Un desayuno con M.

La taza de té no pesaba mucho por eso pudo sostenerla mucho rato en su mano. Era de mañana, hacía frío afuera y estaba desayunando con su madre y con un desconocido que por alguna extraña razón le parecía familiar. Algo de él la atraía y la repelía al mismo tiempo pero sobretodo, tenía un sentimiento de predestinación que la exasperaba. Ese extraño le iba a cambiar todo y le rompería el corazón y la mente en el proceso, y todo era por el propio bien de ella.
Ella volteó a ver a su madre, inconsciente de todos esos sentimientos sonreía y platicaba alegremente. Su madre había sido quien lo había invitado.
Luego volteó a ver al extraño. Un hombre muy joven de apariencia apacible y serena. Él le regresó la mirada, sonriente también, su voz pareció decirle algo por debajo de la plática, como si pudiera hablar con dos voces al mismo tiempo. Pero ella no entendió qué le había dicho. 
Hizo un gesto de extrañeza, bajó la taza y decidió ignorarlo para seguir con su desayuno. Tomó tenedor y cuchillo, sus huevos duros ya se habían enfriado un poco.
Cuando se disponía a sostener el huevo con el tenedor y partirlo con el cuchillo, se dió cuenta de que en vez de huevo había un pollito vivo en su plato, dos para ser exactos, en su ensalada de salmón, éste saltaba desesperadamente, moribundo y agonizando. En el plato de su madre no había más que pedazos de carne cruda de res palpitantes.
Alicia se levantó horrorizada y miró a su madre, quien no había notado nada, luego posó su mirada en el extraño, seguía sonriendo.
Alicia se fue a sentar a la sala, se sentía sumamente ansiosa, desesperada y escondió su cabeza entre los cojines. Su mente le decía muchas cosas, le hablaba de leyes de la física, irrompibles; de lo real y de lo normal. Poco a poco esa voz que siempre había sido suya, se hizo de otra persona y comenzó a hablar incoherencias. 
Alicia se levantó, sacó sus llaves del bolsillo y se dirigió a la puerta principal. Ahora la casa estaba sola. Y la voz ya no sonaba dentro de su cabeza sino dentro de la casa, en el piso de arriba.
Las llaves no servían porque las puertas no tenían cerrojo, pero estaban fuertemente cerradas. Alicia golpeó con los puños. Nada.
Luego, se metió a la cocina pero estaba plagada de cosas inservibles, como la casa de un acumulador compulsivo. Los gritos de la mujer ponían de nervios a Alicia.
Volvió al comedor. Ahí sentado como si nada, estaba el extraño. Ella sintió alivio al verlo, corrió hacia él y trató de abrazarle, de aferrarse a lo único que parecía tener sentido en todo eso. Pero cuando lo hizo, él violentamente la empujó. Sonriendo.
Alicia comenzó a preguntarle que qué estaba pasando. Pero él simplemente sacó de abajo de la mesa un jarrón de porcelana. Ella lo tomó y notó que estaba muy pesado, miró dentro y vio un ganso vivo, desesperado por salir. Cuando ella se disponía a romperlo, él la tomó de las muñecas y la llevó a la escalera. El jarrón había desaparecido.
Ella no quería subir, arriba estaba la loca que gritaba cosas, la loca de la casa y no quería ni verla.
El hombre la empujó sin tocarla, Alicia se sintió furiosa, él tenía la culpa de todo lo que estaba pasando. Alicia siempre se había sentido orgullosa por su manera de hablar y convences pero con él resultó inútil. Se le trababa la lengua y lo peor: no sabía qué decirle.

Desesperada, ella arremetió contra él con los puños para golpearse con un espejo. Había estado gritándole a su propio reflejo.
La voz de arriba seguía gritando incoherencias. Alicia se armó de valor y subió unos escalones. En una mesita encontró incienso y una vela encendida, al lado, un papel que decía "Respira". Tomó las cosas y subió.
Arriba no había nadie. Los cuartos estaban vacíos y pintados de blanco, sin embargo, era un caos de luces, sonidos y olores. Todo esto abotargaba los sentidos. 
Ella se sentó en el suelo de la habitación más grande (la de su madre) y se puso a llorar. Luego a reír. Luego a gritar. El caos sensorial afectaba su estado de ánimo.
Dentro de su pecho sintió un dolor horrible, tenía algo enterrado, era un pedazo de vidrio. Intentó sacárselo pero sólo se lastimó los dedos.
Era un pedazo de espejo.
Una figura se reflejaba en él. Era la que gritaba incoherencias, era la loca, era Alicia, pero en ese momento se aferraba a su pecho, luchaba porque ella no la desincrustara.
Alicia no podía sacarla sin lastimarse gravemente la mano.
Su desesperación llegó al límite. Se acostó en el suelo, decidió rendirse, no esperar nada: Ni ganar ni perder.
La voz seguía, el caos sensorial también pero ella se iba sintiendo cada vez más ajena a todo. El incienso se movía armoniosamente y la vela, con su llama estática, le proveía estabilidad. 
Alicia siguió el consejo. Respiró.
Una
dos
tres
cuatro
cinco 
veces.
Así indefinidamente. Cerró los ojos.
La voz cada vez era más lejana, el caos tomaba forma.
Dio un último suspiro largo y abrió los ojos. Estaba sentada en el comedor, con su madre y el extraño.
quien la seguía viendo sonriente, casi satisfecho y a la vez, como si nada hubiera pasado.

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