Las Reinas Roja y Negra. (Estudio de pensamiento de Raúl Castañeda)
Realmente estaba confundido. Conocía a ambas mujeres pero sólo una de ellas tenía todavía el agridulce aroma de la incertidumbre.
La más grande era violenta, abiertamente agresiva y dura, tenía amigos y era culta pero no excesivamente brillante. Tanto sus actitudes como su propio cuerpo eran más de una mujer que otra cosa, las líneas de su rostro eran fuertes y decididas, casi siempre miraba con indiferencia o con una actitud retadora. Era callada y peligrosa, como una bestia muy sabia. Si la compara con un animal, sería como un lobo... Con esa distancia y belleza fría tan característica pero también, cercanos a los perros por su fidelidad y credibilidad.
La pequeña era una niña mimada, caprichosa y manipuladora. Mucho más inteligente que la otra (de hecho, que muchas otras personas) con un temperamento fuerte y sin embargo, sólo era violenta cuando la acorralaban. Silenciosa, reservada y un poco insegura, socialmente inepta e impredecible. Pero sumamente cariñosa cuando alguien lograba ganarse su confianza. Su rostro y su cuerpo eran delgados y tendían más a ser de una muñeca que de una mujer... Ella, de igual manera, era infantil y pretenciosa.
La primera estaba bien tal y como era, y se llevaba conmigo como nadie... Pero estaba muy lejos. La más joven era impulsiva y yo sabía que era mentirosa, siempre tratando de sacar ventaja sin ensuciarse las manos pero con ella podía conseguir el encanto hollywoodense que todos anhelamos: que al final, el héroe se queda con la chica. Yo sé que no soy un héroe y tengo la edad suficiente (desde hace 30 años) para saber que nada de lo que funciona en las películas funciona en el despiadado mundo real, aún así....
Era demasiado difícil y mi cabeza la sentía como un laberinto de asfalto caliente. Cualquiera de las dos decisiones era arriesgada y ambas me hacían perder algo. Sólo podía escoger a una de ellas. No tengo el cinismo suficiente como para jugar con alguna, no todavía. La vida no me ha tratado tan mal.
Y para empeorar las cosas, la más joven me había dado una fecha de caducidad. La oferta no iba a durar para siempre.
¿Qué demonios podría hacer? Las dos se me presentaban frente a mis ojos como los dos colores de una ruleta. La más grande, era las casillas negras y la más chica, las rojas. La primera estaba sentada en un trono gris, con la espalda muy recta, sosteniendo un bastón con la mano izquierda y la mirada como la Palas Athenea de Klimt, pacífica y desafiante al mismo tiempo. En su cabeza tenía un tocado con una rejilla que delicadamente caía a su rostro, dignificándola aún más, su largo vestido negro con una armadura plateada era vaporoso por lo que podía ver unas pesadas botas...
Y la Roja, sonriéndome seductoramente con una mirada infantil y traviesa en los ojos, como la de un duendecillo o un pequeño demonio.Sentada, mostrándome sus muslos, con los codos recargados en las rodillas, sosteniendo una corona de papel dorado que le quedaba demasiado grande. Un vestido rojo con una falda de tutú y sus medias de red rojas, sus piernas envueltas por los listones de unos zapatos de ballet del mismo color, su cabello negro recogido en un descuidado moño y al lado de ella, un gato gris jugando con un estambre carmesí.
¿Cuál decisión podría tomar?
En un enfrentamiento directo, es claro que la reina Negra le ganaría, un lobo siempre le gana a un gato...
En uno indirecto, uno que necesitara un anzuelo y la paciencia (o desesperación) necesaria para esperar a que yo muerda... Los gatos son bastante hábiles en no matar a su presa.
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