le seguía doliendo pero no tanto.
-¿Qué haces aquí escondida?
-Yo creo que deberías saberlo. Tenías mi diario en tu posesión y no creo que hayas sido lo suficientemente bobo para no leerlo-
-¿Y por qué te los daría?- preguntó alterándose más.
-Porque, señorita Aguilar, soy un hombre de 42 años que seguramente pesa el doble que tú y mide 25 cm más. Y en cuando se me quite este maldito dolor de cabeza podré desatarme de tus nudos de niña exploradora- contestó en un tono entre bromista e imperativo.
Ella dudó un poco pero luego se los puso.
Castañeda tuvo que tragar saliva.
La fotografía no le hacía justicia a la muchacha. No era porque fuera más bonita en persona, seguía siendo igual de simple. Pero al ver sus ojos profundos iluminados por un faro sintió un raro nudo en la garganta. No supo si ella se veía más morena por la oscuridad que los rodeaba o por que realmente lo era. De ella emanaba un olor a libro viejo y un poco a tabaco.
Estaba muy bien vestida para ser la oveja negra del instituto.
-No debes decirle a nadie que estoy aquí- le dijo casi suplicante.
-¿De dónde sacas que soy alguien que le diría a otra persona tu paradero?-
-Te vi entrar a la dirección. Luego, con tu placa de oficial y con mi libreta en tu saco, es obvio que eres un detective privado. La placa caducó hace más de 8 años-
"Chica lista"
-Bueno, ¿y por qué no debería delatarte? Me van a pagar si te entrego-
-Porque sería como si me mandaras a la cárcel-
Aguilar se veía inmensamente triste. Castañeda sabía que sus intentos de convencerlo eran sinceros, ella no tenía muchas alternativas. Su fuerza física era considerablemente menor a la de él, le pagaban para encontrarla. Lo único que le quedaba era apelar a su compasión.
-¿Por qué piensas que me puedes convencer?-
-No sé. No te zafaste luego luego y quisiste hacerme algo, de alguna manera me tranquilizaste... Además de que siento una extraña simpatía hacia ti-
-Lo suficiente para tutearme- bromeó Castañeda.
La cabeza le seguía doliendo pero no tanto.
-¿Qué haces aquí escondida?
-Yo creo que deberías saberlo. Tenías mi diario en tu posesión y no creo que hayas sido lo suficientemente bobo para no leerlo-
-Lo que me intriga es el hecho de que lleves semanas escondida y nadie te haya encontrado. Me alegra haberte encontrado antes que ellos-
A pesar de la poca visibilidad, él pudo notar cómo se sonrojaba.
A pesar de la poca visibilidad, él pudo notar cómo se sonrojaba.
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