La joven olvidada por el Mundo.

Un madrugador frío invernal cobijaba el camellón. La pálida luz del sol apenas se vislumbraba entre las grises nubes. 
Alicia caminaba distraída, aferrándose a su chamarra, iba camino al mercado por algo de desayunar. Su madre estaba trabajando a esas horas y su hermano, en la escuela. Ella seguía de vacaciones.
Al llegar a la esquina, Alicia notó el automóvil del extraño aquél que había ido a su casa unas semanas antes. Ella se molestó mucho al acordarse de lo que había pasado y caminó más rápido. Resopló, refunfuñó y pateó el suelo. 
Pudo ver cómo él estaba dentro del auto, leyendo algo distraídamente. Ella volteó y lo ignoró. Suspiró y siguió caminando. Resignada a jamás encontrarle explicación, cerró los ojos y sintió el aire helado en el rostro. 
Cuando los abrió, el camellón le pareció más largo de lo que ella recordaba. Y más boscoso. Conforme iba avanzando, éste dejaba de parecer una calle cualquiera para parecerse más a un bosque cualquiera.
"¡Maldita, maldita sea!" 
De nuevo pasaban cosas extrañas y de nuevo, cuando ése sujeto aparecía. 
Trató de buscar algún camino, una señal que le indicara la salida del bosque. Pero no había nada, ni siquiera se veían en el cielo los cables eléctricos, ni los postes de luz o los faros. Sólo un cielo taponado de gris, algodonoso y frío.
¿Por qué le pasaban esas cosas a ella?
No era fuera de lo común. Era una simple estudiante universitaria, no tenía una extraordinaria belleza ni inteligencia. Era voluble y emocionalmente un desastre. Sólo eso. Una ligera tendencia a las artes, al dibujo y a la literatura. Nada más. 
Se sentó en una piedra y bajó la mirada.
No había notado que el suelo no era más que un gran espejo. Pero el reflejo que daba de ella misma era curioso. Sus ojos parecían haber llorado (el rímel corrido, rojos e hinchados), sus labios estaban secos, casi sangrando de lo partidos que estaban y de su pecho, justo en la parte del corazón, un líquido viscoso y negro se derramaba lentamente.
Alicia se asustó y se echó a correr. Debió de haber sabido que era inútil porque corría sobre el espejo y su imagen la seguía irremediablemente. Enfocándose sólo en su reflejo, no se dio cuenta de un claro en medio del espejo, donde había arena muy suave.
Cayó en ella, quedando hundida hasta la cintura. 
Era arena movediza pero de color bermellón.
Volteó para todos lados intentando encontrar una rama, una piedra, cualquier cosa para salir de ahí. Los bordes del piso de espejo eran demasiado lisos y sus manos se resbalaban. 
Recordó lo que la había salvado la última vez. Respiró, una, dos, tres, cuatro, cinco veces. Varias rondas de cinco respiraciones. Nada.
Volvió a maldecir y golpeó la arena con los puños. Sólo logró hundirse más.
Tenía algo en el pecho que le pesaba de sobremanera, de seguro eso era lo que la hacía hundirse. 
Esa sensación le era familiar. De ahogo, de asfixia y de desesperación. Siempre había estado ahí, callada por algún pensamiento, por alguna actividad. Su corazón estaba roto y su mente acallaba sus peticiones de ayuda. 
"Sólo déjame sola"
Evitando que los demás la ayudaran sinceramente, había abandonado su propio corazón. No quería que se acercaran. Tenía demasiado miedo, la gente normalmente lastima. 
Las arenas ahora subieron de nivel, llegándole hasta el cuello.
A pesar de todo, la temperatura era cálida y el tacto suave, esas arenas eran seguras. Ahí no le pasaría nada.
Unos pequeños animalitos empezaron a revolotear alrededor de su cabeza, eran verdes y parecían libélulas.
Al levantar la mirada para seguirlas en vuelo, vio que ese hombre tan raro estaba sentado en una rama de un árbol. Mirándola entretenido.
-¿Qué tanto haces ahí? ¿Disfrutas verme hundida?- le gritó Alicia, la temperatura de la arena subía.
Él ya no sonreía sino que sólo la observaba como el médico observa a un paciente cuando vomita. 
-¿Por qué yo? ¡Eh! ¿Qué te hice?- ahora la temperatura bajaba. -Yo no soy tan fuerte ni tan tenaz, soy muy frágil. ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me quieres ver hundida?- Seguía bajando
-Tú fuiste la que se hundió ahí. Yo sólo trato de ayudarte- 
-¿Ayudarme? Todo esto comenzó con tu llegada-
-Siempre has estado así, yo sólo hice que te dieras cuenta-
La temperatura se estabilizó. Alicia se quedó callada y bajó el rostro. Era verdad.
-Necesito ayuda- murmuró
-Yo te estoy ayudando-
-¡No! No quiero tu ayuda, yo sola podré salir de aquí-
-No parece que hayas avanzado mucho- exclamó 
-Mira, no todos tenemos esos extraños, poderes o lo que sea que nos permiten alterar el mundo real y así. No todos somos tan geniales o tan mágicos como tú. Nosotros los mortales nos tenemos que contentar con que nuestros propios demonios, nuestras propias emociones no nos ahoguen. Ahora, si me disculpas, tengo un problema aquí-
-Tú elegiste esa vida-
-Déjame en paz- 
La arena comenzó a solidificarse.
-Yo podría ayudarte-
-Dije que te fueras-
Luego, a cristalizarse.
-Aislándote no lograrás nada, al contrario, sólo empeorarás la situación. No quería decírtelo porque quería que tú sola te dieras cuenta pero estás tan desesperada que te lo diré: ¿Ya notaste de dónde viene la arena?-
Alicia volteó a verlo pero había desaparecido.
El espejo se lo había dicho.
De su corazón, esa arena venía de su esternón. 
El punto era saber cómo detener el flujo de ese líquido viscoso, qué demonios era y por qué estaba ahí.
Se sintió más calmada pero sumamente confundida e intrigada.
¿Cómo nunca se había dado cuenta?
Por debajo de la arena, se llevó las manos al corazón. Y se echó a llorar.
De nuevo, cuando abrió los ojos, estaba sentada en la piedra pero el camellón había vuelto, con su piso de piedra y sus árboles escasos. La ciudad no había cambiado en lo más mínimo. El extraño seguía sentado en su automóvil, leyendo. Esta vez no sonrió.
Pero Alicia sí y supo que las cosas apenas habían comenzado.

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