El coraje de los veinte... Tercera parte
Respiró hondamente, el cielo estaba cubierto por una gran nube blanca y sin embargo, el sol le hería los ojos.
Se acomodó la fedora para que le tapara bien los ojos. Odiaba la luz solar.
Cruzó el patio, pasó al lado de la fuente que rebosaba agua a una coladera que la circundaba.
"Maldición, me mojé los zapatos"
Entró a la biblioteca. Inmediatamente notó el cambio de temperatura, estaba helada, el aroma a madera y a libro viejo lo hizo sonreír pero luego se ensombreció su rostro, recordó cómo su padre quemó todos sus libros: "No seas mariquita y salte a ensuciar, ¿o la señorita no quiere despeinarse?"
Castañeda agitó la cabeza para pensar en otra cosa, se abotonó el saco. Siguí caminando.
Había dos grandes escritorios que servían como entrada. En ambos había sendos ficheros de madera, donde se guardaba la ubicación de los libros. Las paredes eran de madera al igual que el piso.
Y más allá de ellos, había un mar de lomos de diversos colores sobrios. Como jardines colgantes de babilonia cuyas flores eran páginas.
Castañeda abrió los ojos de par en par, dejó de sobarse las manos de frío.
Fue directamente a los ficheros, del lado derecho estaban las humanidades y literatura, del izquierdo, matemáticas y ciencias, le sorprendía la variedad de libros que encontró, jamás había visto tan magnífica colección.
Ensimismado buscó todos los libros que alguna vez tuvo... Hasta que un ruido metálico lo asustó.
Por un momento se había olvidado del caso. Es cierto, no estaba de visita.
"Debo encontrar pretextos para volver aquí" fue lo primero que pensó.
Aguzó el oído, pequeños pasos subían unas escaleras, el eco de la biblioteca era intenso. Con la mirada buscó dónde podrían estar esas escaleras, al final del pasillo de "Humanidades" una puerta se seguía balanceando.
Castañeda alzó la guardia, cautelosamente cruzó los libreros para llegar a las escaleras.
Volteó a ambos lados al abrir la puerta, luego miró hacia arriba, eran unas escaleras de caracol de madera.
Subió corriendo silenciosamente, llegó al segundo piso. A pesar de ser sólo dos, los pisos tenían los techos altísimos, para dar cabida a tantos libros en tan reducida anchura. El segundo piso era igual de majestuoso que el primero, pero aquí había varios cubículos para estudiar. Cada cubículo daba a un ventanal que tenía una excelente vista al jardín. Pero los libreros creaban pasillos y callejones sin salida, era casi laberíntica esa biblioteca.
Castañeda sintió una terrible desolación al ver la oportunidad que desperdiciaban las alumnas, ¡cuánto hubiera dado por haber pasado su adolescencia rodeado de polillas y no de pólvora! Toda su juventud desperdiciada en tratar de quitarse el pie de su padre de la garganta... Y él sabía además de que la arrogancia que tanto le achacaban sus ex-compañeros de la policía, no era más que producto de esa sensación de ahogo. Era ira reprimida.
Siguió el eco de las pisadas hasta una puertecita escondida casi completamente detrás de un archivero. Sólo alguien que conociera muy bien el recinto podría dar dos veces ahí. Sin embargo, el picaporte estaba limpio y gastado... Alguien lo usaba.
Abrió de un portazo.
Había una escalera que llevaba a un ático. Subió con cuidado.
No había nadie.
Había a un catre con cobijas destendidas, al lado un baúl lleno de ropa y unos cuantos libros. Había muchas cajas y una pequeña ventana que también daba al jardín. Era extrañamente acogedor, estaba calientito y además olía a tabaco y café, con un agradable y ligero olor a incienso.
Castañeda pensó rápido.
Quien lo siguió seguramente lo vio llegar, entrar a la dirección y estar ahí un buen rato, luego bajó para emboscarlo pero falló por lo que subió corriendo.
Pero no había nadie.
Castañeda inspeccionó la habitación. En el baúl sólo había ropa y cobijas además de que sólo alguien muy pequeño podría esconderse ahí. Revisó abajo del catre y atrás de las cajas. Nada.
Pero lo que sí encontró fueron varios cuadernos, camuflados entre viejos libros.
Los tomó y abrió uno al azar.
"Apenas una larva, un embrión. ¿Puede un embrión ser prematuro? ¿Cuántos de mis escritos son valioso, cuántos pura basura? ¿cómo sé que soy talentosa? Esta última pregunta es terrible como una sentencia que se contesta con un "sí" o un "no" ¿Qué haré ante una negativa? ¿Qué haré una afirmación? Una muralla o un camino abierto pero nunca ambas. No existe sentencia definitiva.
De algo estoy segura. Es una infección. Ataca todo lo que pienso, no puedo dejar de pensar sin escribir, sin hacer complejas redes de pensamientos, de palabras, de poesía. Esta vocación consumirá mi vida si no me dedico a ella..."
Castañeda contuvo el aliento los segundos que le tomó leerlo. Esas mismas palabras, textuales, las pudo haber dicho él cuando leyó por primera vez un libro de matemáticas. Cuando decidió dedicarse a ellas. Podía comprender la angustia de las palabras de Aguilar, su asfixia de gardenias. Así estuvo mucho tiempo él en la jefatura de policía, con hombres toscos y vulgares que querían resolver todo a golpes. Que su embriaguez era de sudor y fluidos. No comprendían por qué Castañeda se sentía superior a ellos por apreciar un buen tabaco o un buen café. Pero sobretodo, por que él era demasiado bueno en lo que hacía y a diferencia de otros patrulleros, él podía comer con los detectives. Porque para él cualquier medio justificaba el resolver un crimen... Incluso culpar a un inocente.
"El incidente Del Bosque" Hacía mucho que no recordaba ese oscuro capítulo de su vida, donde culpó a un inocente cuando después descubrió que el culpable siempre estuvo bajo sus narices... De repente se le vino a la mente una idea sobre la muchacha desaparecida:
"Ella esta aquí"
Pero no quería regresarla a la cárcel de flores.
Quería conocerla.
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